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Historia de superación

Vivir después de un trastorno alimenticio, el infierno y el milagro de una sanjuanina

Rocío Mereles es una joven que sufrió bulimia y anorexia y su situación fue tan crítica que estuvo al borde de la muerte. Sin embargo, con el amor de los suyos, logró vencer sus demonios y pudo sanar. Hoy, cuenta su experiencia para que otras chicas no pasen por el mismo calvario.

Por Luz Ochoa 5 de junio de 2022 - 12:48

Pasaron 8 años de la pesadilla que durante un buen tiempo le consumió la vida e hizo que su salud estuviera tan comprometida, al punto que se encontró al borde de la muerte. Sin embargo, sobrevivió al trastorno alimenticio que padeció y hoy, con la meta de crear conciencia en los más jóvenes, cuenta su experiencia para que su historia no se repita.

Rocío Mereles tiene 24 años, es de Angaco y trabaja como preceptora en dos colegios. Acaba de celebrar su cumpleaños junto a su familia y amigos, algo que paradójicamente hace un tiempo atrás ni lo hubiera imaginado. Es que la protagonista estuvo sumida en una depresión por culpa de la bulimia yanorexia, que la llevó a querer dormir y no despertar jamás.

El principio del mal

A fines de 2014 y principio de 2015, cuando la protagonista atravesaba plena adolescencia se despertó en ella una sensación que todavía no se explica cómo surgió. "Me empecé a sentir gorda. No me gustaba cómo me veía en el espejo", dice.

Hacía poco había celebrado su fiesta de 15 y su figura física se volvió de expreso interés. "Comencé a medirme la cintura y a restringirme con las comidas", relata quien hasta ese momento tenía conductas que no encendían las alarmas, puesto que resultaba "normal" -para esas épocas- que una jovencita estuviera pendiente de su imagen.

Sin embargo, lo que inició como una acción típica -con el paso del tiempo- se transformó en un comportamiento autodestructivo. Las restricciones al momento de comer se volvieron severas, tanto así que llegaba a comer solamente una fruta en todo el día. Fue así que comenzó a darse atracones y a comer a las escondidas.

El infierno en su cabeza

En cuestión de meses, su vida se había vuelto un descontrol. Cada vez que terminaba de comer, se encerraba en el baño y fingía que se duchaba para evitar que la oyeran cuando vomitaba. Al poco tiempo, directamente dejó de comer y se las ingeniaba para que su familia no se diera cuenta de ello.

No obstante, su madre notó lo que sucedía y, junto al padre, buscó ayuda profesional. "Me internaron en una clínica, pero eso no me hizo bien. Al menos a mí no me sirvió la terapia grupal, porque lo que escuchaba que hacían otras chicas yo después lo imitaba", admite.

La joven tocó fondo, cuando quedó postrada en una cama. Aún así, su cabeza no le permitía ver más allá de una imagen totalmente distorsionada de sí misma.

"Estando acostada, recuerdo que le decía al médico que me atendía que sentía que no entraba en la cama, que mi cuerpo sobresalía", señala. "Estando acostada, recuerdo que le decía al médico que me atendía que sentía que no entraba en la cama, que mi cuerpo sobresalía", señala.

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Una de las pocas fotos de aquellos tormentosos tiempos. Rocío asegura no reconocerse en una mirada apagada

Una de las pocas fotos de aquellos tormentosos tiempos. Rocío asegura no reconocerse en una mirada apagada

Lamentablemente, su estómago no sólo se había cerrado para los alimentos sino también para los líquidos. "Dejé de hasta tomar agua, por lo que varias veces estuve deshidratada. Por todo eso me colocaron sondas y sueros, durante las internaciones", recuerda.

Su realidad la pasó por encima y el sufrimiento la consumió. Fue por ello que la joven que tenía y tiene una fuerte fe en Dios llegó a rezar y a pedir no continuar en esta vida.

"Rezaba para que al otro día no me despertara", confiesa. "Rezaba para que al otro día no me despertara", confiesa.

Herramientas peligrosas

Así como las experiencias de chicas en su misma situación fueron un arma de doble filo para ella, también lo fue internet. Como en aquellos tiempos, los celulares eran menos tecnológicos que ahora, la herramienta que encontró fue su computadora. Allí, halló la información más perjudicial dado que aprendió las técnicas para hacerse daño.

"Es tremendo lo que podés encontrar. Hay páginas que te explican cómo hacer para eliminar los alimentos y te dan consejos que no son saludables en lo más mínimo", detalla la muchacha que pretende alertar a los padres sobre estas cuestiones.

Los comentarios y las recaídas

Su extrema delgadez no pasó desapercibida por la gente que la rodeaba y por ello, cada vez que encaminaba su salud con el tratamiento que realizaba para recomponerse, alguien le comentaba lo "linda" que estaba y lo "gordita" que se veía. Esto desataba lo peor en ella.

