La lucha más difícil

Gays en San Juan: El desafío de ser distintos

Cinco integrantes de la comunidad homosexual en la provincia hablan por primera vez sobre cómo es su vida cotidiana. La familia, la primera dificultad. Historias de supervivencia a un ambiente que suele ser difícil.
sábado, 12 de noviembre de 2011 · 10:14

Por Ernestina Muñoz
Canal 13 San Juan

“Empezás a mariconear, jugar con muñecas y tu madre te manda al psicólogo porque estás desviado. Mi mamá me hacía re-cagar y me ataba a una silla. La familia es la primera base discriminadora, y por ende todo el mundo”. El estremecedor relato es de Zulema Paredes, una referente de la comunidad de trans (transexuales, travestis y travestidos). Zulema es trans y alterna su tiempo entre las tareas de prevención que realiza acercándonos en el Hospital Rawson y su peluquería, uno de los lugares donde las clientas la llaman Zulema y no Hugo, su nombre legal. Fernando Baggio es el líder de La Glorieta y asesor técnico de INADI. Soledad Pérez, con 22 años, es otra socia fundadora de La Glorieta. Estudia Psicología en la Universidad Católica de Cuyo. “No sabés, es hermoso”, dice con ironía a Tiempo de San Juan, como para empezar a contar cómo es para la comunidad LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y trans) vivir en San Juan y, encima, luchas por sus derechos.

Primer paso: salir y enfrentar a la familia

Cómo será de difícil aceptarse que a Baggio, que preside la organización y no tiene reservas para hablar hoy del tema, le tomó unos 30 años "salir del closet". "Tenía 4 ó 5 y si miraba dibujitos tenía más atracción por los masculinos. Pero esta sociedad es heteronormativa –tiende a reprimir la homosexualidad-. Estuve de novio con mujeres y después tuve una etapa de bisexualidad".

La Glorieta tiene poco más de un año de vida, se formó con las audiencias públicas por el matrimonio igualitario. “Marchamos 99 personas. En un momento me corrí para contarnos”. En esa oportunidad también se manifestó la asociación ACERCANDONOS, la organización más antigua en la provincia en la defensa de la comunidad. Pero aún así la experiencia de "salir" es igual o más difícil entre los mayores.

Zulema Paredes, Hugo según el Documento Nacional de Identidad, contó que a los 5 años ya jugaba a travestirse. “Los padres no entienden, te salió esto y te queman”, dijo con esa ironía que encubre años de dolor. “Mi papá era muy golpeador, yo hice que mi mamá se separara y me tuve que hacer cargo de la familia. Uno aprende a pedir ayuda, pero para los demás.
 
Siempre estás haciendo cosas. Me levanto a las 7 y termino con mi trabajo en la peluquería a las 20. Los viernes y sábados también los tengo ocupados con trabajo.  Los domingos son para mí,  salir a bailar es un placer. Cuando llegás a relajarte, ya no hay resto para la construcción de la identidad. Eso sí, yo estoy en pleno vuelo y es irreversible”, dice alegre.

Distinto es el caso de Soledad Pérez. Tiene 22 años y a los 15 se dio cuenta de que era lesbiana. “Mi familia es una de las pocas en la que está todo bien. Incluso mi tía, madrina de confirmación, es una de las abogadas de La Glorieta”.  Soledad dice que cuando se lo contó a su madre, ella ya lo sabía. “Mi vieja es única, le haría un altar”, dice. Sin embargo, ella también coincide que “la primera discriminación es en la casa donde le dicen al chico que está enfermo o que está haciendo algo malo”.

Paso 2: aprobar el paso por la escuela

La discriminación, la intolerancia y la falta de contención son tres aristas del mismo problema que enfrenta la comunidad LGBT. Luego de la familia, la escuela es otra de las instituciones más difícil para atravesar en la vida de una persona gay.

“En San Juan ocurren casos de chicos que no quieren ir a la escuela porque se cansan de que los molesten o golpeen y los docentes no hagan nada. Pero hay otros casos que lo pueden vivir con libertad”, contó Baggio.  No fue el caso de Soledad, que terminó la secundaria en un instituto, sin baile de egresados, ni la vuelta a la escuela con los guardapolvos rayados y los eternos pactos de volverse a encontrar con los compañeros. Postales de todo adolescente. “La psicóloga llamaba a todas mis compañeras para preguntarles si yo las había tocado. Terminé en el Cervantes –el instituto- por paz mental. Que a mí me griten torta, ¡bueh, chocolate por la noticia! Es un insulto muy tonto, pero la etiqueta para mis amigas es un bajón”, dijo Soledad. Ella quiere ser psicóloga. “Curso en la Universidad Católica. Soy católica, creo en la virgen, en Dios. Pero no creo que Dios quiera que seamos infelices si Él es amor”, reflexiona.

El paso de las trans por el sistema educativo es difícil y más aún terminarlo. “Estadísticamente, con 12 ó 13 años las trans quedan en situación de calle, porque el primer lugar donde se discrimina es en la propia familia. No terminan los estudios secundarios, entonces son empujadas a vivir como puedan. Generalmente buscan a otra trans que pasó por lo mismo”, resume Fernando Baggio desde su experiencia como asesor de INADI.

Trabajo y salud: dos derechos negados

“Acá tenemos muchos derechos con el matrimonio igualitario, ahora con la identidad de género, pero el acceso a la salud empezó a abrirse recién el año pasado a través de la ONU con el consultorio de la Diversidad Sexual”, cuenta Zulema Paredes sobre uno de los logros de la asociación para un consultorio específico para la atención de las problemáticas de su comunidad. “La trans no va al hospital para evitar la risa, el abuso. No me gusta la victimización, pero tenemos la característica de padecerlo por ser diferentes”, dice mientras se arregla el cabello y cruza sus largas piernas.

