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Columna de opinión

El falso rengo, la indignación social y el chivo expiatorio perfecto

Lo pescaron mintiendo y le saltaron a la yugular ¿los que no mienten? Ni la causa por violencia de género que lo metió en el Penal generó este escrache masivo. Cómo la sociedad elige a sus enemigos.

Por Natalia Caballero

Gonzalo Ferreyra, ahora conocido en el país como el falso rengo, se hizo viral. No por la causa de violencia de género que lo mandó al Penal a cumplir condena sino por simular una discapacidad para pedir limosna en una esquina de Libertador y Roger Balet. Fue filmado y el registro corrió como reguero de pólvora. Por mentir. Por la estafa moral. Ferreyra se convirtió en el chivo expiatorio de una sociedad indignada, rápida de reflejos para encontrar culpables y señalar al que miente por unas monedas, pero lenta y hasta benévola para marcar con la letra escarlata a los que mienten desde el privilegio. Un repaso por los otros falsos rengos, para los que hay ceguera.

Fue una persona que esperaba en el semáforo de la Libertador quien con su celular filmó la renguera trucha de Ferreyra. Después del escrache que lo popularizó en todo el país, el hombre de 34 años se cambió de esquina. Fue a parar a Córdoba y Paula Albarracín de Sarmiento, pero fue denunciado. Tuvo un picante ida y vuelta con la Policía y fue detenido por un par de horas.

Ahora se supo que el falso rengo será juzgado por cometer una contravención, tipificada en el Código de Faltas. Es el artículo 156 y es por explotación a la credulidad pública. Tiene 7 incisos. Si nos detenemos a leerlos, perdonen la brutalidad de la expresión, no queda títere con cabeza. El más demoledor de los incisos es el último y dice que podrá ser juzgado "el que por cualquier otro medio, argucia, dolo o fraude induce a engaño explotando la credulidad pública". Letra muerta. Claramente. Solo el falso rengo pagará por este pecado.

Si de falsos rengos hablamos podemos hacer una larga enumeración. Empecemos por el ala empresaria. Por los que evaden impuestos, por los que hacen falsas promesas a sus plantas de trabajadores. Por los que mienten descaradamente ofreciendo un servicio, pero brindan otro. Por los que cobran el 10% de recargo cuando terminaste de comer en un restaurante. Por los que inflan presupuestos al Estado. Por los que amparados en sus bunkers estudian cómo no repartir nada de lo que ganan. Pero para estos falsos rengos, las vendidas de humo se amparan en disciplinas que se estudian hasta en las universidades. Disfrazan con el marketing sus mentiras; algunas de ellas podrían ser juzgadas perfectamente por el inciso 7 del artículo 156 del Código de Faltas.

Los dirigentes que hacen de la política su modo de vida no están exentos. Falsos rengos hay por todos lados. Los que saltan con garrocha de partido en partido de acuerdo a su conveniencia. Los que prometen terminar con todos los males que angustian al país. Los que arman mesas del hambre destinadas al fracaso desde el día uno. Los que destruyen al rival con operetas. Los que subvencionan y financian trolls. Los “Borocotó” discursivos. Los que amparados en la construcción de la estrategia política optan por la comercialización de las ideas. Los falsos rengos de la política gozan del beneficio de la resignación y del olvido.

Decime vos que no te encontraste un falso rengo en la justicia. Vestido de traje. Pero falsos rengos al fin. No es difícil esta enumeración. Falsos rengos que no se ponen colorados al afirmar que la justicia es independiente, falsos rengos que permiten que las causas de los amigos salgan antes, falsos rengos que juzgan con varas distintas a los poderosos, falsos rengos que cajonean expedientes porque no laburan doble turno, falsos rengos que hacen sociales en los cafés de Tribunales antes que abocarse a las causas, falsos rengos que se manejan con desidia ante el último recurso de la gente. Esta especie podría ser juzgada por el inciso seis. Lo dice sin dificultad de análisis el artículo 156. “El que induce a engaño explotando la credulidad pública, invocando la representación de instituciones públicas, de bien público o privada, sin tenerla”.

En los medios de comunicación también abundan los falsos rengos. De objetividades no hablemos. Eso quedó enterrado por los paradigmas comunicacionales. No existe. Pero lo que sí existe es subirse al tren de la operación continua. Hay quienes le ponen la firma.

Y ahora viene la ciudadanía. Las acciones de los falsos rengos tienen denominaciones distintas de acuerdo a la clase social. Si son cometidas desde el privilegio, las acciones de los falsos rengos son símbolo de viveza criolla o asociadas a un error prácticamente involuntario, vacío de responsabilidad. Pero si las acciones de los falsos rengos tienen altas llantas y visera, son símbolo de delincuencia o fuente de indignación pública. Acá un paralelismo. Gonzalo Ferreyra, el falso rengo ex convicto que pedía limosna diciendo que padecía una discapacidad que no tenía. Contravención. Del otro lado 48 jóvenes que violaron la cuarentena en plena pandemia e hicieron una fiesta de recibida VIP en Santa Lucía. Delito. Impunes. Y con pedido de buena parte de la sociedad de evitar que recaiga sobre ellos una condena, a pesar de que muchos pagaron antes por el mismo delito y a pesar del foco de contagio que podría haber significado la joda ante un contexto de trabajo incansable para evitar víctimas del coronavirus.

La furia social encuentra chivos expiatorios. Gonzalo Ferreyra es perfecto. Ex convicto. Pidiendo en una esquina limosna, haciéndose pasar por discapacitado. Simboliza todo lo que genera la grieta. Es el falso rengo más fácil de destruir. Es el falso rengo que no hay que analizar. Es el falso rengo que te genera indignación. Sobre todo, porque saliste de laburar y un tipo se quiere aprovechar de tu laburo. Gonzalo Ferreyra es un falso rengo. Y debe pagar por mentir. Pero no es el falso rengo más peligroso.

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