Suelen ser un termómetro las redes sociales para medir los
humores, más allá de algunos pícaros a los que aún hoy les cabe la
manipulación. Y lo que más se hizo sentir en ese terreno, una vez despejados
todos del asombro por asistir a un operativo apuntado a la médula policial nada
menos que el tráfico de drogas, fueron reacciones de apoyo. Felicitaciones en
algunos casos, respaldo por haber avanzado sobre terreno inédito.
Ese fue el clima que sucedió a esa verdadera prueba de
carácter y reacción en la que quedó el equipo de Seguridad encabezado por
Emilio Baistrocchi, que de la noche a la mañana se encontró en el medio del
tablero y debió multiplicarse para encaminar la investigación, dar señales
hacia adentro de la Policía en el mismo momento que estaba recibiendo un gran
golpe, dar señales hacia la sociedad sobre lo que estaba asistiendo. En todos
esos planos fue una reacción acorde.
Lo primero que operó fue la sorpresa. No es cosa de todos
los días encontrarse con una contribución policial tan fuerte en uno de los
delitos más despreciables, como el tráfico de drogas. Aunque lamentablemente
tampoco es una novedad: hace 6 años ocurrió lo mismo con el entonces jefe de
Drogas Ilegales, Agüero, aún detenido aunque su causa penal no avanza lo que
debería y podría quedar libre.
La magnitud del caso actual lo dieron tiempo después, esta
semana, los delitos por los que el juez Rago Gallo acusó a los involucrados.
Que van desde la falta de cumplimiento de un funcionario público hasta la mera
tenencia de drogas para la comercialización.
Fue como un peludo de regalo para una administración nueva,
puesta a manejar una causa sensible por delitos cometidos desde hace mucho
tiempo atrás y que involucra nada menos que a altos mandos de la fuerza
policial. Todos esos datos, puestos uno al lado del otro, dan una dimensión
exacta del asunto.
El primero desafío de Baistrocchi y el secretario de
Seguridad Gustavo Fariña –además de la propia voz del gobernador Uñac, quien
llegó hasta a pedir disculpas a la sociedad- estuvo puesto en el objetivo de
mostrar un gesto implacable en favor de la investigación judicial, y conjugarlo
con la intención de entregar sensaciones tranquilizadoras a la fuerza policial
en general.
Nuevamente el ejercicio de pensar en el estado de shock de
una fuerza tan grande y diversa como la policía provincial, resulta importante
para comprender por qué es importante separar la paja del trigo. Se cae
habitualmente en el facilismo de generalizar las complicidades policiales hacia
todo el tejido delictivo. Y se sabe que esas liviandades son delicadas, además
de falsas.
Es grande la tentación general ante esta clase de episodios
de poner a toda una fuerza en la picota, en especial cuando se está mostrando
un caso de extrema gravedad como los jefes policiales envueltos en la trama
narco.
Pero la realidad señala con claridad que la
participación/complicidad de la policía en estos casos está acotada a un grupo
de casos resonantes, que se hacen notar pero que de ninguna manera conforman
una tendencia o mayoría.
Los hay policías envueltos no sólo en encubrimientos y en
determinar zonas liberadas para la cómoda operación de los narcos, que es la
sospecha más generalizada en cuanto a la contribución en estos flagelos. Que no
es exclusivo, tomando en cuenta la imputación del juez federal en el delito
liso y llano de tenencia y tráfico.
Los hay también policías de vocación que se enfrentan contra
los narcos en los barrios, que ponen en juego sus vidas en allanamientos y
secuestros de droga a cara lavada. Pese a que después esa misma droga
desaparezca de los propios escritorios de los juzgados federales, o que los
delincuentes atrapados recuperen rápidamente la libertad y vuelvan a sus
puestos de tiro en las calles a cobrarse desquite. Gracias, frecuentemente, a
vicios procesales o a liviandades de la ley.
Ese también es parte del contexto que debe enfrentar un
policía en contacto con el mundo de la droga, y afortunadamente son más los
uniformados que se juegan la vida por esa vocación que los que se dejan
inyectar por las complicidades narcos, éstas últimas lógicamente más
resonantes.
También es un dato importante a tener en cuenta la
impresionante e histórica movida dispuesta por el gobierno con los ascensos en
las filas policiales dispuesto apenas dos días antes del golpe pero en el que
se trabajaba desde principios de año. Histórico, porque por primera vez se
respetó a rajatabla el escalafón policial sin privilegios para nadie, ni
siquiera para los más cercanos.
Por eso lo que hay que cuidar es lo que hay. Y en ese
sentido apareció primero el jefe de Policía Luis Martínez como el propio Fariña
a poner en blanco sobre negro ese paisaje general. Que la sospecha delictiva
sobre un puñado de efectivos envueltos en un caso resonante –justamente
desarticulados también por el propio sistema legal- no puede hacerse extensivo
a toda la policía. Sencillamente, porque no es justo ni es verdad.
Amplificando incluso algunos gestos, necesarios para esa paz
interior y también para despejar absolutamente el camino de la investigación.
Como el desplazamiento del jefe de Drogas Ilegales, el comisario Avellá, quien
en ningún momento apareció salpicado ni por la investigación, ni por los
testimonios ni por las escuchas. Pero una parte de este presunto ilícito
ocurrió en su área de influencia, y debió comprender entonces que la
rigurosidad necesaria para despejar el camino convirtió en obligatorio su
desplazamiento y traslado a otras dependencias.
La siguiente estación fue la llegada a la Policía Federal.
Viajó en persona durante la semana el gobernador Uñac junto al ministro
Baistrocchi a una audiencia con la ministra de Seguridad de la Nación, Patricia
Bullrich, para establecer líneas en común. El objetivo es la llegada de un
mayor número de efectivos en estos primeros tiempos posteriores al impacto, la
derivación de mayores elementos técnicos, pero especialmente el fortalecimiento
de la línea para evitar cualquier suspicacia en un tema tan sensible.
Quedará luego literatura sobre el encuentro previo que
mantuvieron el gobernador Uñac, el ministro Baistrocchi y el juez Rago Gallo un
par de días antes de los allanamientos dispuestos por éste último. Un encuentro
que fue otro gesto sobre el que se dijo poco, pero en el que cada uno pareció
cumplir con rol: el juez no podía identificar ante nadie lo que se venía. En
especial él, que conoce en carne propia el terreno en el que se mueve porque le
tocó atravesar algo muy parecido y delicado: una investigación en su juzgado
por la desaparición de droga, que tiene a un secretario detenido y complicado
hasta la médula.