No tiene sentido discutir quién es el 9 de Boca.
Sencillamente porque Boca juega sin 9. Y no lo tendrá hasta que contrate a
alguien para la temporada 2016/17. El último centroatacante auténtico se marchó
con la desprolija transferencia de Jonathan Calleri. Chávez prefiere atropellar
por las bandas. Osvaldo confía tanto en su sensibilidad que desciende para
participar en los momentos previos al cañoneo. Boca no apostó por ningún
juvenil, coherente con su política de arruinar proyectos.
Entonces aparece Tevez. Pero Tevez no quiere jugar de 9.
Huye del puesto. Hay que remontar más de una década para descubrirlo como el
voraz goleador del equipo olímpico de Bielsa que ganó el oro en Atenas. Bien de
9, asistido por afuera (Chelito Delgado y Rosales) y enriquecido por volantes
interiores como D'Alessandro y Lucho González. Pasó el tiempo. Demasiado. Tevez
reinventó su carrera, siempre con la complicidad popular porque la gente ve en
él algo de superhéroe. En la selección no encuentra lugar como 9 porque Higuaín
y Kun Agüero todavía conservan la jerarquía que reclama la élite. Ya no se
atreve a discutirles el puesto porque pierde, entonces retrocede y sueña con un
puesto que nadie le reserva. Difícil convivencia.
Pero como en Boca se mece en el confort de los indiscutidos,
elige tomar las decisiones en el eje creativo antes que resolver en el área lo
que piensan otros. El patrón del equipo también debe ser el cerebro para
legitimar el liderazgo. Entonces se retrasa, el área es tierra de nadie y Boca
agiganta su aridez goleadora. Pero llegó Guillermo y rápidamente aclaró que
necesita a Tevez más arriba, al menos merodeando el arco rival. Podría haber
esperado Barros Schelotto, pero desenfundó primero. Al santuario xeneize
regresó otra leyenda y la gobernabilidad de Tevez por primera vez cruje. Boca
reclama un plan, no salvatajes épicos. Dos mitos tras la pista de los goles. La
resonancia del superclásico reclama coincidencias en el Olimpo xeneize.