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Historias

A caballo y con 18 años: la postal que todavía resiste en Tamberías

Dos jóvenes sanjuaninos se encontraron en una esquina del pequeño pueblo cordillerano, cada uno con su caballo. Mientras muchos sueñan con irse, ellos eligen quedarse, trabajar en la veranada y vivir al ritmo de la montaña

Por Cecilia Corradetti

Hoy suele asociarse a la juventud con pantallas, ciudades y ruido, pero en Tamberías la escena parece detenida en otra época. Una esquina de tierra, casas bajas de adobe, silencio de siesta. Y allí, como si fuera lo más natural del mundo, Eduardo Espinoza y Fabricio Ríos se cruzan montados a caballo.

No es una puesta en escena ni una fiesta tradicional. Es un día cualquiera en este pequeño pueblo del departamento Iglesia, en el norte de San Juan.

Tamberías tiene pocos habitantes —apenas un puñado de familias que se conocen de toda la vida— y una identidad profundamente rural. Las casas, en su mayoría de adobe, resisten el paso del tiempo. La economía gira alrededor de las chacras donde se cosechan melones, sandías, zapallos, choclos y también uva. El paisaje lo completan la cordillera cercana, el aire seco y una tranquilidad que no se negocia.

Fabricio Rios y Eduardo Espinoza

Eduardo tiene 18 años. Nació y se crió allí. Sus padres, Ramón Vicente Espinoza Balcarce y su mamá, ama de casa, también son de la zona. Tiene dos hermanos. Uno de ellos trabaja en la cordillera.

El caballo se llama Comparsa. Y cuando lo nombran, parece que entiende. Eduardo sonríe mientras le acaricia el cuello.

—Trabajo con los animales para el cruce, el arreo y la veranada —dice con naturalidad.

Eduardo Espinoza dos

Su rutina no tiene nada que ver con la de un adolescente urbano. Trasladan mulas y caballos de un lado a otro para que tengan pasto. Suben a la cordillera, bajan, vuelven a subir. La semana que viene seguirá trabajando. Ya terminó la secundaria.

En Tamberías, la pregunta “¿qué hace un chico de tu edad?” no tiene una sola respuesta. Algunos alzan fardos, otros cosechan en las chacras, varios ayudan en tareas rurales. Muchos se quedan.

—¿Te aburrís?

—No, ya no.

Hoy salió a dar una vuelta a caballo. Quizás se cruce con amigos. Quizás vaya hasta donde un primo que tiene una estropilla —una reunión tradicional vinculada al mundo del caballo— que se hará en mayo. No competirá, pero irá a mirar. Es parte del ritual.

Lo que más le gusta del pueblo es la tranquilidad. Los amigos. La familia. Los domingos de reunión.

Fabricio Ríos tiene 21 años. También vive allí y también se cruzó esa tarde a caballo con Eduardo, como si fuera una escena repetida cientos de veces.

Pero su trabajo es distinto. Él se dedica a la cosecha de uva.

—Acá es muy tranquilo —dice—. No me iría.

Cuando va a la ciudad, la sensación es otra.

—Si voy me siento como encerrado.

No le atrae el ruido ni el ritmo urbano. Piensa su futuro en el mismo lugar donde creció. No proyecta irse.

En Tamberías la felicidad parece tener otra medida. No pasa por centros comerciales ni por espectáculos masivos. Pasa por la calma, por saber quién es el vecino, por salir a buscar caballos que se extraviaron porque son propios, no porque alguien los mandó.

Esa tarde, de hecho, iban a eso: a buscar unos caballos perdidos.

—¿Les pagan?

—No, son de nosotros.

La respuesta es simple y revela mucho. La relación con el trabajo no es sólo económica; es parte de la vida.

En este rincón sanjuanino, donde casi todos se conocen, donde las casas conservan el adobe y donde la cordillera marca el horizonte, dos jóvenes eligen una vida distinta a la que suele imaginarse para su generación.

No idealizan. Simplemente viven como aprendieron: trabajando con animales, cosechando, reuniéndose los domingos en familia.

Mientras en muchos lugares se habla de despoblamiento rural, en Tamberías todavía hay jóvenes que no quieren irse. Que encuentran sentido en el arreo, en la veranada, en el caballo como compañero cotidiano.

Y la imagen de esa esquina —dos chicos de poco más de 18 años montados, conversando antes de seguir camino— es mucho más que una postal pintoresca. Es la prueba de que, en algunos pueblos de San Juan, la tradición no es pasado: es presente.

Eduardo y Fabricio no sienten que estén perdiéndose nada. Al contrario. Sienten que lo tienen todo.

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