Violencia de género

La sobreviviente

Su ex pareja le pegó dos tiros en el abdomen e intentó gatillarle en la cabeza pero la bala no salió. Salvó a su hija de una muerte segura a puñaladas. El horror, la tristeza y la esperanza en un renacimiento que falta alcanzar.
domingo, 10 de marzo de 2019 · 11:06

Por un momento imaginá que estás escondida en una despensa. Tenés a tu hija en brazos. Te pegaron dos balazos y no sentís las piernas. La sangre te chorrea, te vas desvaneciendo pero tu instinto protector puede más. Escuchás gritar al monstruo y de repente todo es silencio. Por fin tu cuerpo puede decir basta. Estás a salvo. 

Estos fueron los minutos más duros en la vida de Victoria Manrique, la joven madre de 29 años que fue baleada dos veces por su ex pareja, el gendarme Mario Juárez. Victoria es una sobreviviente. Si algo siempre tuvo en claro es que quería vivir; cuando entró al quirófano se aferró a sus creencias. “Necesitaba vivir por mis tres hijas, son muy chiquitas”, reveló al equipo periodístico de Tiempo de San Juan que la entrevistó en exclusiva. 

La relación de Mario con Victoria siempre fue tormentosa. Como toda persona violenta, pasaba por períodos de luna de miel en los que el gendarme era un hombre amoroso. Pero los desplantes por celos, su obsesión por controlar todo, se transformaron en algo cotidiano que terminó por condenar la relación. Un día Victoria dijo basta, un basta que Mario no entendió. 

“Yo me voy pero vos también”, le dijo el salteño. La frase siniestra se materializó de la peor manera. Le pegó dos tiros delante de sus hijas y casi la ejecuta de un balazo en la cabeza pero como el arma era vieja el disparo no salió. Esta última vez no fue la única oportunidad en la que Victoria tuvo riesgo de vida. Años atrás la joven se salvó porque mientras él manipulaba un arma de modo amenazante, ella le pegó una patada justo a tiempo. 

Siete años de relación. Siete años de calvario. Siete años de vivir intentando no incomodar. Siete años de simular alegrías cuando no las había, de cambiar risas estridentes por modales que no hagan dudar a su pareja. Siete años de expresiones mínimas, de llantos en silencio y de lágrimas resecas en las mejillas. 

En el relato de Victoria se nota que aún no se da cuenta de que era una víctima de un violento. Cuando describe al salteño dice que era un hombre bueno, que nunca le pegó, que sólo ejercía violencia psicológica sobre ella. Ese “solo” hace ruido en su interlocutor. Y justamente esa es la tarea de reconstrucción de la autoestima que realizan los grupos de contención y de profesionales que ayudan a las víctimas a recuperarse. 

Ese 19 de febrero terminó con sangre derramada igual. Mario intentó matar a su esposa y a sus hijas; cómo no pudo, se sintió acorralado y decidió suicidarse. Se pegó un tiro. Antes de hacerlo, le envió un mensaje: “Perdoname. Te amo para siempre Victoria y a mis hijas”. La obsesión, los celos y la violencia lo llevaron a la tumba. 

A pesar de que tuvo que superar dos cirugías y de que deberá enfrentar una larga recuperación, a Victoria nadie le quitó las ganas de vivir. Quizá por eso esta cronista la describe como una sobreviviente, una mujer a la que la vida le dio otra oportunidad. Tristemente la chance de renacer vino acompañada de la muerte. Vaya paradoja.