editorial

Caso Micaela: cuando pase el temblor

Ya bajó la polvareda que provocó la propia CFK con su furiosa crítica por cadena nacional a la rectora de la UCC. ¿Qué quedó? Una señal evidente de lo que ha cambiado San Juan en los últimos años, pero también una grieta política difícil de disimular. Por Sebastián Saharrea.
sábado, 16 de junio de 2012 · 10:16


A los únicos que los llegó el mensaje fueron a los de 678, que el viernes pasado emitieron un durísimo informe contra el arzobispo de San Juan, Alfonso Delgado, integrado en su mayor parte por una entrevista de Víctor Hugo Morales a una sobrina periodista de la pareja del hermano desaparecido del religioso sanjuanino. Pero ese mismo día, todos los protagonistas de esa semana de furia habían dado por suficiente todo lo que ocurrió después del mensaje presidencial, y decidieron guardarse.
Habían pasado cuatro días tempestuosos. Desde el martes al mediodía, cuando la presidenta Cristina Kirchner empleó la cadena nacional en la que anunció que pesificaría sus plazos fijos en dólares para presentar a la pequeña Micaela Lisola, una alumna sanjuanina de sólo 16 años de hizo tartamudear a la mandataria, porque en ese gesto de Micaela encontró sentido a la muerte de Néstor. Y lo relacionó con una foto que había sido publicada la semana anterior por Tiempo de San Juan en una nota sobre los curas tercermundistas en la provincia, y que alguien puso en sus manos: allí aparece la actual rectora de la UCC sentada butaca de por medio nada menos que de Videla.
Fue una bomba. Nunca antes un presidente había dedicado tanto minuto de cadena nacional a un asunto ocurrido en San Juan, encima con nombre y apellido. Y el caso despertó pasiones. De un lado, los que celebraron la bisagra de cambio de los tiempos representada por una alumna revelada ante la imposibilidad de hablar del día de la memoria. Del otro, los que tacharon el gesto de la joven y de la propia Presidenta, y hasta pusieron en duda los hechos. Involucró a todos: comunicadores, dirigentes políticos, funcionarios, religiosos y mucha, pero mucha, gente de a pie.
 Hasta el viernes, cuando la rectora Isabel Larrauri decidió no hacer más declaraciones, monseñor Delgado frenó su exposición pública y hasta la joven Micaela prefirió concentrarse en sus cosas y correrse del centro de la escena nacional en el que estuvo sin respiro.
Quedaron definidos dos escenarios, ambos interrelacionados entre sí: el local y el nacional. En el local, las voces de respaldo a Micaela fueron las militantes y unas pocas más, mientras los mensajes de respaldo a la escuela religiosa y a monseñor Delgado resultaron predominantes. Reflejo de un sesgo social en el que la formación religiosa –especialmente difundida por los colegios- conserva un predicamento de raíz. Los hitos fueron el comunicado de los compañeros de la Micaela en la Monseñor Audino Rodríguez y Olmos, y las sugestivas declaraciones del propio Delgado en las que llegó hasta a sugerir que hay dictaduras blandas y democracias duras. Un simple ejercicio de deducción podría indicar que en esta última categoría pudo haberse referido al gobierno de los Kirchner, ahora es de esperar que por dictadura blanda no se haya referido a ninguna de los últimos tiempos.
Otra cosa fue el escenario nacional. Allí, ni siquiera los más encarnizados comunicadores anti K se atrevieron a poner en cuestión de manera frontal el contenido del discurso presidencial, apenas con algún debate sobre la necesidad de incluirlo o no en cadena nacional. Ni los diarios ni los canales opositores tomaron la bandera, y entonces quedó el terreno abierto para que resonara a todo volumen la catarata de planteos hacia la decisión del colegio sanjuanino de amonestar a Micaela por su conducta hasta ponerla al límite de la expulsión.
