“Estoy muy bien”. La frase llega por WhatsApp, escrita con ayuda de su fonoaudióloga. Podría parecer simple, pero en la historia de Alejandra Gómez tiene un peso enorme. Decirla, escribirla, poder comunicarla, es en sí mismo una conquista.
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SUSCRIBITETiene 46 años, sufrió dos ACV en una semana y quedó paralizada. Aprendió a caminar, a tragar y hasta a pintar con la mano izquierda. Hoy, con ayuda de su fonoaudióloga, cuenta su historia y emociona.
“Estoy muy bien”. La frase llega por WhatsApp, escrita con ayuda de su fonoaudióloga. Podría parecer simple, pero en la historia de Alejandra Gómez tiene un peso enorme. Decirla, escribirla, poder comunicarla, es en sí mismo una conquista.
Tiene 46 años y en febrero de 2024 su vida cambió para siempre. Dos ACV isquémicos, uno detrás del otro, con apenas una semana de diferencia, le afectaron ambos hemisferios del cerebro. El impacto fue devastador: quedó paralizada, sin poder caminar, hablar ni escribir. Su cuerpo, de un momento a otro, dejó de responderle.
Antes de eso, su vida era otra. Programadora en sistemas, había trabajado durante 15 años en el Banco San Juan. Era una mujer activa, inquieta, acostumbrada a resolver, a hacer, a ir de un lado a otro. “Vivía muy rápido”, cuenta hoy. Llevaba a sus hijas al colegio, las acompañaba a sus actividades, cocinaba, sostenía la casa. Todo al mismo tiempo.
Pero ese ritmo se cortó de golpe.
“Estuve internada un mes y una semana. No podía caminar, no podía hablar. Comía con sonda. Yo no entendía qué me pasaba”, recuerda. La escena es tan dura como real: un cuerpo inmóvil, una mente intentando comprender, una vida que se desarma en cuestión de días.
Después vino la rehabilitación. Tres meses en una clínica en San Luis, con jornadas completas de terapias. Fonoaudiología, kinesiología, ejercicios constantes. Un trabajo silencioso, repetitivo, agotador. Aprender de nuevo lo que alguna vez fue natural.
“Tenía todos los días terapias durante todo el día”, cuenta. Y en esa rutina, en ese esfuerzo constante, empezó a aparecer algo que sería clave: la disciplina.
Nada fue inmediato. Nada fue fácil.
Mientras tanto, el costado emocional hacía lo suyo. “Lloraba mucho, extrañaba a mi familia”, dice. La distancia, el proceso, la incertidumbre. Todo junto. Pero también ahí aparece otro pilar: el sostén.
“Gracias a ellos pude salir adelante”, afirma. Y se emociona.
Porque si hay algo que atraviesa toda su historia, además de la garra, es la red. La familia, los profesionales, los grupos de personas que pasaron por lo mismo. Gente que estuvo, que acompañó, que empujó cuando parecía imposible.
Y en medio de ese proceso, apareció el arte.
Siempre le había gustado, pero nunca había tenido tiempo. La vida, el trabajo, las responsabilidades. Todo lo postergaba. Hasta que la vida, de la forma más brutal, la obligó a frenar.
Y ahí, en ese nuevo escenario, el arte encontró su lugar.
Con la guía de Carolina Porras (@Artístika.Carolina), Alejandra empezó a pintar. Pero había un desafío más: tuvo que hacerlo con la mano izquierda. Ella es diestra, pero el lado derecho de su cuerpo fue el más afectado.
“Fue difícil aprender a pintar con la mano izquierda”, admite.
Difícil, pero no imposible.
Porque cada trazo, cada intento, cada error, formó parte de algo más grande: reconstruirse. Volver a habitar su propio cuerpo. Encontrar una nueva forma de expresarse cuando las palabras no salían.
Hoy, Alejandra sigue en recuperación. “Sin prisa ni pausa”, como ella misma define. Acompañada por terapias, por su entorno, por otros pacientes que transitan caminos similares. Y también por una convicción que se vuelve motor.
Sus sueños, lejos de achicarse, se agrandan.
“Correr una maratón. Hablar, leer y escribir cada vez mejor. Trabajar de nuevo”, enumera, convencida de que pronto serán realidad.
No hay resignación en sus palabras. Hay proyecto y futuro.
Su historia no es solo la de una enfermedad ni la de un diagnóstico. Es la de alguien que tuvo que empezar de cero. Literalmente. Que pasó de una vida a mil por hora a un cuerpo inmóvil. Del silencio impuesto a volver a decir “estoy muy bien”.
Y en ese recorrido hay algo que no se negocia: la voluntad.
Porque cuando todo falta, cuando el cuerpo no responde y cuando la vida se rompe, asegura ella, hay algo que decide quedarse. Algo que empuja, que insiste, que no se rinde.
En Alejandra, eso tiene nombre propio: garra.
Y también algo más silencioso, pero igual de poderoso: la decisión, todos los días, de volver a intentarlo.
