Cambio en serio sería que se vayan los ajados integrantes de las casi dos décadas, de los cuales ya se despidieron dos por distintas vías (Balaguer y Caballero Vidal) y otros dos aparecen en la antesala de la despedida. No sólo eso, sino que los nuevos abandonen el chicanerismo y cambien la perilla del servicio de gas a nafta.
El resto será como hasta ahora: puras mímicas de cambio de matriz que no lo son, acentuados en estos días por un fuerte operativo de imagen consistente en hacer pasar gato por liebre inoculando la falsa sensación de un cambio virtuoso que no lo hay.
Con la novedad de la incorporación de un menú de herramientas conocido por estos tiempos: la apertura y el diálogo, la consultoría, una especie de focus group entre los involucrados que hace pensar a los más cándidos que los están escuchando, cuando en realidad parecen estar tomándole el pelo.
La oficina de Sistema de Gestión de Calidad de la Corte ha lanzado un agresivo plan de cambio de imagen, sin atacar los motivos de fondo que han arrojado a esa percepción por los subsuelos.
Éstos se conocen de sobra, pero el renovado organismo burocrático ha incrementado su personal para apostar a un ficticio cambio de imagen: usted verá pantallas en los ingresos, arbolitos de Navidad y durlock flamante, pero las causas seguirán durmiendo y las espinosas mantendrán su rosca.
Parecerá entonces que hay cambios, mínimamente de actitud. Lo será en el plano de los fabricantes de pantallas, mientras la esencia de un servicio de justicia rápido y eficiente mantiene la moneda en el aire.
Una auténtica secuencia de gatopardismo, cambiar para que nada cambie. Expresión que deriva del clásico de la literatura italiana Il Gatopardo llevado al cine por Luchino Visconti en la que uno de los personajes –el de Alain Delon- relata la célebre frase: “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.
Parece calcada la expresión para definir lo que ha craneado en estos días la Corte para mantener el crítico status quo: mostrarse activos con la cosmética, para que el fondo pueda mantenerse el mayor tiempo posible. Así entonces, si la cobertura funciona, podrá mantenerse una estructura de magistrados ajada y desacreditada, idéntica actitud de pisar expedientes, o la venta de un sistema de ascensos cristalino mientras aparecen en las acordadas los apellidos de los cortistas en vertiginosa jerarquización.
En especial del saliente Caballero Vidal, que dejó el cargo y obligó a sus pares a aceptar sin beneficio de inventario, es decir sin revisar la cantidad de familiares que dejó de premio en la última jugada. O el caso de otro hijo de cortista ingresado por la claraboya que justamente ahora decora el equipo cosmético de Calidad.
¿De qué sirve preguntar a los abogados, como ha lanzado ahora el departamento de Gestión, por el nivel de conformidad con los procesos de los expedientes, la actitud de servicio de los trabajadores en términos de amabilidad, su capacitación y competencia, la actualización del sistema informático, el tiempo de espera, el orden general? Faltó preguntar por el nivel de acuerdo o desacuerdo sobre el perfume de las secretarias, cuestiones evidentemente laterales frente a la esencia del servicio. No a los abogados que caminan los Tribunales sino a la gente que espera justicia.
¿De qué sirve tomar una foto de familia de los jueces para decorar el Facebook institucional, como si sus señorías fueran figuras de la tapa de Gente, como ocurrió hace una semana en set acondicionado en el subsuelo del edificio? Cuando llegaron, muchos pensaron si en lugar de estar en el palacio judicial, estaban en la sede de una empresa multinacional.
¿De qué sirve una noche gala con champagne y petardos? Justamente esa palabra, gala, tal dolorosamente alejada de la situación judicial.