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Análisis

El debate presidencial fue un partido de ida: 0 a 0 y todos conformes

En términos futboleros, el debate presidencial dio la sensación de un empate que dejó a todos satisfechos, sabiendo que el partido se decide en la vuelta.

Por Guido Berrini

El evento tuvo lugar en Santiago del Estero, y la “revancha” será el domingo que viene, en la Universidad de Derecho de UBA, en Capital Federal. Si hubiera un ballotage, ese debate entre los dos candidatos elegidos también sería en ese sitio.

Todos los candidatos se ciñeron al libreto, cuidándose de no cometer errores. El debate tuvo una modificación reglamentaria muy interesante que fue el derecho a réplica. A través de un botón rojo, cuando un candidato se sintiera aludido notificaría a los conductores que deseaba contestar. Eran cinco por candidato, en todo el debate. Quien primero los agotó fue Sergio Massa, que logró gran exposición al principio del debate, perdiendo poco a poco protagonismo hasta el segmento final de las preguntas entre los candidatos, otro punto alto de la discusión.

Candidato por candidato

Sergio Massa fue el candidato que planteó más propuestas, algunas desconocidas hasta ahora, como la moneda digital o la pena de cárcel para evasores y fugadores de capitales, y otras que ya se habían dado a conocer, como el aumento del presupuesto educativo.

Para Massa el aspecto económico del debate fue sin dudas lo central, y en ese tiempo agotó sus derechos a réplica, y tuvo su máxima exposición.

No sufrió demasiado el “tema Insaurralde”; apenas un par de referencias de Bullrich y de Bregman que no tuvieron la atención del candidato.

Su tono no sorprendió. Monocorde, paciente, y dirigiéndose al público con apelaciones que cualquier televidente podría interpretar como dirgidas solamente a él.

Javier Milei llegó a Santiago del Estero con una certeza: los debates no ganan elecciones, pero pueden perderlas.

Su actuación fue previsible. Repitió su discurso con respecto a las “ideas de la libertad”, “la casta”, y evitó, con ayuda de sus contendientes que no profundizaron demasiado, el tema de la dolarización. Sólo Massa planteó que eran tres países lo que estaban dolarizados, pero Milei pasó la referencia por alto y continuó con su discurso.

El punto más polémico del libertario fue cuando se tocó el tema de derechos humanos, votado por el público. Allí, Milei repitió todos los argumentos de lo que se llama “el negacionismo” en la Argentina. Sostuvo que lo que hubo en los 70 “fue una guerra”, que el Estado cometió “excesos”, "el curro de los derechos humanos", y que no hubo 30.000 desaparecidos, sino “8753”.

Milei sí dejó una sorpresa: en ningún momento perdió la calma, y más allá de llamar “bestia” a Kicillof, no incurrió en el desmadre que muchos esperaban. Sus intervenciones, varias leídas, ayudaron a darle durante todo el debate un tono muy mesurado.

Patricia Bullrich continuó con su eje de campaña, que es enfrentar al kirchnerismo. La referencia a los 12 años de gobierno de Néstor y Cristina Kirchner fue permanente, y ocupó un lugar central, incluso, en su cierre de debate.

Bullrich, quizás la peor oradora de los cincos candidatos, sufrió un poco la insistencia de Massa y Milei acerca de que no había dado una respuesta concreta sobre como eliminaría la inflación, a la que ella prometió barrer de forma inmediata. Enfrentó con modos muy duros al resto de los candidatos, a los que tuteó y llamó por el apellido. La única salvedad fue con el gobernador cordobés Juan Schiaretti, con el que tuvo muestras permanentes de acercamiento.

Juan Schiaretti fue, claramente, el candidato que menos interés despertó a lo largo de todo el debate.

Con su discurso premoldeado contra la grieta, y la referencia a lo que consider, fue un brillante gobierno de la provincia de Córdoba, remitía permanentemente a esa gestión como respuesta a todos los conflictos.

Sí fue quién más hizo hincapié en el federalismo, y los desequilibrios entre el AMBA (CABA y conurbano bonaerense) y el resto de las provincias, fundamentalmente en el tema de subsidios a los servicios públicos.

Su performance algo tibia fue rematada por una insólita pregunta-centro que le tiró a Patricia Bullrich, que le permitió a la candidata de Juntos por el Cambio pedirle que se quede “tranquilo”, ya que ella defendería a los cordobeses contra el centralismo porteño y la voracidad fiscal del AMBA.

Miriam Bregman demostró, largamente, ser la más preparada en el tema de los debates, forjada en las asambleas y en las discusiones propias de los partidos de la izquierda.

Cada intervención mostraba una espontaneidad mayor que al resto de los candidatos. Su mensaje no tuvo novedades. La imposibilidad cierta de llegar a la presidencia la eximió de propuestas concretas.

Su punto más fuerte estuvo en el bloque de los derechos humanos, donde cargó contra los partidos tradicionales por episodios represivos en algunas provincias, y contra Javier Milei por la reivindicación de una posición que va más allá incluso de la teoría de los dos demonios.

En síntesis, el ganador o el perdedor del debate será, para cada uno, de acuerdo a lo que pensaba antes del debate. Y aún en ese caso se deberá reconocer que, si hubo algún triunfador, lo fue por un margen sumamente escaso.

Partido de ida, 0 a 0. Opaco. Con pocas emociones en las áreas. Se define en Buenos Aires.

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