Este martes 5 de septiembre se cumplen 21 años del doble crimen de la abogada sanjuanina Ana Gómez y su hija Natalí Verdú. Veintiún años para los dos asesinatos más violentos que recuerde la sociedad sanjuanina sigan, aún impunes y sin ningún culpable a la vista. Las dos mujeres aparecieron maniatadas y asesinadas a balazos en su casa, en pleno centro sanjuanino. Crímenes hubo muchos en la provincia pero ninguno con esa marca, típico de una venganza o con un sello mafioso.
Transcurrieron ya un poco más de dos décadas del impactante doble homicidio de Avenida Libertador y todavía hoy el misterio y la impunidad envuelven a ese terrible destino que corrieron la abogada Ana Dulcinea Gómez, de 49 años, y su hija de 16 años.
La intriga va de un extremo al otro. Porque a la fecha no lograron desentrañar el trasfondo y las motivaciones que pudieron haber contra esa mujer proveniente de una familia tradicional de Jáchal, madre en ese entonces de dos adolescentes y profesional del fuero civil que no tenía supuestamente problemas con nadie. Su otra actividad, la de la producción y comercialización de ganado junto a sus hermanos en Valle Fértil y Jáchal, aparentemente no le generaban conflicto alguno. O al menos, los investigadores policiales no despuntaron una sola pista con sustento para aclarar qué se ocultó detrás de tremendo ataque.
Su vida particular tampoco mostraba puntos flacos. Hacía nueve meses que Ana Gómez estaba separada del comerciante Jorge Verdú, con quien vivió por más de una década en la calle General Acha, en Trinidad. El venía de un matrimonio frustrado. Y si bien nunca se casó con la abogada, de esa convivencia nacieron Natalí y Emanuel. Tras el distanciamiento en diciembre del 2001, la relación entre ambos era buena, según algunos conocidos. Por el contrario, la familia de ella directamente se guardaba la opinión sobre el hombre.
La abogada junto a sus hijos en principio se fueron a vivir al domicilio de su madre en calle Patricias Sanjuaninas, en Capital, y en agosto del 2002 se mudaron a su casa recientemente comprada en Av. Libertador, cerca de Güemes.
De la adolescente, nada se podía decir. Tenía sólo 16 años. Estaba de novia, cursaba la secundaria en la EPET N°4 y sus días transcurrían sin sobresaltos entre el estudio y sus salidas familiares y de amigas. ¿Qué podrían tener contra ella?
La masacre
No se explica entonces el por qué entraron a esa casa a atacarlas durante la siesta del jueves 5 de septiembre del 2002. Ana Gómez y Natalí estaban solas. Todo indica que, el o los asesinos, ingresaron sin forzar las puertas. La sospecha es que eran conocidos de la familia y que una de las mujeres les abrió, pero también pudo suceder que los asesinos irrumpieran de forma sorpresiva en un descuido o por los fondos. A esta altura, no existe certeza de nada.
Lo concreto es que los atacantes eran profesionales y actuaron al menos dos para reducir a las mujeres. Ambas no se habrían resistido, posiblemente no esperaban ese horrendo final. A la abogada le ataron las manos hacia atrás con un cable y los pies con una media fina, a la vez que la tiraron sobre su cama y le taparon los ojos con una cuellera. A la chica le sujetaron las muñecas con un cable, el cual también fue anudado a su cuello. Además le cubrieron el rostro con una bolsa.
Especulan que los desconocidos estuvieron cerca de dos horas ahí adentro. En ese lapso revisaron los lugares en donde había documentación y destrozaron la CPU de la computadora. Qué más pasó y qué se dijeron, es todo un misterio. Seguramente fue una tortura para ambas, pero la peor agonía la sufrió Ana Gómez. Todo fue macabro, al parecer querían que ella escuchara los últimos gritos de su hija como para castigarla. De acuerdo a la autopsia, los criminales asesinaron primero a la adolescente por medio de dos disparos bien dirigidos: uno en la frente y otro en el pecho. Con una hora de diferencia, según las estimaciones de los forenses, mataron a la abogada. Al igual que su hija, fue literalmente ejecutada de dos balazos en la cabeza y otro en el pecho con un revólver calibre 32.
