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editorial

Entre promesas de piñas, pinta la interna opositora

Colombo desafió a Ibarra a dirimir diferencias en un cuadrilátero. El PRO se autoinflinge un daño irreparable. El Bloquismo entra y sale. Y encima llegó Cobos, pero enfureció a la UCR. En ese clima, ¿definirán entre todos quién es su candidato a diputado? Por Sebastián Saharrea

Por Redacción Tiempo de San Juan


Por Sebastián Saharrea

Depende del barrio. Pero, por lo general, en los barrios las diferencias gruesas son motivos de al menos una solapeada. En la pintura del barrio alumbrado por el farol de esos que ya no quedan, o en el más contemporáneo de birra en la esquina. En todos.
Por eso habrá que entender a la invitación de Rodolfo Colombo a Mauricio Ibarra para arreglar las cosas “como en el barrio” pronunciada en Paren las Rotativas (viernes 23 hs. Por Telesol) como un reto varonil, cuando ya no hay más palabras que alcancen. Hombre de gimnasio, Colombo se tiene fe.  Hábil de cintura, Ibarra hizo finta, no respondió y deslizó que la arena que mejor prefiere es la del café. Parece que, afortunadamente, no habrá que prender las luces del ring como si estuviera Maravilla, pero esta esgrima es una pastilla que ilustra el ambiente convulsionado que atraviesa la oposición local. Justo cuando empieza a prender la idea de una gran interna opositora para definir candidaturas el año que viene.
Colombo e Ibarra son dos de los dirigentes opositores más importantes de San Juan. Ambos supieron de tiempos mejores, pero conservan aún un lugar en el podio junto a Roberto Basualdo. La bronca que amenazaron con solucionar a las piñas viene de la última elección, cuando Colombo, Ibarra y sus respectivas tropas encabezaron un armado opositor con todos adentro y a última hora el ex intendente de Rawson se cortó del borrador de la lista, se enroló junto a la armada basualdista y no fue candidato a nada.
Santa claudicación, clamaron en el box colombista y prometieron saldar las cuentas. Es que Ibarra lo dejó a Colombo con la servilleta puesta para llegar al Senado, el cargo que buscaba de manera indisimulable y que la caída de Ibarra truncó sin piedad: ¿Dónde conseguir otro candidato a gobernador que traccionara votos para soñar con llegar a desplazar al candidato de Basualdo (Guillermo Baigorrí, luego renunciado en beneficio del jefe) en aquel mano a mano por el sale o sale, que era el único cargo que la oposición tenía garantizada para el Congreso, y el único que sacó? Así las cosas, Colombo debió ponerse el traje de aspirante a gobernador, inmolarse contra Gioja y Basualdo, descuidar la Capital –su territorio preferido- y quedarse afuera de todo. Masticó bronca aquella vez y, por lo visto, las heridas aún no cauterizan.
Corriendo la vista al campamento del PRO, las cosas no son demasiado distintas. No hubo hasta ahora invitaciones públicas para llegar a las manos, pero el volumen de los cruces entre los dos bandos definitivamente consolidados aparece bastante lejos del partido de imagen prolija como se presenta el PRO, donde el bombo y la patota apestan de viejos.
En este rincón, el depuesto presidente Hugo Ramírez, un dirigente que viene remando desde hace años por la estrella de Macri y que había llegado a un hito para el partido: la banca en diputados. Pero resulta que no era del paladar de quienes lo habían colocado allí, juntamente los integrantes del otro rincón. Con Ramírez aparece Eduardo Cáceres, un aspirante que aún se anima a decirlo en voz alta. Del otro lado sobresalen los Raverta, el caucetero Amarfil y Ricardo Russo, dueño de la estampita de Franco –que es Macri-, que entra sin golpear a las reuniones convocadas por la jerarquía nacional del partido y que ya hizo pintar algunas paredes con su nombre para ver si alguien lo nombra en las encuestas que mandó a hacer para probarse en la arena política.
La hecatombe total. Un partido incipiente y ya todos peleados, muy parecido a un desperdicio. ¿Cuál fue el pecado mortal de Ramírez para que los Raverta lo pasaran a degüello? No haber sido lo suficientemente combativo con los proyectos de Gioja desde la banca, con la gota que rebalsó el vaso en su apoyo al voto a los 16. Y aunque parezca una nimiedad, no es ese sino el fondo de la cuestión: lo que divide las percepciones en el arco opositor es hasta qué punto realizar una oposición absoluta y hasta qué punto es más útil no confrontar con lo razonable –aunque haya sido empujado por CFK o por Gioja- para no aparecer peleando contra los molinos de viento.
