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Columna

Milei tiene razón: la casta existe

De “las ideas no se matan” de Sarmiento al arte de hacer negocios cambiando de ideas, la peor degradación del ser humano.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Eduardo Camus

Milei hizo una fenomenal y experimental campaña en redes y medios televisivos, gritando eufórico que la culpa de todos los males era de la casta política. Una gran interpretación de Waldo, el personaje protagonista del episodio 3 de la segunda temporada de la famosa y angustiante serie Black Mirrow. Se posicionó a sí mismo como un outsider mesiánico cuya misión era principalmente erradicar a la casta y así llevar al país a la gloriosa libertad. Sin dudas dio en la tecla. Movió fibras íntimas en la sociedad y pudo construir una victoria electoral. A medida que fue conformando su gobierno y tomando medidas, el discurso anti casta se fue diluyendo hasta casi dejarse de escuchar. ¿Será que el gobierno se llenó de la más pura y rancia casta?, o ¿simplemente fue una campaña/estafa electoral?, ¿Qué pensaran aquellos que cantaban la casta tiene miedo?, ¿Milei cambió de ideas?

En 1840 Sarmiento aún pibe, menos de 30 años, partió a su segundo exilio a Chile. Al pasar por la quebrada de Zonda, enigmático, escribió en francés “las ideas no se matan”. Si se matan o no, es una discusión que vamos a entrar en otro momento. Lo que estoy seguro es que la casta no tiene problema de matarlas, olvidarlas o cambiarlas con tal de seguir haciendo negocios para ellos mismos.

Un caso emblemático de la casta política es el de Leila Gianni. Actual Subsecretaria de Legal del Ministerio de Capital Humano, un claro exponente de esa casta que Milei decía criticar. Con 39 años, Gianni ha sido funcionaria pública durante los últimos 16 años, adaptándose hábilmente a los cambios de gobierno y manteniéndose siempre en posiciones clave. Pasó por el kirchnerismo, el sciolismo, el macrismo y militó, por lo menos en redes, la candidatura de Massa a presidente. Tiene un tatuaje de Evita, ahora lleva orgullosamente la gorra de las fuerzas del cielo y prepotea con frases como “Al pingüino se lo comió el León”. Nadie puede afirmar que los cambios son malos, pero encarnar la gran Borocotó llama la atención. La capacidad camaleónica para convertirse y prosperar sin importar quién esté en el poder es lo que verdaderamente define a la casta. No es una cuestión de ideología sino de especulación, acomodo y conveniencia personal.

El caso de Gianni no es el único. Scioli, quién supo ser candidato a presidente por el peronismo, hoy es Secretario de Turismo libertario, anda buscando el galardón al “chupamedia de oro” pidiendo el Premio Nobel de Economía para el plagiador serial de Javier Milei. Parece un chiste, pero lamentablemente no lo es. La lista nacional de ejemplos de casta es larga, la provincial no queda atrás. Personas sin valores, sin principios, sin vocación de servicio, pululan por los pasillos del Estado, y solo responden a un solo partido, el oficialista. Son el verdadero cáncer de la política, auge pleno de la individualidad.

En medio del escándalo por los alimentos que envuelve al Ministerio de Capital Humano, la figura de Leila Gianni se destaca no solo por su capacidad de adaptación política, sino también por su implicación directa en este caso. La Subsecretaria de Legal, quien ha sabido acomodarse por las aguas turbulentas de diversos gobiernos, ahora es partícipe necesario, junto a su jefa la ministra Sandra Pettovello, de la retención de 5 millones de kilos de alimentos que eran para los comedores populares. Esa cantidad alcanzaría para alimentar a 10 mil personas por un año entero. Si bien, en este contexto de aumento escandaloso de la pobreza – más de 11 puntos en los pocos meses de Milei como gobierno – es insuficiente, demuestra como Leila, la ex todo y ahora devenida a libertaria, dejó en la puerta de su despacho la idea de la justicia social.

Los comedores nacieron con la hiperinflación de 1989 y se multiplicaron en los años 90, durante el gobierno de Carlos Saúl Menem. Garantizan un plato de comida para millones de personas. En cada crisis cambiaron las políticas sociales y su relación con las organizaciones, pero nunca se registró este nivel de desamparo. Y avalado por la casta, una casta que solo fumiga a los pobres.

Están destruyendo la democracia. Más allá de una cuestión partidaria, el espíritu de la democracia es promover a las personas, basado en la idea de dignidad humana. Todo gobierno debe procurar el bien común, protegiendo a los más frágiles: niños, adultos mayores, enfermos y sobre todo que la gente no pase hambre.

Datos mata relato. Eso dicen. La realidad indica que aumentó un 25% la demanda de jubilados en comedores; se multiplicó por tres la cantidad de gente que pide un plato de comida en merenderos, se vende un 35% menos de medicamentos y muchos de nuestros viejos han tenido que cortar sus tratamientos. “Con hambre no se puede pensar”, dijo una joven mientras hacía la fila para recibir lo que sea para llenar la panza. La patria de Milei privatizó los derechos.

Aún no sabemos si los libertarios creen que jubilados son casta o si simplemente fue todo un gran show para montar una enorme estafa al pueblo argentino en un criminal plan de miseria.

El papa Francisco pide a sus sacerdotes que sean “pastores con olor a ovejas”. Es hora de que ese pedido llegue a la dirigencia política también. Si no, los discursos con frases marketineras serán cada vez más efectivos y solo ayudarán a darle la razón a los profetas del odio y la destrucción.

Durante la pandemia, el enemigo fue invisible, un virus desconocido. Se perdieron muchas, demasiadas vidas. Todavía no logramos descifrar del todo las consecuencias en torno a la salud mental. Sabemos que el año pasado en San Juan hubo record de pibes que se quitaron la vida.

Hoy la batalla es igual, gestionar la vida ante el desamparo. Hay que proteger a los viejos, a los pibes, a los más vulnerables. Milei quiere mantener el superávit trucho y mantener calmos los mercados sacándole a los invisibles. No podemos mirar para otro lado.

Imagínate que más de la mitad de tu familia no tenga para comer, que no les alcance. ¿Podés ser feliz sabiendo eso? Imposible. El ejercicio es simple: transpolar lo mismo al resto de los argentinos. No se puede estar bien, si a más de la mitad de nuestra gente le faltan recursos básicos. Asusta pensar que las frases de autoayuda, que recorren historias en Instagram, en las que se habla de empatía sean solo eso, una pose.

Cuidar la sociedad, construir comunidad, proteger lo común es la única manera de salir de la desmoralización y depresión a la que nos quieren sumergir. Si nos caemos, nos levantaremos. Hay que encontrarse y arriesgarse como hicieron las heroínas de las ollas populares, médicos, enfermeras y tantos otros en pleno Covid. No hay que callarse, no hay que especular, no hay tiempo y hay mucho en riesgo: la vida de todos y cada uno de los argentinos, esos mismos argentinos a los que abrazaste cuando salimos campeones. Abrazo en la algarabía, abrazo en la adversidad.

Hay que volver a conjugar ese nosotros, hay que ponerle al verbo sujeto. Hay que reconstruirlo. Es la mejor manera de enfrentar la tristeza y el auge individualista. Son tiempos difíciles, corren vientos destructivos. Para Maquiavelo “El Príncipe” debía saber navegar los vientos de la fortuna, la propuesta es seamos un gran príncipe colectivo que con honestidad, coraje, temple y audacia para navegar y enfrentar la pandemia libertaria.

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