Se cuidaron de todo, pues encendieron el equipo de música y el televisor para que los gritos y los estruendos de los disparos pasaran inadvertidos en esa zona que, de por sí, es muy transitada. La fuga fue más escurridiza. No se encontró ni un solo testigo que haya visto salir a alguien de la casa de Av. Libertador. A partir de ahí, todas son especulaciones.
Más tarde, Emanuel –en aquel entonces de 14 años- llegó a la vivienda y encontró abierta la puerta del frente. No intuyo que algo grave había sucedido, pero al asomarse vio el desorden y salió asustado rumbo a la casa de su abuela para pedir ayuda. A los minutos, volvió con sus familiares. Ahí descubrieron ese siniestro escenario con el cadáver de la madre maniatado, vendado y con tres balazos dentro de un dormitorio y con el cuerpo sin vida, también ejecutado, de su hermana en otra habitación.
Sin rumbo
Mientras caía la fría noche del jueves, la conmoción en el centro sanjuanino crecía y la casa de avenida Libertador empezaba a llenarse de policías y funcionarios judiciales. Fue un hervidero de gente. La poca previsibilidad de los investigadores y la inoportuna presencia de curiosos de la misma fuerza hizo que cualquier entrara a la vivienda contaminando todo el lugar, recordó un jefe policial. Esto último o la mala recolección de rastros en la escena del crimen, en definitiva incidieron directamente en la investigación porque generó más desconcierto al no dar con ninguna pista concreta.
El único indicio sospechoso, que surgió por otro lado, fue el supuesto contacto que había tenido la abogada con tres veinticinqueños que ese día le vendieron rollos de alambres para sus campos. La Policía puso todas las fichas en ellos, bajo la teoría de que podía tratarse de un robo seguido de muerte. De hecho, detuvieron a esas personas, averiguaron sobre sus movimientos y las interrogaron. Sin embargo, la línea investigativa no condujo a nada y finalmente liberaron a los sospechosos por falta de pruebas en su contra.
En realidad, los investigadores apuntaban contra todos. Incluso miraron con desconfianza a Jorge Verdú, ex marido de Ana Gómez y padre de Natalí, pero no le descubrieron nada raro. Indagaron a los clientes en su actividad como abogada o en los negocios por la venta de animales y tampoco apareció un dato revelador. O trabajaron deficientemente en esa tarea o en verdad no surgieron sospechas sobre alguna de esas personas. Esto preanunciaba que la investigación no marchaba por buen camino. Y así fue, los días alejaron cada vez más la posibilidad de acercarse a la verdad y la causa judicial entró en un nudo ciego.
El polémico Jorge Verdú, que en ocasiones increpó a periodistas, intentó encarar una investigación por cuenta propia contratando a un ex policía. Más de una vez se lo escuchó afirmar por los medios que tenía nombres de sospechosos, de los posibles asesinos, y que había acercado las pruebas al juez Guillermo Adárvez, a cargo de la causa en el Tercer Juzgado de Instrucción. Lo cierto es que no existieron avances por ese lado. Era claro, él no iba a poder conseguir lo que la misma Policía ni el juez Adárvez no lograban o no se ocupaban.
Su reclamo igual siguió presente en todos estos años, incluso se sumó a la Asociación de Familiares y Víctimas de la Inseguridad para no bajar los brazos y acompañar a otras familias caídas en desgracia. Hasta llegó a ofrecer una recompensa de un auto 0km con tal obtener datos para esclarecer los crímenes de su ex mujer y su hija, aun así la única respuesta fue el silencio.
Transcurrieron 21 años y las incógnitas alrededor del doble crimen permanecen intactas. Si fue por una deuda a raíz de su trabajo como abogada, por una disputa de campos, por un negocio con el ganado o un problema de índole sentimental, probablemente nunca se sepa. Hay una sola verdad. Y es que los asesinatos tienen los condimentos de una venganza y que él o los asesinos continúan libres.
Fuente: Historias del Crimen de Walter Vilca