El "viaje de la muerte" en El Tambolar, contado por sus protagonistas: a 40 años de la tragedia que marcó un antes y después en San Juan
La tragedia ocurrió el 23 de enero de 1986, marcó a generaciones de sanjuaninos y dejó historias que aún hoy siguen presente en las montañas. Tiempo de San Juan recorrió zonas cercanas adonde se produjo el accidente en el que murieron 17 personas. A cuatro décadas, los recuerdos de tres sobrevivientes y un rescatista que permiten reconstruir lo ocurrido aquella noche imborrable. Por Walter Vilca y David Cortez Vega. Fotos y video: Gabriel Iturrieta.
A cuatro décadas del accidente que sacudió a San Juan y dejó una marca imborrable en la memoria colectiva, la tragedia de El Tambolar vuelve a contarse desde el testimonio de sus protagonistas. Tiempo de San Juan recorrió zonas cercanas donde ocurrió el accidente el 23 de enero de 1986 junto a Rodolfo Arce, sobreviviente e integrante de la Banda de Música del Regimiento de Infantería de Montaña (RIM) 22, y Raúl Díaz, guía de montaña que participó del rescate. Ambos aportaron sus testimonios, que se suman a los de los soldados tambores Juan Carlos Virhuez y Néstor Rocha, quienes lograron salir con vida. Las huellas de una noche que dejó en shock a toda una provincia.
Hace cuatro décadas, el colectivo de la empresa T.A.C. regresaba de Villa Nueva -Calingasta- por la entonces Ruta Provincial 12, el único camino habilitado en ese momento. Transportaba a músicos del RIM 22, civiles, niños y adolescentes que habían participado de los festejos por el aniversario departamental. Lo que parecía un viaje más, terminó convertido en una tragedia sin precedentes, con 17 muertos y 25 heridos, tras una falla mecánica que dejó al vehículo sin frenos y lo precipitó al vacío en una curva cerrada de El Tambolar. Fue el siniestro vial con más fallecidos en la provincia.
Rodolfo Arce tenía 18 años cuando ocurrió el accidente. “Yo ya conocía ese camino, habíamos hecho varios servicios antes. Para mí era un viaje más. Nunca pensé que algo así iba a pasar”, recordó. El impacto se produjo en plena noche, en una zona sin comunicación, lo que convirtió la emergencia en una carrera contra el tiempo. Todo lo demás fue historia, y por este motivo, el sargento que tocaba el clarinete define al accidente como “el viaje de la muerte”.
Antes de la caída, el viaje ya había tenido algunos contratiempos. Según recordó Néstor Rocha, soldado tambor y sobreviviente, el colectivo partió con retraso, lo que generó cierto malestar en el capitán Hugo Emilio Emi, muy estricto con los horarios. A eso se sumó una detención en el camino por la pinchadura de una rueda, un detalle que quedó grabado en su memoria. El último tornillo, recordó, se cortó cuando el chofer lo ajustaba, aunque finalmente pudieron continuar el viaje.
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Foto de la Banda de Música del RIM 22 tomada durante la década de los '80.
Rocha también remarcó que, durante la estadía en Villa Nueva, el clima fue normal. Compartieron un asado junto al chofer y al resto de la banda, un dato que consideró importante ante las versiones que circularon después. Según explicó, nadie consumió alcohol antes de emprender el regreso a la ciudad.
La caída y la decisión de pedir ayuda
Con el paso de los años, Arce fue reconstruyendo mentalmente lo ocurrido y llegó a la conclusión de que el colectivo sufrió una falla mecánica. Según explicó, el chofer conocía muy bien la ruta y la transitaba con frecuencia. El desperfecto se produjo en una curva cerrada, a la altura del kilómetro 74, cuando el vehículo se quedó sin frenos y salió de la calzada.
Tras el impacto, el escenario fue de absoluta confusión. Heridos dentro y fuera del colectivo, gritos y el silencio del cerro y la oscuridad, que dificultaba cualquier intento de auxilio. En ese contexto, Arce, pese a estar lesionado, recibió una indicación clara de otros sobrevivientes: si tenía fuerzas, debía intentar subir hasta la ruta para pedir ayuda.
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La tragedia fue el tema central de los medios locales. Foto: archivo Diario de Cuyo.
“Me dijeron que, si tenía un poco de fuerza, tratara de subir, porque era la mejor ayuda”, recordó. Junto a otros cinco hombres inició el ascenso por el cerro, en una pendiente exigente, con el cuerpo golpeado y el cansancio al límite. Contó que estuvo a punto de no llegar, que le faltaban apenas unos metros para alcanzar el asfalto cuando las fuerzas empezaron a ceder. Sin embargo, ese esfuerzo fue clave para activar el operativo de rescate.
