El tablero está disperso y sin un beneficiario claro. En San Juan, los opositores que más miden son Basualdo y Orrego. Pero ninguno de los dos es un opositor rabioso: Basualdo suele votar en el Senado algún proyecto K, y Orrego llegó en la última semana hasta a elogiar a la presidenta. Por Sebastián Saharrea.
Hay de todos los colores y estilos en el policromático espectro opositor, acá y allá. Volvió a ser el cacerolazo en San Juan una expresión que se hizo sentir, y a la hora del análisis aparecen más dudas que certezas sobre la pregunta de a quién anotarle los porotos de esta movida. Acá y allá, también, cuesta extraer conclusiones terminantes.
El primer acertijo será comprender si se trató de un ensanche de la banda ciudadana en reclamo, o se trata de la misma fracción que siempre resistió las decisiones políticas del kirchnerismo pero ahora ha conseguido hacerse sentir con un volumen más estridente. La verdad es que hay de las dos cosas, lo sostienen los números de las últimas mediciones.
De acuerdo con un estudio de Maxilimiliano Aguiar, de la consultora Acierto, la imagen presidencial en San Juan ha sufrido un petardeo en los números de su apreciación positiva: se ubica en la franja del 50%, pero supo llegar a los 70% en su mejor momento, que fue en octubre del año pasado para su reelección. Pero no es eso lo más valioso a la hora del análisis, sino su contexto: porque Cristina tuvo su época de un 20% de valoración positiva personal durante su primera gestión, es decir que se mantiene en San Juan con una valoración apreciable por la que cualquier dirigente opositor daría un brazo.
Más aún: detrás de Cristina, no mide fuerte ningún dirigente de envergadura nacional. Ni Macri, que apenas alcanza una opinión positiva del 20% con un alto grado de desconocimiento, ni Hermes Binner con un fuerte desconocimiento, ni Scioli, por otro lado aún dentro de la escudería K. Por lo tanto, si hoy se repitieran las elecciones presidenciales en San Juan, volvería a ganar de manera holgada Cristina Kirchner: probablemente no por el 62% que sacó el año pasado, pero sí con una diferencia apreciable respecto de su más inmediato seguidor.
Es importante el dato para darle marco a la numerosa movilización que se juntó en la plaza 25, como en el resto del país. Movilizados al grito de hacer escuchar la voz del pueblo, habrá que consignar que se trata en San Juan de una parte de la sociedad. Y que hay otra parte de la sociedad que la sigue prefiriendo, y que sigue siendo la mayor parte.
En el plano local, la dirigencia optó por estrategias surtidas para intentar captar esa energía opositora que no tiene dueño. No hubo coordinación ni cuartel general, como en aquellos tiempos también del año pasado en que el No a la enmienda constitucional hacía movilizar a los cuadros opositores locales en el mismo furgón. Ni siquiera hubo una idea común de cómo reaccionar: si de manera frontal y asumiendo la conducción de un sector sin líderes, que reniega de ellos pero los necesita, o de manera encubierta y sin identificación.
Los caceroleros argumentan con semblante en alto que no hay detrás suyo nadie que los empuje sino que los motiva exclusivamente su rechazo a los K. Y esa falta de referente que invocan como una virtud es justamente su principal problema. Porque el sistema político no permite el triunfo de ningún slogan, salvo que sea portado por alguien de carne y hueso. Un líder, eso es lo que hace falta y no aparece, y por lo tanto da la impresión de que podrá haber mil movilizaciones similares con escaso efecto.
El modelo elegido por la oposición parece ser otro. Una fase de desgaste como ésta, para luego aparecer con los candidatos adaptados en forma de solución. ¿Qué candidatos? En San Juan, hasta ahora, ninguno mueve el amperímetro. Y entre la dirigencia sanjuanina, una mirada por encima del tablero revela más tironeos que acuerdos. Más jugadas personales en forma de patriada. Más jugada efectista que construcción.
Aguiar señala que los dos dirigentes opositores sanjuaninos que más miden son Roberto Basualdo y el ascendente intendente santaluceño Marcelo Orrego: el primero es el dueño del mayor caudal de opinión positiva y el segundo, del mejor diferencial entre positiva y negativa. Basualdo es dueño de un estilo opositor marcadamente diferente al resto: supo incluso apoyar con su voto algunos proyectos oficialistas que el núcleo duro opositor combatió en el Senado.
Y Orrego es la flor que riegan todos los días en el jardín basualdista, una garantía de futuro que ya opera en tiempo presente. El jefe comunal del departamento más grande en manos opositoras hace un culto del acuerdismo, nada de confrontación ni aunque se trate del rival más temido, y siempre un tono conciliador. Lo dejó claro la semana pasada en Paren las Rotativas (viernes a las 23 por Telesol): elogió a Gioja, tuvo palabras asombrosamente calurosas con la Presidenta y hasta calificó con muy buena nota a Cristian Andino, una carta fuerte con la que oficialismo podría jugar en Santa Lucía para luchar justamente contra él.
Pero a Orrego nada parece perturbarlo. Él sigue con su discurso medido, con su planificada resistencia a ofrecer un blanco beligerante y con la construcción de una imagen de gestión. Lo mejor que le podría pasar a la oposición en su búsqueda de quebrar el predominio oficialista es que se presentara como candidato a diputado nacional el año que viene. ¿Qué dice? Terminantemente, no. ¿Y para gobernador en 2015? Nada terminante.
Ellos dos, los que más miden, se resistieron a la tentación de aparecer junto a las cacerolas. El resto del tablero opositor tuvo cierto protagonismo en distintas tonalidades. Es el caso del diputado nacional Mauricio Ibarra, que en diciembre del 2013 cumple mandato y cuyo futuro es una incertidumbre, que invitó públicamente a la plaza y dio el presente.
Dice Aguiar sobre él que ya no es el que era, que su tracción electoral ha caído de manera significativa. Ahora tiene Ibarra delante suyo una disyuntiva importante: ¿se presentará el año que viene o se preservará para el 2015? Parece tener el ex intendente una sola bala en la cartuchera y tiene que decidir cuando la usa: si ahora, o espera desde el llano rezando para que llegue el desgaste de Gioja.
Lo mismo le ocurre a Rodolfo Colombo, según Maxi Aguiar. Le cuesta reencontrarse con sus niveles de aceptación y debe decidir su futuro en medio de toda esa hojarasca. Tuvo una participación del cacerolazo un tanto más tibia, pero mandó a su gente a dar el presente.
Aparecen también como condimento los cruces dentro del radicalismo. Volvió el presidente Hugo Domínguez de su licencia y se encontró con lo que creyó una operación en su contra de su reemplazante transitorio Roberto Pugliese. Hubo acusaciones cruzadas y distintas maneras de perfilarse para el año que viene: Domínguez dice que será candidato con el sello UCR, pero tiene trabajo por hacer. Fueron a la plaza por columnas separadas.
Y aparece también el Pro, lamiéndose aún las heridas por las crisis internas que llevó a la intervención del partido. El partido de Macri es el que más jugó a favor del cacerolazo, de manera encubierta, en todo el país. Y eso quedó claro también en San Juan, donde un candidato macrista publicó un aviso a toda página con la foto de Mauricio invitando a golpear las cacerolas a la plaza. El problema es que a ese candidato, que se llama Antonio Russo y parece ser el único en campaña, nadie lo registra ni lo valora dentro de su propio partido.
Y al fin, también están los bloquistas opositores que buscan separarse de Caselles pero amagan y no concretan, los cruzadistas de Avelín, los referentes locales de Binner, el socialismo. Todos en la misma coctelera y esperando a ver qué pasa.