Personaje

El alumno sanjuanino de Perón

Armando Gonzáles es sanjuanino y tiene 96 años, estudió con el líder del movimiento popular en 1953. Fue parte de la resistencia peronista y guarda tesoros de incalculable valor histórico. Nunca tuvo ni reclamó un cargo político. Por Natalia Caballero.
domingo, 27 de enero de 2019 · 10:58

Es un hombre de trabajo, de manos laboriosas, de noches de estudio y formación, de convicciones inquebrantables. Es un hombre de 96 años con llama peronista, que difunde la doctrina partidaria caminando más lento pero con el corazón encendido. Es un hombre de pueblo. Es un hombre que guarda tesoros de tremendo valor para la historia, que con su voz firme aún puede contar sus experiencias. Se trata de Armando Gonzáles, el último alumno de Perón que le viene ganando la batalla al tiempo.

Armando nació en Chimbas, el “Nueva York de San Juan”, según su propia descripción. Viene de un hogar numeroso, donde no hubo abundancia material pero sí de amor. Desde joven la política le resultó un campo atractivo pero no fue hasta la aparición de Juan Domingo Perón que se sintió identificado con un movimiento. A don Armando el justicialismo lo terminó atrapando por completo por el lugar que les dio a los trabajadores, por el sentir nacionalista y popular.

Para un hombre dedicado a la tornería (con corazón metalúrgico, según su hija Alejandra), Perón fue la persona que reconoció a los trabajadores por primera vez, que los visibilizó y jerarquizó en un orden social distinto (no marxista-clasista sino humanista, cristiano y popular).

En la foto, la magister en Derecho Administrativo, Alejandra Gonzáles, don Armando y Joaquín Olivera, ingeniero y profesor de la facultad. 

 

En 1950 trabajaba en la Universidad Nacional de Cuyo y fundó el sindicato que iba a representar a los trabajadores del sector. Tres años después, con 32 años, fue elegido (por la CGT San Juan presidida por Paulino Herrera) como uno de los representantes sanjuaninos para formarse en la Capital Federal en los Cursos Extraordinarios para la organización de las Escuelas Peronistas Provinciales. Allí tuvo como maestro a Perón.

Conocer al líder del movimiento fue impactante. Todavía Armando se emociona al recordar aquel momento en el que el carismático conductor se ponía al frente de las aulas compartiendo su visión del país y del mundo. Eran clases magistrales, según dijo, en las que se aprendía de filosofía, de historia y de doctrina. Y de la que guardó para siempre el gráfico elemental de “La Casita”, que explica esa nueva ideología.

Don Armando no sólo escuchó a su líder como maestro sino que hasta festejó su cumpleaños con él. Es que Gonzáles cumple el 8 de octubre, el mismo día que Perón y en 1953 fue invitado por el propio general a celebrar su onomástico en la quinta de Olivos. “Fue impactante, compartimos comida y charlamos un rato con el General. Un día inolvidable”, recordó.

Conoció a Nelly Moscheni, su esposa en la casa familiar,  que luego sería conocida por la comunidad sanjuanina como la Casa de Perón. Allí  fue el inicio de una historia de amor que duró más de 50 años, abrazando el mismo ideal.  Nelly fue su compañera de toda la vida.  Ella también fue alumna de Perón en 1954  y fue enviada con la misma misión que Armando a Buenos Aires. Ambos compartieron el fervor peronista, su pasión por el sindicalismo y la formación.

En 1954 Armando fue designado director de la Escuela Peronista de San Juan (por el propio General Perón ), ocupó ese puesto de lucha hasta 1955 cuando Perón fue derrocado. A partir de ese momento, arrancó la etapa más complicada de su vida. Tanto él como su compañera fueron despedidos de sus puestos de trabajo dentro de la Universidad. Sufrieron la muerte civil. Pero ni la persecución los amedrentó. Durante los años de proscripción peronista, la pareja pasó a formar parte de la resistencia.

Desempleado, Armando volvió a ganarse la vida como tornero. Su esposa, Nelly, vendía pescado y luego ingresó a trabajar en la boutique de una amiga. A pesar de las prohibiciones, colgaron un afiche de Perón de un metro y medio en la puerta de su casa, ubicada en plena Ignacio de la Roza y Del Bono. Cuentan que pasaba por allí para ir a misa el general Fonseca. Y que niños enviados por los antiperonistas le cantaban en la puerta de su casa: -“Bajen al tirano”.