Otro integrante de la banda que logró salir fue Juan Carlos Virhuez, soldado tambor. Recordó el momento en que el colectivo arrancó el guardarraíl y cayó al vacío, y luego un largo vacío en su memoria. Permaneció inconsciente por varios minutos, aunque su cuerpo pudo más por sobre el shock sufrido. “Cuando vi el asfalto y grité que había llegado, sentí que volvía a nacer”, expresó, sin olvidarse de los diálogos con el correntino Pablo Sotelo, el “chamigo”.
En el caso de Néstor Rocha, el recuerdo es distinto y minucioso. Viajaba sentado detrás del capitán Emi y junto al principal Ángel Pascual Bazanelli, quien minutos antes del descenso le pidió cambiar de asiento para conversar con otro músico. Rocha aceptó y se trasladó, un movimiento que, con el tiempo, entendería como decisivo. Al comenzar la bajada, despertó sobresaltado y alcanzó a ver al chofer intentando frenar con la palanca de cambios, mientras el colectivo avanzaba a gran velocidad entre curvas y contracurvas.
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Los restos del colectivo, en medio de la quebrada. Foto: archivo Diario de Cuyo.
El impacto fue inmediato. Rocha adoptó una posición instintiva para protegerse y, tras el golpe, quedó atrapado dentro del vehículo, suspendido boca abajo, sostenido por los pies, con el cuerpo colgando en el vacío. Logró liberarse gracias a la ayuda de un compañero que, guiado solo por la voz, le quitó los zapatos para que pudiera soltarse. Ya en el exterior, comenzó a asistir a otros heridos y alcanzó a sacar a un niño que se encontraba inmóvil y en estado grave.
Con fósforos que llevaba consigo -que le sacó a algún fumador del grupo-, Rocha prendió fuego una camisa sobre una piedra para intentar señalar la ubicación del accidente. Junto a otros sobrevivientes, entre ellos Arce, Virhuez y Sotelo, comenzó el ascenso hacia la ruta. Durante la subida, ayudó a Arce desde atrás, empujándolo suavemente debido a las lesiones que tenía. Finalmente lograron llegar al asfalto y dar aviso, lo que permitió poner en marcha el rescate.
Una noche de rescate en condiciones extremas
La asistencia comenzó en la madrugada. Ambulancias de los hospitales Rawson y Calingasta, Bomberos, personal policial, Gendarmería, efectivos del Ejército, integrantes del Club Andino Mercedario y voluntarios auxiliaron a los heridos.
Entre quienes asistieron a la zona montañosa estaba Raúl Díaz, quien a la 1 de la madrugada escuchó por radio sobre un grave accidente. Tras el aviso, se dirigió al Hospital Rawson con un pequeño botiquín. Allí comenzó a colaborar preparando gasas y, tras contactarse con integrantes del Club Andino Mercedario, se sumó al grupo que partió hacia El Tambolar. Llegaron de noche y fueron por el mismo sendero que habían utilizado los sobrevivientes para pedir ayuda, iluminándose con una bengala, en un terreno que describió como extremadamente peligroso. “Sabíamos que había gente que necesitaba ayuda y que había que estar”, resumió.
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Los rescatistas, en acción. Foto: archivo Diario de Cuyo.
Al llegar a la quebrada, la magnitud del desastre obligó a Díaz y a sus colegas a detenerse en silencio. Todavía lo tiene grabado. Desde lo alto se alcanzaban a ver pertenencias desparramadas, la distancia de la caída y a los heridos en medio de la oscuridad. Ya en el lugar, Díaz se puso a disposición del médico del Ejército y colaboró en la atención primaria, la hidratación y el acompañamiento de los heridos, mientras otros rescatistas organizaban las cuerdas para la evacuación.
Durante horas, los rescatistas bajaron y subieron por el cerro cargando a los heridos. Las ambulancias debieron hacer múltiples viajes hasta el Hospital Rawson, quien contó con varios profesionales para atender a los sobrevivientes. El trabajo se extendió hasta bien entrada la mañana. Durante horas, los rescatistas bajaron y subieron por el cerro cargando a los heridos. Las ambulancias debieron hacer múltiples viajes hasta el Hospital Rawson, quien contó con varios profesionales para atender a los sobrevivientes. El trabajo se extendió hasta bien entrada la mañana.
Tras alcanzar la ruta, Rocha y Virhuez continuaron caminando por la zona de El Tambolar hasta llegar a la isla, exhaustos y deshidratados. Allí aguardaron hasta que finalmente apareció una ambulancia que los trasladó al Hospital Rawson. Rocha recordó que llegó sin camisa y descalzo, y que fue atendido de inmediato, aunque permaneció internado solo por control, ya que no presentaba heridas de gravedad.
Los días posteriores de los sobrevivientes, entre el silencio y la memoria
Las jornadas posteriores al accidente fueron, para muchos sobrevivientes, más difíciles que la propia noche de la tragedia. La información llegó de manera fragmentada y desordenada. Algunos se enteraron de las muertes por comentarios en los pasillos del hospital; otros, al leer los diarios. Las listas oficiales tardaron en confirmarse y la incertidumbre se extendió durante horas.
