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Historias

El guía de los Alpes que quedó impactado por la inmensidad sanjuanina: "Aquí te tratan mejor que en muchos países de Latinoamérica"

Acostumbrado a cruzar los Alpes y a guiar travesías por seis países europeos, el italiano Dávide Marcolín asegura que la inmensidad del oeste argentino le generó algo distinto: una mezcla de pequeñez, asombro y pertenencia que todavía no logra explicar del todo.

Por Cecilia Corradetti

Mientras en Europa guía travesías de 4.000 kilómetros en moto a través de los Alpes, cruzando seis países y casi 30 cumbres, el italiano Dávide Marcolín asegura que una de las experiencias más intensas de su vida no ocurrió ni en Suiza ni en Austria. Tampoco en Francia. Fue en el oeste argentino, entre la montaña y el desierto.

“En la Pampa del Leoncito sentí algo muy fuerte. Estás a casi 2.500 metros y ves esa inmensidad blanca y seca, y de pronto aparece el Aconcagua explotando en el cielo. Es una sensación que te atraviesa”, describe, en diálogo con Tiempo de San Juan.

Davide Marcolin en Valle Fertil

Marcolín nació en Verona, una ciudad histórica del norte italiano. Trabajó durante años en cooperación internacional y vivió seis años en la Argentina, donde forjó amistades profundas. Hoy, ya instalado nuevamente en Europa, lidera grupos reducidos de viajeros en moto por los Alpes. Pero cada tanto vuelve al país que considera su segundo hogar.

En esta oportunidad decidió recorrer San Juan y parte de La Rioja en moto. No buscaba circuitos clásicos ni destinos de postal. Quería inmensidad, silencio.

Y encontró todo eso: el impacto de ver el Aconcagua desde otro ángulo, carrovelismo y motos en el desierto, pueblos pequeños con espíritu grande y una hospitalidad que lo dejó sorprendido.

Davide Marcolin y su mujer Federica

“Saliendo de Uspallata, en Mendoza, rumbo a la provincia de San Juan, el paisaje comienza a abrirse hasta volverse casi infinito. Desde ese trayecto, en dirección a la Pampa del Leoncito, el perfil del Cerro Aconcagua aparece desde una perspectiva diferente a la habitual”, explica.

“No es la típica foto turística. Es verlo desde lejos, desde la inmensidad. Estás alto, ya en altura, y de pronto esa mole de casi siete mil metros se recorta en el cielo. Te hace sentir pequeño, pero no insignificante. Pequeño y agradecido”, cuenta.

Acostumbrado a los pasos alpinos europeos —con sus rutas impecables, su señalización perfecta y su infraestructura preparada al detalle—, lo que lo impactó fue otra cosa: la escala.

“En Europa todo es más contenido. Las montañas son altísimas, pero el paisaje está intervenido. Acá hay vacío, silencio, distancia real. Hay una sensación de territorio indomable que emociona”, asegura.

Davide Marcolin en paisaje sanjuanino

En El Leoncito descubrió un paisaje que parece de otro planeta: el lago seco donde se practica carrovelismo, ese deporte en el que pequeños vehículos a vela se deslizan impulsados por el viento.

“Es divertidísimo. Es libertad pura”, dice.

Allí también rodó en moto sobre la superficie seca, en un entorno donde el horizonte no encuentra límites. “La sensación es que podés ir en línea recta hacia el infinito”, dice Dávide. Para un motociclista, ese tipo de geografía tiene un valor especial. No es solo el camino: es la experiencia sensorial completa. El viento, el sonido del motor mezclado con el silencio del entorno, la altura que se siente en el cuerpo

Pero si algo lo sorprendió profundamente no fue solo el paisaje.

En localidades como Calingasta y Tamberías encontró una postal distinta a la que muchos imaginan cuando piensan en pueblos pequeños del interior.

“No solo son lindos y prolijos. Tienen espacios públicos increíbles. Lugares con sombra, pasto bien cuidado, mesas, bancos, parrillas para hacer asado, incluso baños públicos en perfecto estado. Eso habla de una comunidad organizada y orgullosa”, destaca.

En su mirada de europeo acostumbrado a políticas públicas estrictas y estructuras turísticas consolidadas, encontrar ese nivel de cuidado en pueblos pequeños del oeste argentino lo descolocó.

“Eso no es casual, por eso siempre digo que eso es cultura”, concluye.

En Pismanta, con sus aguas termales, y en Jáchal, el impacto fue distinto: más humano que geográfico. “No hay contraste entre el paisaje y la gente. Es integración. El paisaje te da paz y la gente te transmite esa misma paz”, agrega, mientras habla de serenidad, de una forma de recibir al visitante que no siente artificial ni forzada. “Te atienden como si fueras parte de la casa. Y eso, para un viajero, cambia todo”.

Marcolín ha recorrido Bolivia, Ecuador, Perú, Brasil y buena parte de Europa. Por eso su comparación tiene peso.

“En otros lugares de Latinoamérica la atención puede ser más informal o más distante. Acá encontré una hospitalidad extremadamente desarrollada. Es algo que debería valorarse mucho más”, insiste.

Una ruta que todo motociclista debería hacer

Uno de los puntos que más lo marcó fue la imponente Cuesta del Huaco. El túnel excavado en la roca, el valle profundo que se abre abajo, la posibilidad de acampar junto al río.

“Es una de esas rutas que te obligan a bajar la velocidad no por prudencia, sino por contemplación. Querés mirar todo. No pude quedarme a dormir esta vez porque el viaje ya estaba planificado, pero lo tengo pendiente”, explica Dávide, que viajó con su mujer y compañera de ruta, Federica.

“La próxima me quedo con carpa, seguro. Hay lugares que no son para pasar. Son para habitar aunque sea una noche”, anticipa.

Hoy, desde Verona, organiza travesías de 4.000 kilómetros por los Alpes. Cruza seis países, casi 30 pasos de montaña, y acompaña grupos pequeños de motociclistas que buscan aventura y conexión.

Pero cuando habla de San Juan, la emoción cambia de tono.

“En Europa todo está optimizado. Acá todavía hay sorpresa. Hay margen para perderse. Y eso es un lujo”.

Su experiencia en cooperación internacional —trabajó con comunidades originarias en distintos países sudamericanos— le dio una mirada distinta del viaje.

“Viajar no es solo acumular paisajes. Es entender lo que estás pisando, quién vive ahí, qué historia guarda ese lugar”, advierte.

En San Juan encontró autenticidad. “No es un destino armado para el turista masivo. Es un destino que existe por sí mismo”

Dávide no es influencer ni funcionario de turismo y tampoco responde a campañas oficiales. Es un viajero profesional que vive de diseñar experiencias. Y desde ese lugar, su mirada funciona como una validación internacional espontánea.

“Mucha gente cruza el mundo buscando paisajes extremos. En el oeste argentino los tienen. Y además tienen algo más difícil de encontrar: comunidad”, asegura.

Habla de identidad, de pertenencia, de memoria afectiva. Palabras que no suelen aparecer en guías de viaje. Para alguien que ha visto glaciares alpinos, pasos suizos y rutas austríacas impecables, que la inmensidad sanjuanina lo haya dejado sin palabras no es un detalle menor.

“Hay lugares que se visitan y hay lugares que te transforman un poco. Esta experiencia en San Juan me permite asegurar que es de esos”, concluye.

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