"Yo sé que me lo decían con buenas intenciones, pero a mí me generaba una bronca total conmigo misma y recaía peor que la vez anterior", asegura y agrega: "En el proceso pasé por muchas recaídas. Tuve que luchar mucho con mis demonios".

Quizás por estas cosas, los expertos en el tema y las nuevas tendencias de 'Body Positive' -Aceptación del Cuerpo- recomiendan no hablar del cuerpo de otros y evitar hacer referencias tanto negativas como positivas, ya que no sabemos -y esta cronista se incluye- en el efecto que ese comentario puede generar en el otro.

La búsqueda desesperada de su familia

Si bien al principio, los conocidos de los padres de la joven le manifestaban que el no querer comer se trataba de una "maña" de su hija, los progenitores hicieron caso omiso a las apreciaciones ajenas y buscaron ayuda profesional. Lo primero fue la clínica a la que su hija asistía todos los días de 8 a 17, donde comía bajo control.

Pese a la asistencia de expertos, el proceso no funcionó para ella y por tanto buscaron otras opiniones en Mendoza. En la provincia vecina, tampoco lograron dar en la tecla y fue finalmente con una psicóloga y una nutricionista de San Juan que encontraron el camino.

"Mis papás me llevaron a bastantes lugares, lo intentaron siempre y si no fuera por ellos, hoy no estaría acá", reconoce la protagonista que destacó la labor de su nutricionista Gabriela Montivero, su psicóloga Valeria López y su pediatra Emanuel Fernández. "Armaron un equipo que me salvó la vida, ellos me sacaron adelante", sostiene.

Volver a nacer

Si hubo algo que a Rocío no le faltó fue amor, de su familia y de sus amigos. Aunque le costaba apreciarlo, siempre estuvo allí. Por ejemplo, cuando cumplió 16 años y estaba internada en una clínica. Sus compañeros y profesores de la escuela la visitaron de sorpresa, le llenaron de globos la habitación y la decoraron con carteles y mensajes de amor.

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Tas la recuperación. La sonrisa y la mirada brillante de Rocío son el reflejo de su presente

Tas la recuperación. La sonrisa y la mirada brillante de Rocío son el reflejo de su presente

Grabaron un video emotivo en el que le expresaron sus ganas de verla mejorar y se lo regalaron. "Estoy convencida que el amor sana y yo recibí mucho de su parte", añade.

Más allá del apoyo, su lado religioso también tuvo su parte en su recuperación. "Cuando me sentía mal, me iba de mi casa y me refugiaba en la parroquia. Dejé de rezar para morir y empecé a dar gracias por vivir un día más", manifiesta.

El click

Aunque otras veces había intentarlo salir adelante y había sucumbido en la tentación, lo único que la sacó de la oscuridad fue la luz que encontró en su hermana 10 años menor.

"Ella fue la razón por la que decidí cambiar. Le estaba dando un mal ejemplo y temí que terminara igual que yo", confiesa. "Ella fue la razón por la que decidí cambiar. Le estaba dando un mal ejemplo y temí que terminara igual que yo", confiesa.

"Con sus besos, sus abrazos me calmaba cuando sacaba lo peor de mí. Sufría muchos cambios de humor y trataba mal a todo el mundo. Me di cuenta que le estaba haciendo mal a todos, no sólo a mí porque el nivel de manipulación que tenía era muy grande; hoy me avergüenzo de haber hecho eso, pero no lo podía controlar", dice.

Sin querer que su hermanita se convierta en lo que ella se había transformado, decretó su superación. "Empecé a tratar de hacer las cosas bien y aunque costó, y cuesta hasta hoy, hoy estoy mejor", expresa.

Una lucha de todos los días

Como ella misma lo relata, el proceso de recuperación no fue sencillo. Incluso un psiquiatra le aseguró a su mamá que no saldría más de esa depresión. Tuvo recaídas, pero también tuvo la decisión de mejorar, costara lo que costara.

"Hasta hoy tengo pensamientos que no son buenos, es una lucha de todos los días porque te seguís mirando al espejo. Pero ahora tengo formas para hacer callar esas voces y de ver lo positivo", reconoce.

Todavía sigue con medicación, ya que el tratamiento es a largo plazo. No obstante, después de tantos años de combatir asegura estar plena y con muchas ganas de vivir y de que otras personas no pasen por lo mismo.

"Ojalá mi testimonio sirva de algo y, si alguien la está pasando mal, que busque ayuda, que no se quede solo con el problema, siempre hay gente dispuesta a ayudar y que sepa que los más importante es que se puede salir", cierra.

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