Para conseguir trabajo, la comunidad LGBT se ve obligada a camuflar su orientación sexual. Aunque no todos pueden. “Las trans no pueden ocultarlo. Entonces el recurso laboral viene de la calle. Caen en la prostitución por necesidad. En promedio viven entre 35 a 40 años. Muy poco conocen sobre su sexualidad o sobre cuidados”, cuenta Baggio.

En ese sentido, ACERCANDONOS pudo establecer un “mapa” de las enfermedades sexuales en la comunidad, resultado de la exclusión del sistema sanitario oficial. “A Barreal fuimos por un caso y pedimos que nos lleven a donde tienen sexo. No hay telos, así que nos llevaron a los yuyos. Un lugar divino, pero ningún preservativo en el suelo. En Albardón encontramos un consumo abusivo de sexo, dicho por la misma gente de ahí;  en Capital, antes de ir buscar a los chicos por la escuela hacen una pasada rápida por alguna zona hot; las casa de citas en Rodeo; la Terminal de la ciudad de San Juan; Caucete, que fue la reina de la sífilis; 9 de Julio, a donde íbamos todas con los que tenían casas allá. Donde hay un amor homosexual hay riesgo”, dice Zulema.

La necesidad de trabajo digno es una palabra reiterativa en el discurso de Zulema. “Una nota en LV5 –Radio Sarmiento- hizo ruido porque pedíamos trabajo en la administración pública.

Ojo, no queremos planes sociales, porque es para achatar cerebros”, dijo Zulema, crítica, a pesar de que su pasado está en la dirección de la Juventud de Chimbas y fue vicepresidenta de la Juventud a nivel provincial. Reconoce que la trans recurre a la prostitución como herramienta que genera recursos, pero degenera la autoestima. “La construcción de la identidad en la calle es mucha teta, mucho culo, mucho aceite –se lo inyectan en los pechos y nalgas para abultarlos- que es lo más barato. Hay que tener estómago. Tu novio, lo que no se atreve a hacer con vos, lo hace con la travesti”, dice con honestidad brutal. “Para colmo esta Presidenta –por Cristina- saca el rubro 59 y las devuelve a la calle. Queremos al menos hacerles entender a las trabajadoras sexuales que la prostitución sea una opción y no lo común”, explica Zulema sobre la tarea sanitaria que realizan.

Entre los miembros de La Glorieta, hay un caso de un docente de 40 años que perdió su cargo en una escuela a la que prácticamente construyó. “Le pusieron una denuncia por violador, cuando no había hecho nada, nunca lo pudieron probar. Y un amigo de él, que también era gay, también perdió el trabajo ¡justo a los dos gays!”, cuenta molesta Soledad. “Es el prejuicio de pensar que le gustan todos los hombres y no es así. No estamos enfermos. Si a mi no me contratan por ser torta, seguiré buscando”, dijo la futura psicóloga.

“El amor es el dolor de todos”
La frase es de Zulema, que tiene más experiencia. “En nuestra comunidad somos muy discriminadores y los niveles sociales están muy marcados. Hay mucho viboreo”, describe y es fácil entender por qué no hay parejas estables. “El proceso del noviecito, que de la secundaria va a tu casa, que tenés suegra y cuñadas, que podés caminar de la mano por la calle, yo no lo tuve”.

“No sé por qué queremos ser tan femeninas. Y es una pelea con el hombre de nacimiento, pero jamás me sacaría mi pene. Mis amantes, porque novio casi no tuve, decían ‘qué bueno tus pechos, penetrame’. Chau, se acabó la construcción de la identidad. Al pedo me depilo, me gasté tanta plata. A veces quisiera una caricia sin sexo”, dice Zulema.

Soledad está en pareja desde hace poco y reconoce que es difícil. “Hay quiénes dicen 'quién entiende a las mujeres'. Bueno yo también lo digo”, reconoce entre risas.  “Me gustaría tener hijos, es lo bueno de ser lesbiana, puedo planificarlo. Hay inseminación, banco de esperma, gente que se presta. Lo malo es que no nace de una noche de amor, no está ese romanticismo”, se resigna.

Los “mataputos”

“Hoy está más hablado y es top tener un amigo gay. Lo que odio son los gays que llegaron a ser tops, grandes personalidades. Son mataputos. Un peluquero vivía con lo que le dábamos, era cuando la municipalidad de la Capital aún estaba en construcción. Por ahí lo veíamos. Hoy es top y jamás contrató a una trans”, reprocha Zulema.

En la calle la agresión es superior y hasta en formas primitivamente sorprendentes. “A mí me tiraron piedras. Estaba con una ex y con amigos en la plaza de mi barrio, en el UDAP 3. Ellos fueron a comprar una Coca. Y de repente vi por el costado del ojo que se empezaron a juntar chicos y que caían cascotes de barro, y después piedras”, contó Soledad, que ahora se ríe de esa situación.  “Hay dos escuelas cerca de mi casa desde las que me tiraban con tizas. Me han echado de heladerías, de boliches. Hasta me mandaron una asistenta social a mi casa por una denuncia de haber besado a la que era mi novia. Mi vieja se sacó y les dijo de todo”, relató Soledad.

Hoy lo cuentan con risa, con ironía, con sarcasmo. Emociones y sentimientos que encubren las cicatrices del dolor. Pero también con orgullo, con experiencia, con aprendizajes. Lo que fue una peregrinación y un calvario, hoy es una marcha del orgullo, sin vuelta atrás.


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