Juan Carlos Virhuez recordó que uno de los momentos más duros fue reconocer que varios de los compañeros con los que había compartido el viaje no habían sobrevivido. Explicó que la Banda de Música funcionaba como una familia y que la pérdida de tantos integrantes en una misma noche dejó una marca profunda. “Lo más duro fue enterarnos quiénes habían fallecido”, señaló.
Con el correr de las horas también comenzaron a circular versiones que, según los sobrevivientes, no se ajustaban a la realidad. Virhuez fue uno de los que desmintió públicamente que el chofer hubiera estado alcoholizado. Aseguró que había almorzado con él y que no consumió alcohol antes de partir. “Yo almorcé frente a él, no tomó alcohol y después descansó”, sostuvo.
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El caso conmocionó a la provincia. Todavía está el recuerdo de la cantidad de personas que asistieron a donar sangre. Foto: archivo Diario de Cuyo.
Rocha coincidió en ese punto y agregó que tampoco eran ciertas las versiones que hablaban de mujeres viajando en el colectivo. Señaló que el único civil adulto, además de los músicos y los niños, era el maestro Hipólito Espín, quien había pedido viajar con la banda. También destacó que el personal de salud levantó un paro para atender a los heridos, un gesto que quedó profundamente grabado entre los sobrevivientes.
La respuesta solidaria fue inmediata y masiva. En el Hospital Rawson se formaron largas filas de personas que se acercaron a donar sangre. La convocatoria fue tan grande que, según recordaron los protagonistas, desde el propio hospital debieron pedir que no asistieran más voluntarios. El personal médico trabajó durante horas sin descanso y se dispusieron recursos extraordinarios para atender a los heridos.
Sin embargo, con el paso de los días, varios sobrevivientes sintieron que el acompañamiento disminuía. El alta médica marcó el inicio de una etapa distinta, atravesada por el dolor físico y las secuelas emocionales. Virhuez recordó que, una vez fuera del hospital, la contención fue escasa. “Cuando nos dieron el alta, nos sentimos solos. Eso también dolió”, expresó.
Los rescatistas también sufrieron del shock emocional durante varias semanas. Díaz indicó que, más allá de las lesiones físicas, la contención psicológica fue una de las tareas más difíciles del operativo, marcada por pedidos que aún hoy recuerda. “Había personas que solo pedían que avisáramos a sus madres que estaban bien”, contó.
La tragedia, 40 años después
En el caso de Díaz, el especialista en montaña, atravesó un período de silencio y repliegue personal. Contó que el impacto de lo vivido lo llevó a aislarse durante un tiempo, acompañado por su familia, y a encontrar en la montaña una forma de procesar la experiencia. Con el paso de los años, entendió que El Tambolar marcó un punto de inflexión también en la preparación para el rescate en San Juan, al fortalecer la formación, la capacitación y la conciencia sobre la prevención.
“Yo sigo estando en ese primer día. Quizá no me hace falta olvidar, sino sanar algunas heridas que quedaron”, dijo Díaz. “Yo sigo estando en ese primer día. Quizá no me hace falta olvidar, sino sanar algunas heridas que quedaron”, dijo Díaz.
Para Arce, el impacto de la tragedia lo atravesó durante años. Explicó que convivió con recuerdos recurrentes y con la necesidad de dar su versión de los hechos. El paso del tiempo no borró lo vivido, pero permitió reconstruirlo y ponerlo en palabras. “Lo que nos pasó no se olvida. Va a faltar vida para olvidarlo”, resumió.
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Exintegrantes de la Banda de Música del RIM 22, entre ellos varios sobrevivientes. Todavía continúan las reuniones y aprenden a sanar las heridas de la tragedia.
Los nombres que quedaron en la historia
Las primeras informaciones indicaron que fueron 16 las víctimas fatales. Entre ellas se encontraban los integrantes de la Banda de Música del RIM 22 Hugo Emilio Emi, Ángel Pascual Bazanelli, Osvaldo Moreno, Carlos Vitaliano Nievas, Mario Roque Cabeza, Nicolás Washington Navarro, Oscar Silvio Gómez, Héctor Ricardo Durán, Oscar Tarifa, José del Carmen Arce, Jorge Eduardo Rodríguez, Jorge Guillermo Agüero, José Segundo Villalobos y Sergio Méndez. También perdieron la vida Rodolfo Vera, de 12 años, e Hipólito Espín, maestro de la Escuela Albergue Álvarez Condarco, de Villa Nueva.
Además, se registraron inicialmente 26 heridos. Días después, y según fue ratificado por protagonistas a Tiempo de San Juan, falleció el chofer del colectivo, identificado como Mario Romero, como consecuencia de las heridas sufridas. De esta manera, el número final de víctimas fatales ascendió a 17 y el de heridos se redujo a 25.
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En fotos, las caras de 14 de los 17 fallecidos por el fatal accidente. Foto: archivo Diario de Cuyo.