CASOS QUE CONMOVIERON A SAN JUAN

Cuando la tragedia ganó en el Zonda

Vanos fueron los intentos de pilotos, voluntarios, o encargados de los matafuegos por extinguirlo. El domingo 24 de abril de 1994, el piloto sanjuanino Carlos “Negrillo” Sánchez murió calcinado al volcar su automóvil y estallar en llamas durante la carrera de la monomarca Gol disputada en el autódromo El Zonda. Ese día, no había bomberos. Por Michel Zeghaib.
lunes, 11 de junio de 2012 · 19:42

Fue un otoño triste para San Juan. Carlos Sánchez, alias “Negrillo”, de 27 años, perdió la vida el domingo 24 de abril de 1994. Era la final del primer campeonato de la fórmula monomarca Gol. Un doloroso saldo tuvo la carrera cuando la máquina número 24 del piloto Carlos Sánchez volcara y se incendiara, muriendo calcinado dentro de su vehículo que, ese día, funcionó como una trampa de la que no pudo librarse.

La carrera y la tragedia
Con dos series anteriores, ambas ganadas por Roberto Basualdo, había llegado la final a doce vueltas con trece máquinas. A cuatro rondas del cierre de la última competencia, y por causas que nadie supo precisar con absoluta certeza, se produjo un tremendo accidente que costó la vida del joven piloto sanjuanino. El fatal desenlace se produjo en la recta que va a la horquilla (a esa altura los autos, a metros de donde frenan, viajan a una velocidad de unos 170 Km/h), a unos 80 mts del cartel que indicaba “100 mts” (de la horquilla). El auto de Sánchez se levantó unos centímetros del suelo y calló en posición invertida prendiéndose fuego inmediatamente con él en su interior.

Algunos de los que estuvieron presentes contaron cómo se fueron dando los hechos. Primero fue el aullido de las chapas, un chirrido que heló la sangre de los más cercanos al lugar en que el Gol se prendiera fuego. Después, un auto que se catapulta en el aire dando una vuelta y quedando invertido. Pasaron varios segundos. Nadie pudo definirlo nunca, ya que la conmoción del momento había obnubilado a todos. Luego, alguna chispa, el fuego, y el Gol número 24 envuelto en llamadas con el piloto atrapado por el cinturón de seguridad que no pudo desabrocharse.  El “Negrillo” estaba atado, consciente de que se estaba quemando y pidiendo a gritos que lo sacaran.

Era una de esas clásicas tarde de domingo. Asadito de por medio, algunos ya terminándolo, otros recién empezando. Ese día, la monomarca Gol era una final muy esperada por todos. Se estaba cumpliendo la octava vuelta, y quedaban cuatro para el final de la carrera. La punta iba gobernada por dos geniales pilotos del momento que, mano a mano, luchaban por el primer puesto: el sanjuanino Roberto Basualdo y el cordobés José Cechetto. Era un duelo sin ganadores aparentes, un mano a mano lleno de adrenalina para verlo de pie. De repente, sin aviso, en plena recta, ocurrió lo peor. Basualdo, Cechetto, el mendocino Gil, el “Pibe” Juárez, el “Negrillo” Sánchez, Fabricio Benedetti (Jr.), Vicente Mestre viajaban a más de 150 km/h… A sólo fracciones de segundos antes de pisar los frenos, habría explotado la rueda delantera del Gol de Sánchez provocando la elevación de su auto sobre el pavimento para caer después, invertido, sobre el mismo asfalto del que se había levantado.

Imágenes del dolor
Una imagen impactante quedó grabada en la retina de los que, esa tarde, fueron testigos mudos de una tragedia que nadie podía ponerle fin (entre los testigos, también se encontraba el cronista de esta nota). La impotencia provocada por la ferocidad del fuego y la falta de recursos técnicos, era la que marcaba el ritmo del tiempo que duró la tragedia. Fueron unos minutos que parecieron toda una vida.

Aquella fue una tarde de horror, desdicha y muerte. Muchos lucharon esa tarde contra el fuego y la muerte, como enfrentados a molinos de viento, en un intento descomunal por tratar de salvar al “Negrillo”. Las crónicas certificaron que fueron 17 minutos de horror, espanto e impotencia desgarradora. Pero ganó la muerte, y se llevó a un piloto de apenas 27 años. Era una mezcla inexplicable de fatalidad y destino que se apoderó de todos los que estaban en la recta que está antes de llegar a la horquilla. Y es muy difícil describir el horror, la tragedia y el espanto. Las palabras se enmudecen en el momento de describir una larga y terrorífica escena de fuego que duró diecisiete interminables minutos. A unos 100 mts de la terraza de la sala de prensa, muchos fueron los ojos que vieron el doloroso momento.

