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Convivir con el fútbol

Un techo redondo

La cama, la cocina, la ducha y el fútbol, en un solo lugar. Humildes y apasionados por la pelota, cuatro familias sanjuaninas contaron cómo es vivir las 24 horas del día en un club deportivo. Por Carla Acosta.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Sin duda, son los más saludados en una tarde de fútbol. Gaseosa por aquí, choripán por allá, estas familias son muy especiales en el ambiente de la pelota y todos se lo demuestran. Comparten junto al resto de los hinchas la misma pasión por la camiseta pero ellos son quienes viven y cuidan al club de sus amores. Mario Cabarrubia, de Peñarol; Pedro Chancay, de Trinidad; Oscar Ricardo, de Unión; y Pipo Aciar, de Sportivo Desamparados. Ellos coinciden en que convivir con la locura futbolística tiene una mística especial.


Mario Cobarrubia: “Nunca pensé que iba a vivir en el club que nací”

Su vida está en Peñarol. Allí fue jugador, director técnico y ahora vive y cuida al club de sus amores desde hace un año. Mario Cobarrubia jugó en el Bohemio desde la escuelita y debutó a los 17 años en Primera. Pasó por muchos clubes de San Juan y este año, desde el club de Chimbas, le dieron la chance de ser DT y dirigió tres partidos.
Trabaja desde años en la fábrica de galletitas en Albardón; llegaba del trabajo a su casa en el club deportivo y caminaba unos metros hacia la cancha, donde entrenaba al plantel.
Una casa precaria, pero con todo lo necesario. Contó que llegó ahí por no poder pagar el alquiler en su antigua casa, donde vivió ocho años junto a su esposa María y sus hijos Román y Julieta. “Me preguntaron si querían estar acá, porque solo no podían dejar. Me pareció bien y vine. Ahora vivo en un club donde me he  criado. Es tranquilo y no es una zona jodida como me decían”, dijo.
Mario confesó que nunca pensó en vivir en el club que lo vio nacer. Para él, el convivir constantemente con los jugadores, los chicos de las inferiores y la pelota, acrecentó el amor por el club. Aunque aseguró que si algún día se va de la casa “será imposible perderme del club”.
Señaló que no tiene problemas con nadie y tiene que estar constantemente con los ojos abiertos. También lo hacen sus hijos porque según él, cuando ven algo extraño le dicen: “papá, papá, ahí hay alguien”. No es su casa propia, pero toda la familia la quiere como tal. 

Oscar Ricardo: “Llevamos la sangre azul en las venas”
 
Fue uno de los propulsores del hockey sobre patines femenino en el Club Atlético Unión y sus hijos lo practicaron muchos años en el mismo club. Oscar Ricardo, casado con Mirta y con sus hijos Leonardo, María, Cintia y Maira, llegó en el 2004 a la vivienda que está en las instalaciones del predio del Azul donde está la cancha de fútbol. 
Es metalúrgico particular y sin embargo su mayor trabajo es cuidar el club, ubicado en el corazón de Villa Krause. A cambio de su función como casero no paga alquiler. Según contó, su forma de ser no le permite quedarse de brazos cruzados y siempre colabora con la limpieza.
Lleva años ocho años y conoce muy bien la zona. Confesó que él y su familia están muy tranquilos, y que nunca tuvo problemas con los vecinos. “La gente nos hace sentir queridos y respetados. Estamos cómodos en el club y  eso es muy lindo. Es cerrado y seguro, así es que no pasa nada”, contó.
Siempre fueron hinchas de  Unión y lo demuestran diciendo que llevan la sangre azul en las venas. Oscar dijo que el hecho de vivir en el club les cambió la vida. Para él, los años pasaron volando entre actividad y actividad. Además, señaló que no se imagina fuera de la institución. “Ojala algún día tengamos nuestra casa, pero vivir aquí es hermoso”, aseguró.

Pedro A. Chancay: “Trinidad es mi familia”

Veintiocho años viviendo y transpirando fútbol. Pedro Antonio Chancay es el masajista del plantel de Primera del León y quien junto a su familia vive y custodia el predio del Barrio Atlético. Casado con Silvia Mercedes, tiene dos hijos, Inés y Samuel, éste último también trabaja en el club como utilero.
Contó que con 30 años de edad y una familia por mantener, era difícil pagar alquiler; él trabajaba en la construcción y las cifras no le cerraban. Gracias al histórico utilero del club, Rolando “Chacho” Fernández, Chancay llegó a la institución y de ahí no lo movió nadie. Utilero, canchero, casero y masajista, se convirtió en el polifuncional del Templo. “La casa estaba desocupada. Vine como masajista y la verdad era un puesto para el que le gustara, porque no es fácil trabajar y vivir en un club”, dijo.
Para él, Trinidad es su familia. Le duele mucho cuando hay hechos de violencia en el recinto y las barras dañan algunas instalaciones. Contó que una vez le quisieron robar una manguera y él la defendió con uñas y dientes. A sus años en el León los define como a toda una vida.
Siempre se mostró un compañero más con los jugadores y es el más querido del club. No le teme a los tiempos porque según él, “hoy estamos y mañana no estamos”. Para Pedro, el día que le toque abandonar el club será muy difícil.


Eleuterio Aciar: “Si me sacan el club me muero”

Según él, si preguntan por Eleuterio Aciar, nadie lo conoce, pero si mencionan a Pipo, inmediatamente saben quién es él en el mundo Puyutano. Es quien les convida semitas y les prepara los yerbiados a los jugadores según contó. Tampoco faltan los consejos o análisis post partidos con los jugadores. Se considera un papá más y si hay que retarlos, lo hace.
Tiene 59 años y desde que tenía 10 años de edad visitaba al club como un hincha más. Trabajó toda su vida en la construcción como albañil y en el 2002 le ofrecieron ser el casero de la institución Puyutana a cambio del manejo de las cantinas en los partidos. A Pipo le habían detectado diabetes y presión alta, así que aceptó la propuesta. Su esposa María y sus hijos Pedro, Daniel, Leo y Edgar, viven en otra casa que alquilan, mientras que él pasa casi las 24 horas del día dentro del Club Sportivo Desamparados. A tal punto que confesó que “en mi casa me quieren correr”.
Nunca convivió con un hecho de violencia y contó que tiene muy buena relación no sólo con los jugadores y dirigentes sino también con la barrabrava. Apasionado y de sangre caliente, dijo que sufrió mucho la temporada de Desamparados en la B Nacional.
Vigilante, utilero y hasta sirve de psicólogo en algunos casos. Confesó que se acostumbró rápidamente a pasar largas horas en las instalaciones, aunque contó que es mucho compromiso. “Por mas que no me paguen no quiero abandonarlo nunca, soy hincha de Sportivo”, apuntó.

 

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