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Historias

Tiene 76 años, es de Albardón y decidió cumplir una cuenta pendiente: aprender a bailar tango

Graciela Maris Garipe tiene 76 años, vive en Albardón y hace tres tomó una decisión que postergó durante décadas: empezar a bailar tango.

Por Cecilia Corradetti

Graciela Maris Garipe nació el 24 de marzo de 1950 en Caucete, aunque desde los siete años vive en Albardón. Es la mayor de nueve hermanos y, como ella misma se define, fue criada “a la antigua”. Eso, en su historia, no es un detalle menor: marcó muchas decisiones, muchos límites y también muchos deseos que quedaron en pausa. Como bailar tango. Bailar en una clase formal, anotarse en los talleres municipales del departamento y saldar una cuenta pendiente en su vida.

El tango apareció temprano en su vida. A los 10 años ya bailaba en fiestas familiares y encuentros de pueblo. Pero ese primer vínculo con la danza tuvo un protagonista clave: su papá.

graciela junto a rafael lloret profesor y compañeros de tango

“Mi papá siempre me decía ‘venga tesoro, baile con el papi’”, recuerda. Y en esa frase hay mucho más que una invitación a bailar. Para él, Graciela era “el tesoro”, como la llamaba incluso cuando ella ya era grande.

Ese recuerdo se repite una y otra vez en su relato. Porque fue ahí, en esos bailes improvisados, donde empezó todo. Su padre se anotaba en concursos y ganaba, aunque —según le decía su madre— nunca lo hacía con ella. Con Graciela, el baile era otra cosa: era vínculo, cercanía, tiempo compartido.

“Con él bailaba tango, fostrot, bayón… todo lo que se escuchaba en las fiestas”, cuenta. No había técnica ni coreografías complejas, pero sí algo que hoy reconoce como fundamental: el gusto por la danza.

Sin embargo, ese gusto no se transformó en práctica. No al menos de manera sostenida. La vida siguió su curso, con responsabilidades que fueron ocupando el lugar de ese deseo.

Graciela formó su familia, tuvo dos hijos biológicos y una hija “de corazón”. Trabajó, sostuvo su casa, atravesó distintas etapas, entre ellas la viudez. Y como les pasó a muchas mujeres de su generación, lo propio quedó relegado.

“Mi papá no quería que saliéramos, no le gustaba mandarnos a ningún lado”, explica. Ese contexto también influyó en que nunca se formara en danza, más allá de lo que había aprendido en casa.

El tango quedó entonces como un recuerdo. Algo que le gustaba, que la conectaba con su padre, pero que no había podido desarrollar.

Hasta que, muchos años después, apareció la oportunidad.

“Yo ya estaba sola, no tenía a quién pedirle permiso”, dice, sin vueltas.

Había empezado a acercarse nuevamente al baile a través del folclore, acompañando a sus hijos. Tenía una base, un interés que nunca se había apagado. Y en ese contexto, alguien le hizo una pregunta simple.

“¿A usted le gusta bailar tango? Van a enseñar en la Casa de la Cultura”.

La respuesta fue inmediata.

“Enseguida dije que sí”.

graciela baila tango (1)

Cuando nunca es tarde para bailar tango

Así llegó al Taller de Tango de Albardón, un espacio municipal donde hoy toma clases con el profesor Rafael Lloret. Hace aproximadamente tres años que asiste de manera constante.

“Se ve que siempre me gustó, pero nunca lo practicaba”, reflexiona.

En ese proceso, no solo aprendió pasos. También encontró algo más.

“El tango tiene algo especial… es el acercamiento con el otro, es cálido, uno como que vuela”, describe.

Para ella, no es solo una danza. Es una experiencia que la conecta con el presente y, al mismo tiempo, con su historia.

“Cuánto hubiese querido saber más cuando mi papá estaba”, dice, y en esa frase aparece la única sombra en un camino que hoy disfruta.

Pero lejos de quedarse en la nostalgia, eligió avanzar.

En las clases, aprende técnica, figuras, movimientos que nunca había hecho. Porque aunque bailaba desde chica, lo suyo era intuitivo.

“Mi papá nunca me hacía las estampas ni cruces de pies, era todo básico”, recuerda.

Ahora, en cambio, el aprendizaje es distinto. Más estructurado, más consciente. Y también más desafiante.

Aun así, hay algo que se mantiene: el disfrute.

“Me encanta, me encanta un montón”, repite, sin necesidad de agregar mucho más.

Pero el tango no solo le dio aprendizaje. También le dio bienestar.

“Se me olvidan los dolores”, dice, con una sinceridad que resume todo.

Porque en esas horas de clase pasa algo más que un ejercicio físico. Hay una desconexión de las preocupaciones, una pausa en lo cotidiano, un espacio propio.

“Me arreglo, me preparo y sé que es un momento para mí”, dice Graciela

“Hay cosas que uno no puede olvidar, pero esto te ayuda. Sabés que tenés ese momento para vos, te arreglás, te preparás y te vas a bailar”, cuenta.

Ese ritual, simple pero significativo, marca una diferencia.

También lo nota su entorno.

“Muchos me dicen que me ven más activa”, comenta.

Su familia acompaña ese proceso. Sus hijos también tienen vínculo con la danza, especialmente con el folclore. Algunos incluso se animan al tango cuando pueden, aunque el trabajo muchas veces no se los permite.

“Les gusta verme, les gusta que baile”, dice.

Graciela, además, es una mujer inquieta. Tiene un pequeño negocio, hace telar, costura, pintura, artesanías. También se ha dedicado a la repostería. Como ella misma dice, sabe “un poquito de todo”.

Pero hay algo que hoy ocupa un lugar especial: el tango.

No solo por lo que significa en sí, sino por lo que representa.

Es, en definitiva, una forma de hacer algo por ella misma.

Por eso, cuando se le pregunta qué le diría a otras mujeres, no duda.

“Que tomen ánimo. Que empiecen. Que hagan lo que les gusta”, señala, sin mencionar grandes logros ni metas imposibles. Ella habla de algo mucho más cercano.

“Que salga lo que salga, hasta donde se pueda aprender”, dice.

Porque, en su historia, el punto no es hacerlo perfecto. Es hacerlo.

Después de toda una vida, Graciela Garipe encontró el momento para cumplir una deuda que llevaba consigo desde chica. Y lo hizo a su manera, sin estridencias, pero con decisión.

A los 76 años, no solo empezó a bailar tango. También eligió, finalmente, ponerse en primer lugar.

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