Cuando los autos van en línea recta, todo hace suponer que es imposible pensar en un vuelco como el de aquel Gol número 24. Era de no creer. Además, no fue el único accidentado. El auto de Mestre quedó cruzado en la pista y destruido casi por completo. Luego un tercero, Reyes, llegó y quedó con la trompa y el tren delantero destrozado y apuntando hacia la cuerda interna. Y uno más, Aguilar, con el camino cerrado y confuso por el humo, el fuego y la locura, sin tiempo para frenar y parando su marcha junto a los vehículos que quedaban detrás.

La primera reacción, casi suicida, fue la del médico Armando Aubone. Fue el primero en llegar al Gol nº 24 que estaba siendo devorado por las llamas. Aubone se bajó con su matafuego en la mano, y metiendo medio cuerpo por la ventanilla del auto de Sánchez, intentó, en una lucha titánica e imposible, apagar la furia y la rabia de las llamas. Su antiflama hirviendo. Su matafuego vacío y… nada, no había caso, el fuego no cesaba. Llegaron otros voluntarios, muchos más. Se corrieron algunas versiones que certificaban que se habían vaciado 17 extintores, dentro y fuera del auto, sin tener éxito alguno. No había bomberos. Y esto jugó, sin dudas, un papel decisivo a la hora de haber podido evitar que la muerte se terminara llevando al “Negrillo” Sánchez. Ganaba la fatalidad, y junto a ella, la falta de previsión y recursos adecuados que estuvieran a la altura de las circunstancias colaboró al desenlace.

Como se dijo al principio, lo más inverosímil fue el lugar en el que se produjo el accidente. En
una recta, en la que sólo es necesario acelerar, sin mayores sobresaltos, hasta llagar a la horquilla, reducir la velocidad y doblar, para llegar al punto de partida (que también era el final). ¿Quién podría predecir semejante vuelta del destino, semejante tragedia? ¿Quién pudiera predecir el fin de una vida? La verdad, quedó como algo inexplicable. Pero quedan las imágenes del horror y el macabro aroma de la muerte, que hizo estremecer aquel domingo de otoño de ´94, hasta las lágrimas y el silencio.

El hombre ante la muerte
Nada justifica una muerte, más aún, nadie quiere morir, como tampoco, nadie quiere ver morir. Menos si se trata de algún ser querido. La muerte es injusta, y la experiencia de la muerte es la angustiosa experiencia de la impotencia más radical y definitiva, porque nadie puede hacer nada con ella. Nadie la puede evitar. Cuando golpea la puerta de la vida de alguien, nadie le puede decir que no lo atenderá.

Esta cruda realidad, nos pone frente a lo más seguro que un ser humano tiene en su vida, y eso es que algún día se va a morir. Y es aquí en donde se plantea la pregunta sobre ¿cómo enfrentar la angustia de la muerte? Que pasó en El Zonda aquella tarde dominguera de otoño, ¿fatalidad?, ¿destino?, ¿falta de recursos e infraestructura? Quizá todo a la vez. Ni siquiera los que intentaron salvarlo han podido responder con certeza a estas preguntas, quedando sólo en eso, preguntas sin responder…

“Me gritaba que no podía desprenderse el cinturón”
Las 19.40 de la tarde, y el Zonda es un cuadro surrealista de horror y espanto. Finalmente, el auto de Carlos “negrillo” Sánchez son todas chapas quemadas, y él, muerto, sin vida, calcinado dentro. Una pérdida irreparable. Las crónicas daban cuenta de cómo los testigos parecían zombies que caminaban como autómatas. Y la voz de Aubone que decía: “Estoy muerto, destrozado, todo esto me parece una horrorosa pesadilla. Corro en auto, asumo riesgos, sé a lo que me expongo, pero esto no lo voy a olvidar nunca. ¿Cómo fue?, ¿Qué pasó? ¡No sé!, no tengo ni la más mínima idea.

Yo venía atrás. En el lote que precedía a los últimos. Vi todo de lejos, si así se le puede decir. Tuve tiempo de esquivar otros autos y pasar limpito hasta donde estaba el coche del “Negrillo”. Bajé con el matafuego en la mano, porque el fuego estaba empezando a subir. Casi me metí adentro descargando el líquido, y pude escuchar cómo Sánchez me gritaba desesperado que no podía desabrochar el cinturón de seguridad. Le grité que lo siguiera intentando, y que me diera los pies para arrastrarlo afuera. No pude hacer ni una cosa ni la otra. El humo me ahogaba.

El fuego lo tenía en la cara. No sé cuantos minutos pasaron, pero fueron una eternidad. ¡Qué desgracia!, ¡Qué horror, Dios mío! Para mí, fue obra de la fatalidad. Nada más que eso… Pura fatalidad. Si no, ¿cómo explicar que eso suceda en plena recta, con los autos derechito, y que encima se prenda fuego como si se estrellara un avión? La fatalidad, nada más que eso… hermano”, dijo el lunes 25 a los medios.

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