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Infancia trans: la incansable lucha de una pareja 'sanjuanina' para que sus hijas sean aceptadas

Son las primeras dos niñas trans que obtuvieron el documento acreditando su identidad en la Provincia. El difícil camino que encararon sus padres para que las chicas vayan a la escuela, sean atendidas por un profesional y no sufran el rechazo de la gente. Una historia de amor y coraje.

Por Redacción Tiempo de San Juan
Por Natalia Caballero
 
¿Qué es lo que desea todo padre para su hijo? Que sea fiel a sí mismo, que disfrute la vida, que sea feliz. Y esa felicidad viene de la mano de la libertad, de dejar ser. Precisamente eso fue lo que hicieron A.A y F.A, un matrimonio al que la vida les puso el enorme desafío de criar a dos niñas trans, que con menos de diez años descubrieron quiénes eran y que contaron con el apoyo de sus padres. El camino no fue fácil. Se encontraron con psicólogos que querían cambiarles la conducta a sus hijas, que las trataron de enfermas; se toparon con directivos escolares que no les permitieron seguir estudiando y todos los días se enfrentan con vecinos que no quieren que sus hijos se relacionen con las niñas. Los contratiempos no amedrentaron a estos padres, quienes decidieron acompañar incondicionalmente a esas pequeñas que el frío invierno de Puerto Madryn les regaló. Ahora ambas tienen un documento que refleja fielmente quiénes son y son las primeras niñas trans que viven en la provincia que lo obtuvieron.
 
La tonada de A.A delata que no es de San Juan. Nació en Buenos Aires, al igual que su esposo, pero se siente una sanjuanina más. Esta mujer de expresivos ojos marrones es mamá de 4 hijos. Primero tuvo a una niña, una adolescente que hoy tiene 17 años. Ocho años después de haber dado a luz a su nena más grande, se enteró en el sur argentino que estaba embarazada y por partida triple. El parto venía complicado y la tuvieron que trasladar a Buenos Aires, donde nacieron los trillizos. 
 
Las dos niñas no manifestaron al mismo tiempo sus géneros. Primero lo hizo A.M.A y luego M.A. Saber que el género es una construcción social fue el primer paso que los padres de estas pequeñas tuvieron que dar. Parados desde ese conocimiento básico, las transiciones empezaron y como las mariposas, volaron luego de pasar años encerradas en un capullo oscuro del que no se sentían parte. 
 
El primer indicio de que algo incomodaba a A.M.A lo dio con apenas dos añitos. Usaba los vestidos de su hermana y se ponía manteles en la cabeza para simular pelo largo. Tampoco le gustaban los típicos juguetes de varón y cada vez que la llevaban a la peluquería a cortarse el cabello, manifestaba como podía que no estaba de acuerdo. Pero estas conductas no eran las únicas, sino que la pequeña se autoagredía, se golpeaba la cabecita contra la pared y se arrancaba los pelos.
Los papás de A.M.A pensaban que era un juego y que tal vez eran papás de un niño gay. Aunque les resultaba raro nunca le prohibieron jugar con muñecas. Todo cambió cuando la pequeña, ya con seis años, se paró frente a la mesa y les dijo a todos: -"Yo no soy un nene, soy una nena”. Todos se quedaron helados. 
 
"Me angustiaba porque no sabía, tenía amigos gays pero nunca me habían contado que les había pasado esto. En esto, mi hermano menor me envía una nota de Página/12 sobre infancia trans. Ahí me di cuenta de que tenía una hija trans. Empecé a leer más, a investigar. A mi marido le costó al principio”, contó la mamá.
 
La transición comenzó cuando ella estaba finalizando primer grado. Al principio, iba a la escuela vestida de varón. Llegaba a la casa desesperada para arrancarse el disfraz y ser ella. En ese cambio de dejar atrás el niño, a A.M.A lo que más le costó fue enfrentar el afuera. Cada vez que alguien la iba a buscar o cuando quería salir a jugar, se vestía de varón. Un día se animó y salió hasta la puerta, luego hasta la vereda y una vez que cruzó la calle, nunca más volvió al género que la sociedad le asignó. Abandonó para siempre el "él” y liberó a "ella”, la que hasta entonces sólo se animaba a mostrar a su familia. 
 
En ese período pidieron ayuda profesional para afrontar el cambio en familia. Por un tema administrativo de la obra social, primero tuvo que ver a un psiquiatra. "Yo le hablaba de mi hija y él insistía con ponerle género masculino. Me dijo que mi hija estaba enferma, que había que hacer un tratamiento. Salí llorando. Después fui a un psicólogo que quería corregir la conducta de mi hija, que fuera nene cuando ella se siente y es una nena. Busqué por otro lado, fui al Colegio de Psicólogos y ahí me dieron una lista. Habremos ido a 20 psicólogos. Una profesional me dijo que tenía una colega que estaba interesada en el caso. Me dijo que era la primera vez que atendía un caso así. Su sinceridad nos gustó y es con quien está ahora”, relató con un nudo en la garganta.
 