De la escuela peronista, y antes que el golpe del '55 rompiera todo, Armando se llevó todos los libros y los bustos de Perón y de Evita. Durante los años de prohibición, fueron enterrados en distintas viviendas de “compañeros”. La mayor parte de esa bibliografía fue salvada y forma parte de la biblioteca que conserva la casa de los Gonzáles. Los bustos también están, intactos y de blanco impoluto. Para que los libros puedan ser leídos por la mayor cantidad de gente posible, están digitalizados y subidos a la web.

La vivienda de galerías amplias se convirtió en un refugio peronista. Allí proyectaban los mensajes del general Perón en Puerta de Hierro. Todo se hacía con el mayor sigilo. La pena podría haber sido el encarcelamiento, pero sabían que la única forma de mantener la doctrina viva era haciendo. Incluso, poniendo en peligro su propia vida, buscaban los mensajes del líder hasta en Uruguay.

Por la casa puyutana pasaron los perseguidos de todas las dictaduras que en su camino a Chile encontraban contención allí. Fueron años duros, según don Armando, pero días de prueba para los “verdaderos soldados de la vuelta de Perón”.

Gonzáles consiguió trabajo en la fábrica de carburo. La proscripción no pudo con sus conocimientos. Para ingresar a la empresa de capitales franceses tuvo que rendir un examen que aprobó con un sobresaliente. Fue así como consiguió trabajar en la firma hasta que se jubiló. Allí, pasó a integrar el gremio de Industrias Químicas de San Juan.

La actividad sindical de este hombre no se extinguió nunca. De 1956 a 1957 fue electo secretario general de la CGT clandestina, luego secretario general de la CGT Auténtica. Participó en la fundación de las “62 Organizaciones” y fundó la Escuela Sindical de la CGT en 1972.

La vuelta de Perón prendió la llama nuevamente de todos los “soldados” que aguardaron durante años la llegada de su líder máximo. Pero el gobierno del General no duró mucho por su muerte y arrancaron así los años más oscuros de la historia nacional. Otra vez Armando se puso la lucha al hombro. A lo largo de toda la Dictadura dictó cursos de adoctrinamiento clandestinos en Buenos Aires, San Luis, Mendoza y San Juan.

Armando nunca tuvo ni pidió  un cargo público. Dice que nunca trabajó para eso, que su lucha fue por un ideal, porque “primero la Patria, después el Movimiento y por último los hombres”. En el retorno de la democracia, continuó con los cursos de adoctrinamiento tanto en la Fundación Juan Perón y en el partido justicialista de San Juan hasta el 2013.

Con su paso lento, pero no por eso menos firme, Armando hace pasar al equipo de Tiempo de San Juan a un cuarto de su vivienda en el que hay bibliografía de todo tipo, fotografías de su militancia y hasta retratos de Perón con la letra del propio General. Recordó que hasta tenía una carta de Perón que le robaron. Aún le pesa ese robo. En ese cuarto está la historia que supo escribir don Armando a lo largo de sus 96 años de vida. Una vida intensa, efervescente, guiada por los sus ideales y sueños de una Argentina más justa.

Por su casa también pasó el actual  gobernador Sergio Uñac. Armando conserva una lucidez increíble y describió con lujo de detalles esa visita que terminó en una foto que inmortalizó el momento. Alejandra, la hija de Armando, continuó con el legado familiar. Convencida hasta los huesos, instruida y con capacidades pedagógicas envidiables ha logrado integrar nuevo equipos de Formación Política Peronista, con Jóvenes y viejos compañeros, en los que se actualiza y conserva la esencia de la ideología peronista. 

Don Armando fue profeta en su tierra. La  Escuela de Formación Política de la Junta de Chimbas desde 2015, lleva su nombre e incluso le hicieron un homenaje recientemente.

"Hay dos clases de lealtades: la que nace del corazón que es la que más vale y la de los que son leales cuando no les conviene ser desleales", decía Perón y vaya si la vida de Don Armando no es una muestra de lealtad a la doctrina que lo enamoró siendo un joven trabajador. Latido a latido, su corazón de llama peronista continúa inspirando a generaciones jóvenes que reconocen en este hombre un inquebrantable soldado de Perón.

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