Los Raverta sintonizan el espíritu que baja de la conducción nacional del PRO: a todo lo que tenga aroma kirchnerista, no a lugar. Ramírez pareció inclinarse más al método basualdista con el que no la ha ido mal: oposición, con apoyos más o menos calurosos a alguna que otra iniciativa K. Le costó el cargo.
En tierras bloquistas la cosa es más o menos igual de traumática. Hay un núcleo duro en la conducción que mantiene los pies del plato en el acuerdo con Gioja, pero avanza el desencanto y ya no miran con malos ojos la chance de alinearse de lleno en la oposición nacional o local. Hubo en los últimos días escaramuzas en alto volumen que denotan la falta de un conductor nato, como era Polo Bravo o como pudo haber sido Enrique Conti. El mapa posicional canta que hay un ala opositora a los acuerdos, que es la encabezada por los hermanos Juan Domingo y Alejandro Bravo, y Juan Carlos Turcumán, y que fue la derrotada en la última interna.
Los ganadores son los que defienden el acuerdo, pero allí hay matices: Pedro Medina alzó la voz para zambullirse a la tentación opositora, Edgardo Sancassani pronuncia cada vez más expresiones que confrontan con el espíritu K y le pegan en el ala al modelo giojista, y el único que aparece con las botas puestas para defender el acuerdo es el intendente iglesiano Mauro Marinero, quien maneja además la única caja grande que le queda al partido. Graciela Caselles, la presidenta, tapa el sol con un dedo y hace lo que puede. ¿Hasta donde podrá?, ¿se animará el bloquismo a romper lanzas con el giojismo –al que reclama más atención pero que le significó, por ejemplo, el retorno al Congreso- y participar en la interna opositora?
Otra escala en este mapa es lo que ocurre en el radicalismo. La semana pasada llegó Julio Cobos, pero el aterrizaje del mendocino fue para discordia. Es que el ex vice llegó acompañando un  nucleamiento nacional de demócratas, eufemismo que se emplea para definir a los partidos provinciales de raíz conservadora como los Demócratas de Mendoza, que llevaron la voz cantante. A la cena servida en el Sirio la organizó el Grupo 1852, encabezado por Miguel Arancibia, y llegaron delegaciones de todo el país con un discurso bien definido hacia la ultra oposición desde la centroderecha. A Cobos le sirvió porque sintoniza con su discurso a nivel nacional: diálogo, consenso y después vemos. Pero a los radicales que fueron al club dirigido por el radical Freddy Marún se le paraban los pelos de escucharlos.
Antes de ir al Sirio, a Cobos lo llevaron al partido. Y luego hubo críticas internas por no haber sido invitados, que partieron desde la juventud de Nahuel Ibaceta. Pregunta: ¿hubieran ido al Sirio a sacarse fotos? Lo que deja en claro el touch and go de Cobos es que en el radicalismo hay resquemores que tampoco cicatrizan. Y ritmos pachorrientos para la definición. Hugo Domínguez –el que mejor suena para ser el candidato partidario a diputado el año que viene- arrancó con un fustazo, pegó el primer galope y luego se replegó: pidió licencia hasta fin de año y dejó el partido en manos de Roberto Pugliese. ¿Quién será el candidato a diputado? Cri, cri. Por ahora, nadie sabe. Mientras, hay quienes sueñan que un empresario relacionado al rubro minero, joven y de buen discurso los saque del apuro. Se verá.
Al final aparece Roberto Basualdo tallando el mazo. El es el autor intelectual de la idea de armar una súper interna entre todos para definir a un único candidato a diputado. El gana, gana; y el que pierde, apoya. Es la única manera que piensan les servirá para arrebatar una banca en Diputados al oficialismo, que en el último turno ganó los tres, que se mantiene firme y que renueva sólo dos: por lo tanto, se enfrenta a la posibilidad de comerse un escaño.
Basualdo no tiene internas feroces dentro de su partido, parece haberse ya definido por Susana Laciar como su aspirante, y conserva el punch electoral del senador como segunda fuerza política, revalidada hace menos de un año en las urnas. Tiene las de ganar.
El gran misterio será si los que pierdan irán a apoyarlo de manera decidida o jugarán al perdedor despechado. En el mejor de los casos. El peor: que las piñas dejen de ser una promesa.

 

 

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