La pequeña A.M.A empezó segundo grado como lo que siempre fue: una niña. Ahí tuvo el primer choque con la realidad. La tuvo que cambiar de escuela. Ella iba a la escuela Normal Sarmiento. "Me dijeron que la tenía que cambiar de escuela, que la sacara porque ellos no se iban a hacer cargo. Que fuera buscando otra escuela. Para colmo no era una buena alumna, no se sacaba las mejores notas. A mí me preocupó adónde la iban a dejar entrar. Ellos me dijeron que no me preocupe, después me dieron el boletín con las notas cambiadas para que me la acepten en otra escuela y así fue”, recordó A.A. 
 
En la segunda escuela, le abrieron las puertas de par en par. La directora habló con la maestra. Los compañeritos preguntaron sobre el cambio. La docente les dijo que ahora era A.M.A y los chicos no volvieron a preguntar y la aceptaron como una más. 
 
La transición de A.M.A tuvo episodios muy duros. Con mucha angustia, contó como una niña le dijo a su hija que cuando fuera grande le iba a salir barba, la nuez de Adán y que no era una nena de verdad. Esta tremenda cachetada emocional derivó en una crisis con autoagresión. El llanto y la pena fueron calmadas por su madre, quien con una muñeca le hizo entender que era una nena de verdad. 
 
La finalización de la transición de A.M.A fue el inicio del cambio de su hermana, M.A. "Yo soy mamá de dos nenas trans. Con mi segunda hija lo veníamos viendo, fue todo distinto porque con ella ya habíamos tenido la experiencia de mi otra hija. Pero no son mis tiempos, son los tiempos de ellas. A.M.A es más segura, de carácter más decidido y M.A es más dócil, no se animaba a decirme por miedo”, añadió. 
 
El cambio de M.A lo hizo durante la colonia. Ella salía de la colonia y se sacaba la ropa de varón. En una oportunidad, organizaron una matiné y M.A decidió que quería ir vestida con una pollera. "Le dije que la iba a apoyar pero que podía enfrentarse a miradas complicadas. En el baile nunca nadie le dijo nada. El matiné fue un viernes y el lunes empezó con una bikini”, narró la mamá.
 
La elección de los nombres corrió por cuenta de las pequeñas. La primera se decidió por uno de los nombres que había pensado su mamá cuando estaba en la panza. La otra, firmó una carta a Papá Noel con su nombre. 
 
El apoyo de la familia es total. Hasta la bisabuela de las niñas, que tiene 87 años, comprendió. Cuando se enteró, les compró muñecas, aros. Hasta les paga las clases de baile árabe y español. El desafío para estos padres siempre fue el afuera: los docentes, los vecinos, los médicos. 
Cuando A.M.A y M.A fueron finalmente ellas, todo fluyó. Mejoraron en la escuela, se sienten más seguras y son niñas más felices, se les nota en la cara. 
 
Estos papás lucharon para que ambas tengan un documento que reflejen quiénes son. Con la primera hija trans, el proceso del papeleo duró un año pero con la segunda fue mucho más rápido. Este trámite las convirtió en las primeras niñas trans con DNI de la Provincia. 
 
La familia decidió darles consejo a otros papás que están pasando por lo mismo. Hasta ahora han hablado con una mamá de Valle Fértil, que tiene una hija trans. Participan en charlas, en las marchas de orgullo gay e integran dos asociaciones: Infancias Libres e Infancias Trans. Los logos de estos grupos de contención forman parte del día a día de esta pareja, incluso el papá de las niñas tiene dos portarretratos en su lugar de trabajo con los logos. 
 
A los diez años las chicas deberán empezar con otro proceso, más ligado a su salud física. Empezarán con la toma de hormonas, de bloqueadores. Y para este momento, sus papis se están preparando aunque en San Juan no haya especialistas en la materia. Deberán ir a Buenos Aires porque acá no hay profesionales formados.  
 
El camino de estas dos niñas no será sencillo. Pero saben que nunca estarán solas porque cuentan con el abrazo de mamá cada vez que alguien las intente aislar, con los consejos de su hermana mayor, con la protección de su hermano y con el aliento de papá. Las dos consiguieron ser libres, ser ellas y sentir del modo que lo hicieron desde que estaban en el vientre materno. 
 
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