Hubo momentos de zozobra a alto nivel. En la jerarquía religiosa hubo que resolver qué hacer ante, nada menos, una embestida presidencial en un asunto delicado como los derechos humanos y la dictadura. Optó el obispo por asumir personalmente la carga y proteger a la escuela, cuyos directivos no salieron en ningún momento a ofrecer ninguna explicación luego de las palabras de Cristina. Y fue también una decisión difícil para el gobierno provincial: se trataba de una causa abrazada –nuevamente, nada menos- no solamente por la Presidenta de la Nación sino por quien es a la vez la líder política del espacio al que pertenece, pero a la vez se trata de una bandera que en San Juan no genera pasión de multitudes. Optó finalmente por un protagonismo de baja intensidad, interviniendo desde Educación para frenar las amonestaciones a Micaela pero sin declaraciones ni protagonismos exacerbados.
A una semana de distancia, lo que dejó el episodio de Micaela es una sensación bien firma: que la convivencia en el futuro entre la pluralidad de especies que integran el oficialismo –nacional y provincial- no será fácil. Porque el caso desempolvó gruesas diferencias de criterios, con algunos chisporroteos por ahora aislados. Que no afectan la relación CFK-Gioja, ambos se cuidan mucho en que eso no ocurra. Pero que sí impacta sobre la relación de las fuerzas locales.
No es noticia que la presidenta empuja a su propia gente de confianza a ocupar espacios de poder en todo el país, incluida San Juan. Tampoco lo es que en la provincia existe un liderazgo nítido como el de Gioja, que obliga a mirarla de una manera distinta a, digamos, Buenos Aires. Hasta ahora no se habían notado cruces públicos entre ambos sectores y sus esfuerzos de convivencia. Hasta ahora.
Los que saltaron de alegría cuando oyeron a la Presidenta referirse de manera tan enfática al caso Micaela fueron las organizaciones que, sin dejar de respetar a Gioja, dedican su existencia a la imagen de CFK. Obviamente, la lista aparece encabezada por el grupo local de La Cámpora, de respuesta directa a Cristina y a Máximo. Esta agrupación dirige la oficina local del INADI, que se involucró directamente en el episodio dialogando con las autoridades del colegio para frenar las amonestaciones de Micaela. Y ella mostró sin rubores su militancia con una remera de La Cámpora. También está Kolina, la organización de Alicia que en San Juan lidera el ministro Daniel Molina e integran muchos jóvenes entusiasmados con la bandera K. Y está la Corriente, un brazo político del kirchnerismo a nivel nacional que reúne a dirigentes de alta jerarquía entre quienes se encuentra el senador Ruperto Godoy, quien tuvo un rol decisivo en que el tema llegara hasta los medios nacionales como Página/12, los primeros que lo publicaron.
Para todos ellos, lo que ocurrió con Micaela fue una bendición en términos políticos porque desnudó un cambio social, aún en San Juan. Más allá de la militancia de cada uno, el sólo hecho de que Micaela hubiese saltado resuelta a decir lo que quería decir en un colegio religioso sanjuanino marca un cambio de época: hubiese sido difícil, sino imposible, pensarlo 5 o 10 años atrás.
Todos ellos pensaron en ir por más. Se habló hasta de frenar el dictado de la licenciatura en seguridad obligatoria para los ascensos policiales que se dictan en la UCC después de que la UNSJ no lo aprobara. Y hasta hubo cuestionamientos hacia la distinción del fallecido dirigente bloquista Wbaldino Acosta como ciudadano ilustre capitalino el día del aniversario de la fundación: a Wbaldino –a quien llamaron “represor”- lo había propuesto un concejal del ibarrismo.
El asunto es que esos dardos fueron disparados hacia el territorio de influencia del gobierno provincial (la carrera policial) y del municipio de Capital (las distinciones). Y ni a José Luis Gioja ni a Marcelo Lima les gustó que les marcaran la cancha. Tampoco cayó bien entre el oficialismo provincial la exposición de Ruperto Godoy.
¿Llegará la sangre al río? Visto a la distancia, parece que deberán usar mucha saliva para curar las heridas, porque un choque de frente no conviene a nadie.

 

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