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Historias del Crimen

El muerto a balazos en un prostíbulo de Trinidad y el asesino anónimo

Fue una madrugada de enero de 1991 en un local nocturno de avenida Rioja. Tras una descomunal pelea encontraron asesinado a un cliente. Nunca se supo quién lo mató.

Por Walter Vilca 3 de abril de 2022 - 08:59

iParafraseando en parte a aquel antiguo juego, los policías preguntaron: “¿quién fue?”, apuntando a uno de los detenidos. El hombre señalado respondió: “¿yo señor?”. Un uniformado reiteró: “¡Sí, señor!, pero el sospechoso retrucó, “¡no señor!”. Entonces replicaron la pregunta a otro de los sospechosos y esa persona contestó: “¿Yo señor? ¡No señor!”. Así y así, continuó la ronda de interrogatorio uno tras otro: “¿quién fue?”. Y, como si fuese el juego del Gran Bonete, nadie se hizo cargo y todos se encerraron en la misma respuesta: “¿Yo señor? ¡No señor!

Pero aquel no fue un juego, lo que buscaban saber los policías era quién había asesinado a Lozano. Si bien estaba claro que todos los detenidos habían participado de la batahola dentro del prostíbulo, nadie reconoció jamás la autoría y tampoco señaló al ejecutor de los balazos con el que dieron muerto a ese cliente de la whiskería. Hoy, a 31 años de ese homicidio, se sigue preguntando quién fue.

No es un cuento. Ese asesinato sucedió la madrugada del 26 de enero de 1991 en el viejo y conocido prostíbulo “Can Can” en una esquina de la avenida Rioja y calle Belgrano, en la zona de Trinidad, en la Capital sanjuanina.

El negocio de la prostitución

En aquellos años esos locales que llamaban cabaret o whiskerías funcionaban con la supuesta regulación del propio Estado, que por medio de la Policía y la municipalidad controlaba los permisos de funcionamiento y las condiciones seguridad. Pero claro, esos lugares eran verdaderos negocios de proxenetas en donde explotaban sexualmente a mujeres, algunas de las cuales eran víctimas de Trata de personas.

A raíz del caso María Verón, la joven tucumana secuestrada y desaparecida en noviembre de 2002 por una red de trata, hubo un cambio en la legislación nacional y empezó una fuerte campaña para luchar contra ese delito y otras formas de explotación sexual. Con ello también penalizaron el funcionamiento de esos locales nocturnos en los que las mujeres eran ofrecidas como mercancía por sexo a cambio de dinero. Acá en San Juan, en noviembre de 2013 se aprobó una ley provincial que dispuso la prohibición de los cabarets, whiskerías, saunas y locales similares. En abril de 2014 pusieron en vigencia la ley, desde ese momento clausuraron para siempre decenas de whiskerías en todo el territorio provincial.

Un lugar concurrido

La whiskería “Can Can” no era la excepción de esos locales. Las chicas iban de mesa en mesa. Por allí pasaban clientes de todo tipo, algún que otro profesional, comerciantes, laburantes y jóvenes que buscaban diversión. También era el sitio elegido de los matones y cafishos que hacían suyas las noches entre copas y controlando a las mujeres.

El lugar. La whisquería estaba ubicada en esta zona. Allí también encontraron el cadáver dentro de una camioneta.

Lo que pasaba puertas adentro era un secreto. La primera norma en esos locales era la reserva. Por eso no se sabe realmente qué pasó esa madrugada del 26 de enero de 1991. De acuerdo a una publicación de Diario de Cuyo, los policías averiguaron que esa noche Miguel Lozano había estado en un asado y a eso de las 4 arribó junto a un grupo de amigos a la whiskería.

Una batahola

Hubo muchas versiones. Una decía que el problema se generó por la disputa por una joven. Otra hablaba de un mal entendido entre borrachos. De lo que existe certeza es que esa noche volaron las trompadas y los botellazos. Que fue una trifulca descomunal de varias personas y los desmanes provocaron la rotura de ventanas y la puerta del propio salón. Y que también se escucharon disparos en el interior y afuera.

Alguien llamó a la Policía. Cuando llegaron los efectivos de la Seccional 3ra no había casi nadie. Los uniformados sólo pudieron constatar que allí se había producido una verdadera batalla campal, pero no había heridos ni testigos que dieran detalles. El dueño aseguró que se trató de gresca, pero todo estaba solucionado. No mencionó sobre los tiros.

