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De película

Dos crímenes y el ardid para esconderse en San Juan: la historia desconocida del hermano de Pedro Saitta

El familiar del hombre que supo reinventarse bajo una identidad falsa para escapar de la Justicia de Mar del Plata, donde era buscado por un crimen cometido hace más de una década, incurrió en las mismas maniobras. Su caída en San Juan expuso el entramado que le permitió permanecer prófugo durante años y derivó en una serie de condenas que hoy se acumulan en su contra.

Por Redacción Tiempo de San Juan

La reciente condena a Pedro Saitta en San Juan volvió a poner en escena a un personaje que durante años logró moverse en las sombras gracias a una doble identidad. Pero detrás de su historia, marcada por estafas, una vida de lujos y un homicidio en la costa bonaerense, aparece otra figura menos conocida, aunque igual de oscura: la de su hermano, Nahuel Saitta, protagonista de una violenta saga criminal que tuvo su origen en los pasillos de la periferia de Mar del Plata.

Pedro Saitta fue condenado esta semana a tres años de prisión efectiva por estafa en San Juan, pena que se suma a otras causas locales y a una condena previa de 14 años por un homicidio cometido en 2013 en la ciudad costera. Durante años, logró evadir a la Justicia utilizando la identidad falsa de “Leonardo Sampieri”, bajo la cual construyó una fachada de empresario exitoso, con vehículos de alta gama y vínculos incluso con figuras del ambiente artístico.

Según reconstruyó una investigación del periodista Fernando del Río, del diario La Capital, la figura de Nahuel Saitta emerge de un entramado mucho más complejo: el de las guerras barriales que durante años sembraron terror en la zona de Villa Gascón, en Mar del Plata.

Allí, enfrentamientos entre grupos antagónicos, como la banda de los Saitta y la de los Suranitti, derivaron en una seguidilla de ataques armados, venganzas y asesinatos. En ese contexto, Nahuel Saitta fue señalado como uno de los protagonistas de un hecho clave: el crimen de Jesús Cicovicci, ocurrido en mayo de 2012 en medio de una escalada de violencia que incluyó múltiples tiroteos en pocas horas.

Por ese homicidio, años más tarde, fue condenado a 15 años de prisión.

Pero al igual que su hermano, Nahuel también logró eludir a la Justicia durante un largo período. Tras ser imputado, abandonó Mar del Plata y permaneció prófugo durante años. En ese tiempo, incluso violó un arresto domiciliario sin que las autoridades lo detectaran.

Su captura recién se concretó en San Juan, donde vivía bajo una identidad falsa: “Miguel Segundo Juárez”. Allí no solo se ocultaba, sino que había montado un negocio de compraventa de vehículos junto a Pedro, quien operaba con su propio alias.

La coincidencia no es menor: ambos hermanos lograron reconstruir sus vidas en otra provincia utilizando nombres falsos, integrándose a la actividad comercial y evitando durante años los controles judiciales.

El caso de Pedro Saitta tomó notoriedad en San Juan no solo por la estafa millonaria por la que fue condenado, con un perjuicio estimado en más de 45 millones de pesos, sino también por su pasado oculto. Se descubrió que era buscado por un homicidio en Mar del Plata y que había atravesado incluso el sistema judicial local sin ser identificado.

En paralelo, la caída de Nahuel permitió cerrar una de las causas más resonantes de la violencia barrial marplatense, en una historia atravesada por venganzas, enfrentamientos armados y múltiples víctimas, algunas de ellas ajenas a los conflictos.

Ambos casos dejan al descubierto un patrón: el uso de identidades falsas como herramienta para eludir a la Justicia y la capacidad de insertarse en nuevos entornos sin levantar sospechas. Pero también exponen el trasfondo de violencia del que provienen.

Mientras Pedro Saitta construía en San Juan una imagen de empresario -llegando incluso a colaborar con la producción de un videoclip del cantante L-Gante-, su pasado y el de su hermano estaban marcados por una historia mucho más cruda, nacida en los márgenes y atravesada por la lógica de las venganzas.

Hoy, con ambos condenados, esas dos trayectorias, es decir, la del engaño sofisticado y la de la violencia callejera, terminan por cruzarse en un mismo punto: el de una estructura familiar que logró, durante años, esquivar los controles del sistema judicial hasta que finalmente fue desarticulada.

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