Es en primera persona. Es el relato de lo que me pasó en dos meses. Son experiencias que no son excepcionales sino con las que debe convivir cada mujer sanjuanina, cada argentina. Tristemente las mujeres vivimos con un chip de alerta constante. En dos meses un hombre me abordó en la calle y me tocó la cola; escuché obscenidades a los que durante años les dijimos piropos como si alguna persona quisiera escuchar en la calle “que buen culo que tenés” como lo afirmó alguna vez el ex presidente Mauricio Macri. El miedo y la paranoia terminaron logrando que casi le pegue un calefonazo a un hombre que me iba a preguntar una dirección. La amenaza del macho logró que mire de refilón, que camine rápido cuando voy por una calle oscura, que me cruce de vereda ante una mirada que interpreto desubicada. ¿Soy la única que vive con el chip de alerta? No. Tiempo de San Juan realizó una encuesta en la que participaron más de 2.000 mujeres: un 68% respondió haber sido víctima alguna vez en su vida del acoso callejero. En la Policía reciben las denuncias pero quedan en la nada porque casi nunca es atrapado el acosador. ¿Hay solución? Los especialistas aseguran que sí, a largo plazo dicen y aseveran que tiene que ver con dejar de criar machitos.
A principios de diciembre estaba entrando al diario. Un hombre pasó en bicicleta pasó por atrás mío y me tocó la cola. Salí corriendo atrás de él, me saqué un zapato y se lo tiré. No paré de insultarlo hasta que lo perdí de vista. Pasó un pibe en auto, me preguntó si me habían robado, le dije lo que me había pasado. Arrancó el auto y se fue, evidentemente le parecía más grave un robo que un acoso callejero. Entré al diario enfurecida. En la tarde trabajan conmigo cinco varones y una mujer. Todos me contuvieron y salieron a dar unas vueltas por ahí para ver si lo encontraban. Llamé por teléfono al 911, pero claro, no tenía más datos que aportar que un pibe en bicicleta, con una gorra y pantalón corto oscuro. Quedó en la nada, como la mayor parte de este tipo de casos.
El Senado sancionó por unanimidad el 17 de abril del año pasado al acoso callejero como un modo de violencia de género, introduciendo su definición en la Ley 26.485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres. Esta norma prohíbe conductas o expresiones "verbales o no verbales, con connotación sexual, que afecten o dañen su dignidad, integridad, libertad, libre circulación o permanencia" de las mujeres.
El juez de Faltas Ricardo Grossi Colombo informó que en todos los turnos reciben contravenciones por acoso callejero. El mayor inconveniente que se presenta ante este tipo de hechos es que la Policía pueda dar con el acosador callejero. Si cae el protagonista, se le labra un acta que llega a la Justicia de Faltas, donde se le aplica una multa al responsable. La sanción económica varía de acuerdo a la infracción cometida.
Después de que un hombre me tocó la cola, juré anotar cada una de las situaciones machistas callejeras en las que me vi envuelta. Catorce tipos me gritaron cosas o bajaron la velocidad de su auto mientras iban al lado mío. Nunca lo había registrado con hora, fecha y lugar. Este micro muestreo arrojó dos datos: los hechos pasaron en los tres departamentos en los que me muevo en forma cotidiana y a cualquier horario.
Las mujeres, con bronca e impotencia, naturalizamos desde que nacemos los “piropos”. Nos hicieron creer que era normal, que era parte del pack de ser mujer tener que soportar que alguien haga comentarios sobre tu cuerpo sin ninguna clase de permiso. Era una o dos pibas las que en un grupo ponía en su lugar al hombre que gritaba obscenidades. Desde que el feminismo se metió en lo cotidiano y nos hizo replantear las influencias del patriarcado en el modo de relacionarnos, las mujeres en general vivíamos resignadas a tolerar.
Los datos indican que ahora las mujeres al menos llaman al 911 para comunicar que fueron víctimas de acoso callejero. Cuentan qué clase de barbaridades les gritan en la vía pública y tratan de aportar datos sobre el agresor. Antes esto pasaba menos, o nada. Era parte de “ser mujer”. La información la confirman desde la Dirección de la Mujer y desde el CISEM.
Un tipo que me tocó sin mi consentimiento y catorce obscenidades registradas. Tras esto, el pasado 31 de enero retiraba un par de elementos en desuso del departamento de mi madre. Tipo 14 horas. Un hombre que venía en moto empezó a bajar la velocidad. Lo venía viendo de refilón. Agarré con fuerza un calefón eléctrico que tenía a mano y me dije: -Se lo voy a largar en la cabeza si me quiere tocar. Me preparé, me puse en posición. El hombre notó mi miedo. Alejado unos metros me preguntó si la calle donde estaba era la Balaguer, Santa Lucía. Le respondí que sí, nunca bajé la guardia. Solo me relajé cuando se fue.
El chip del alerta no se sustenta en estas experiencias personales de la cronista que escribe. Los números fríos indican que en la Dirección de la Mujer desde el 1 de enero al 22 recibieron 420 denuncias por violencia de género; que en el 2019 hubo tres femicidios confirmados en San Juan y un cuarto caso que aún no se resuelve; que en apenas un fin de semana por lesiones leves flagrancia abordó cuatro casos de violencia que incluyeron hasta un hombre que quiso quemar a su novia delante de sus hijos.
El chip del alerta máxima es el que nos tenemos que poner todos los días las mujeres cuando salimos de la casa. Es el chip que nos metió el patriarcado, es el chip del machismo que parió hombres que creen tener derechos sobre las mujeres, que piensan que está bien vulnerar su intimidad tanto físicamente como simbólicamente con el decir. #NoNosCallamosMás.