Ya había salido el sol y los policías planeaban retirarse. En esos instantes se les acercó una vecina que comentó a los uniformados que había escuchado disparos y gritos de gente pidiendo una ambulancia por una persona herida de bala. A partir de ese dato, los efectivos volvieron a la whiskería y revisaron cada rincón. No hallaron nada más que los daños por la gresca. Por otro lado, pidieron información a los hospitales y puestos de salud para saber si habían atendido a un herido de bala, pero no tuvieron novedades.

Un hallazgo inesperado

A todo eso, era media mañana. Nadie se había percatado hasta esa hora sobre la presencia de una camioneta Rastrojero estacionada a metros del local, sobre el lateral este de avenida Rioja. Alguien pasó cerca del vehículo y vio a una persona tendida en el asiento.

Avisó de la extraña situación a los policías, que de inmediato rodearon la camioneta y la abrieron para tratar de despertar al hombre que permanecía en su interior. Pensaron que dormía. Los uniformados abrieron grandes los ojos cuando movieron el cuerpo, intentando despertarlo, y vieron que estaba ensangrentado. El hombre tenía impactos de bala en el cuerpo. Estaba muerto.

Al rato, confirmaron que el fallecido se llamaba Miguel Lozano, tenía 38 años y domicilio en Capital. Según la nota periodística de Diario de Cuyo, la Policía reveló que había recibido tres impactos de bala: dos en el abdomen y otro a la altura del corazón. Ese mismo día detuvieron al dueño de la whiskería, llevaron a los amigos de la víctima y apresaron a otras personas que supuestamente participaron de la pelea.

Los sospechosos

Lo extraño es que no se volvió a publicar otra nota sobre el crimen en los días posteriores. Los registros judiciales rescatados indican que hubo siete personas imputadas en el caso, el principal sospechoso fue un tal Orlando Vargas porque fue visto peleando con la víctima. Los otros eran de apellido Gómez, Córdoba, Clavel, Zárate, Barbera y Cortez.

Nunca se supo a ciencia cierta cómo se originó la gresca y quién disparo contra Lozano. Los siete acusados fueron llevados a juicio en septiembre de 1992 por el delito de homicidio simple. Las declaraciones resultaron tan confusas e imprecisas que no pudieron esclarecer que pasó esa madrugada de enero de 1991. Es más, entre las versiones existente se dijo que la víctima recibió los balazos por accidente o que recibió los tiros en momentos en que intentaba separar a los revoltosos.

La absolución

Todos se declararon inocentes y ninguno acusó a otro. Finalmente, el tribunal resolvió absolver a los involucrados en razón de que no contaban con pruebas suficientes para responsabilizar a alguien del asesinato. El beneficio de la duda los favorecía.

Ese fallo fue apelado por la fiscal y la sentencia fue revisada por los jueces Mirtha Ivonne Salinas de Duano, Félix Herrero Martín y Ramón Avellaneda de la Sala II de la Cámara Penal. La representante del Ministerio Público Fiscal solicitó que revocaran esa sentencia absolutoria y que condenaran a todos los acusados a 4 años de prisión por el delito de homicidio en riña. Esto porque, si bien no se había determinado quién era el autor de los disparos, todos ellos habían participado del enfrentamiento que terminó con la muerte de Lozano.

El tribunal desechó los argumentos de la fiscal, rechazó el cambio de calificación y destacó que no podían condenar a ninguno de los acusados sin haber pruebas. Así también dejó instalada la posibilidad de que el autor del crimen no estuviese entre las personas juzgadas. Los jueces, además, remarcaron que no se tomaron testimonios a otras personas que hubiesen echado luz sobre lo sucedido y que el hecho no fue investigado debidamente, lo que confabuló con el resultado de la causa. Fue así que el 30 de noviembre de 1993 ratificó el fallo de primera instancia que absolvió a los imputados.

Con esto, el caso Lozano quedó sin culpables. Nunca encontraron al asesino o no pudieron identificarlo entre los sospechosos. El asesinato pasó al olvido, al igual que las historias de los cabarets y las whiskerías de San Juan, que más de una década después dejaron de existir.

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