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OPINIÓN

Un nuevo orden ha nacido

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Michel Zeghaib
(*)

El 15 de enero de 1944, un terremoto sacudía a la Ciudad de San Juan arrasando la capital cuyana y dejando huellas imborrables en 200 kilómetros a la redonda. Se trató de una de las catástrofes naturales más impresionantes en la historia del país, duró tan solo 30 segundos, pero dejó unas 13 mil viviendas en ruinas, miles de muertos y cientos de heridos.

Era una tarde de verano, un sábado como cualquier otro, la naturaleza sorprendería a una ciudad como San Juan que ostentaba ser próspera desde su tierra de vinos y soles. Poco antes que la noche cubriera la totalidad del cielo, un movimiento telúrico la destruyó. La voraz fuerza sísmica, borró todos los símbolos que definían el perfil de la Provincia y que la dotaban de una caracterización de significados profundos para sus lugareños tanto cívicos como religiosos: la casa de gobierno, la legislatura, las cortes, la reciente inaugurada municipalidad, los clubes prestigiosos y todas las iglesias parroquiales de la Ciudad. Fue el peor desastre natural en la historia nacional.

Según el historiador Mark Alan Healey, “hubo un borramiento del pasado”, con lo cual, en tan sólo fracciones de minutos, la clásica Ciudad Colonial que era San Juan había desaparecido.
El terremoto dejó una ola de secuelas y consecuencias de tipo social, económico, político, incluso religioso en la sociedad sanjuanina. La política tuvo un receso obligatorio urgido por las prioridades de atender la emergencia. Sus consecuencias marcaron durante muchos años posteriores al ’44 la necesidad de diseñar una nueva arquitectura para el sistema de protección civil, en el rediseño de las normas relativas a la construcción en altura, o en el tramado legal que se requería para modificar el presupuesto en las áreas de gobierno que correspondían a las prioridades de las nuevas autoridades, en la reconstrucción de la ciudad, entre otros.
Hubo dos desafíos más: 1) el que tuvo que enfrentar el gobierno militar en la persona del Coronel Juan D. Perón, como Secretario de Trabajo y Previsión Social, y que fue lo que destapó el terremoto: la apabullante pobreza que había en San Juan fruto de las desigualdades defendidas por la clase dominante de vitivinicultores y; 2) el cambio rotundo de la visión del mundo que a partir de la fatalidad comenzó un proceso de transformación irreversible. Juntamente al San Juan material, se reconstruyó también el San Juan inmaterial.

Por entonces, la voz de Juan Domingo Perón se empezó a escuchar con una fuerza impresionante: “Yo señores no he pedido nunca en mi vida, porque gracias a Dios, no he tenido necesidad. Pero por los demás, soy capaz de pedir noche y día”, haciendo realidad la ansiada aplicación de la justicia social –que encontró la mejor de las oportunidades desde el terremoto–, como elemento fundamental en la construcción del poder.

Pero no fue sólo el poder político el que intentó intervenir e interpretar el terremoto, sino también lo hizo el poder religioso. Estado e Iglesia, conjuntamente, se apoderaron del desastre para hacer cumplir sus aspiraciones nacionalistas y conservadoras, frente al régimen liberal, que había sido herido de muerte a la par que a los que protagonistas del terremoto. Para los representantes del régimen militar, y sus aliados eclesiales, el desastre había sido un juicio radical a dicho orden liberal y, por lo tanto, la oportunidad de su destitución definitiva.

El terremoto de San Juan fue funcional para la Iglesia que, gracias al régimen militar, pudo hacer que el sueño de concretar el proyecto social integrista que había anhelado largamente, se hiciera realidad. Dada la vocación política que tiene la Iglesia Argentina, y poniendo la mirada más allá de las ruinas, voceros de la Iglesia y el Estado presentarían la tragedia como una oportunidad de superar el régimen liberal y concretar en la práctica las consignas de la militancia católica nacionalista e integrista que se estaba instaurando con firmeza en la sociedad.

La Iglesia estaba debilitada y aislada por las políticas reformadoras del orden liberal de fines del siglo XIX. Empezó a recobrar fuerzas, en su afán de conquistar al Estado, recién a mediados de los años ´20. Con lo cual, puertas nuevas se le abrieron a la Iglesia gracias a su explícito apoyo al golpe de Estado de 1930. Fue ganando adeptos y militantes en todas las clases sociales.

El principal axioma de este «nuevo orden» y su consecuente renovación, siempre fue el antiliberalismo y su apuesta fue resucitar el concepto medieval de «cristiandad», donde todo estuviese regido desde parámetros nacionalistas, conservadores e integristas: “La prédica nacionalista y el ideario integrista coincidieron en reivindicar a los soldados como alma de la nación, y la renovación eclesiástica trabajó para que esa alma fuese cada vez más católica”(5).
El ideal sería pasar de un Estado Liberal a una Nación Católica. Los militantes católicos, comenzaron a tener cada vez mayor contacto con los problemas sociales de las clases populares, comenzaron a ser testigos directos de los reclamos de justicia social, justicia que reclamaba una lucha contra la pobreza, la desigualdad y la ausencia de derechos. Esta nueva visión comprometida con la realidad, no formaba parte del ideario católico al principio de 1930, pero pasó a ser un componente central a partir de 1944.

Fuentes:
(*) Fragmento de Tesis presentada por Michel Zeghaib titulada. “El imaginario social sanjuanino después del terremoto del 15 de enero de 1944”. Un análisis a partir de dos pares dialécticos: vida –  muerte / miedos – esperanzas”. Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes UNSJ. 25/03/2013. Págs. 20-28.

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