Historias del Crimen

Amores que matan: dos amantes, un cómplice y un marido engañado, el asesinado

Es la historia de una mujer casada y su amante, quienes planearon deshacerse de su marido contratando a un amigo de la familia. Esto pasó en 1991 en Quinto Cuartel y fue un crimen brutal. El ejecutor quemó vivo al hombre engañado dentro de su camioneta.
domingo, 18 de octubre de 2020 · 09:00

Dicen que “hay amores que matan”. Y si bien es una metáfora, nada más real para reflejar aquella historia de amor teñida de drama y terror ocurrida en 1991 en la zona pocitana de Quinto Cuartel. Una truculenta novela de una mujer casada y su amante que buscaron  sacar del medio al hombre que se interponía entre ellos y convencieron a un amigo de la familia para que, por unas zapatillas y un mueble, asesinara de una manera atroz a ese marido engañado.

En apariencia lo que pasaba dentro de esa familia no era nada distinto a lo que sucede en otros hogares. Una mujer de 36 años, en este caso María Funes, desencantada de su matrimonio. Y un marido, el comprador y vendedor de aceitunas Oscar Elizondo, que ni se inmutaba por ese desamor y vivía como si nada pasara. El problema es que en esa complicada relación apareció un tercero en discordia, el camionero Vicente Olmos de 41 años, que se acercó como un amigo y al tiempo se instaló en la vivienda como un integrante más de la familia, con el agregado de que además era el amante de Funes. Todos bajo el mismo techo, con los hijos del matrimonio. Pero había alguien más, el joven vecino y amigo Alejandro Camacho, que frecuentaba el domicilio y era casi uno más del hogar.

Complicada relación

Para afuera mostraban la imagen de una pareja normal, pero existía la sensación de que una palabra o un mal gesto romperían  para  siempre la  tregua. María comentaba a sus conocidos que su esposa la golpeaba y maltrataba, y que ya había empezado a tramitar su divorcio. Por otro lado, cada vez se hacía más evidente su relación sentimental con Olmos y, aunque su marido supuestamente estaba al tanto de la infidelidad, prefería hacerse el distraído porque no estaba dispuesto a abandonar la vivienda. Es que paralelamente él, de 45 años, mantenía un romance con una vecina, según testimonios de la causa.

En esa trama de verdades calladas, de silencios cómplices y rencores guardados, también entraba Camacho. El joven de 19 años, que era amigo de los hijos de la pareja, guardaba un fuerte resentimiento contra el dueño de casa por algunas discusiones y polémicas. Esos desencuentros llevaron, incluso, a que en varias ocasiones se desafiaran a pelear. “Algún día nos juntaremos los dos solos y nos sacaremos las ganas y las broncas”, solía expresar el muchacho para provocar a Elizondo.

El homicida. Este es Vicente Olmos, Foto: Diario de Cuyo

María Funes no desperdició esa situación y allá por abril de 1991 empezó a maquinar la forma de sacar del medio a su marido. Y ahí pensó en Camacho, si se quiere el mejor candidato y con mayores motivos para liquidar al comerciante. Nunca se supo si la mujer urdió el perverso plan de cómo asesinarlo o lo dejó a elección del muchacho, pero fue ella quien le hizo la descabellada propuesta y ofreció pagarle. Olmos estaba al tanto de todo, de hecho él se encargaría de acordar el precio con el posible sicario.

A Camacho, que soñaba con entrar a la Policía Federal, la idea le resultó por de más disparatada. Sin embargo, preso de su ingenuidad y la propia necesidad, a los días cambió de opinión y se dejó llevar por el odio contra Elizondo. Así fue que aceptó hacer el trabajo sucio. A cambio no pidió mucho: un par de zapatillas Adidas y un juego de dormitorio nuevo. Olmos estuvo más que de acuerdo con ese pago, la única recomendación que le dio fue que, si lo descubrían, que “muriera callado”.

La ejecución

El día elegido fue el lunes 22 de abril. Camacho apareció en horas de la tarde en la casa de los Elizondo Funes y como de costumbre se quedó charlando con la familia hasta que se hizo de noche. Pasadas las 21 llegó el dueño de casa, saludó a todos y entró a su habitación. En un momento dado lo llamaron para cenar, mientras tanto el joven vecino aprovechó para hablar a solas con el comerciante y le comentó que tenía aceitunas a buen precio para venderle. En realidad era un anzuelo. Elizondo, que no sospechaba nada, mostró su interés por la oferta y sin querer cayó en la trampa. El muchacho siguió con su macabro juego asegurándole que era un buen negocio y lo invitó a reunirse más tarde en las calles 8 y Costa Canal.

Acordada la cita, uno abandonó la vivienda en su bicicleta y fue a preparar la emboscada. El otro salió minutos más tarde en su camioneta Chevrolet sin imaginar lo que le esperaba.

El encuentro se dio en un sitio deshabitado. Camacho ya estaba esperando al comerciante. Cuando éste llegó, el joven cargó su bicicleta en la caja del vehículo e indicó que debían ir a una finca, de modo que continuaron camino hasta un lugar mucho más oscuro y desolado en el callejón Morla.

Una vez allí, pidió que parara el vehículo en medio de la nada. Elizondo miró extrañado al joven changarín, entonces éste se sinceró y fue al grano. No había aceitunas ni negocio por concretar, le explicó. Lo había llevado hasta ese sitio para que saldaran a solas las cuentas pendientes entre ellos.

Ambos bajaron de la camioneta y a lo guapo se plantaron frente a frente y apretaron sus puños para dar comienzo a la pelea que tanto se prometían. La primera, y la última, con la luna como única testigo. De acuerdo a lo que se reconstruyó en la causa, el joven tiró un golpe y vino la respuesta. Sólo ellos dos saben quién ganó en ese primer cruce cuerpo a cuerpo. Al momento de trenzarse, Camacho tumbó a Elizondo y lo tomó del cuello. Supuestamente lo sujetó tan fuerte que empezó a asfixiarlo hasta que lo dejó inconsciente.

La asesina. Maria Funes

Como pudo subió al comerciante a la cabina de la Chevrolet. Rápido de reflejos, con un bidón y una manguera que había detrás del asiento, sacó nafta del tanque vehículo y sin miramientos lo roció sobre el cuerpo de Elizondo y en el interior del rodado.

Bastó con encender un fósforo para iniciar el fuego, que desató una verdadera y mortal hoguera dentro de la camioneta. En esos segundos en que las llamas envolvían el cuerpo, el muchacho agarró su bicicleta y escapó por el callejón convencido de que ya no había vuelta atrás.

“No lo busque”

A la mañana siguiente se presentó en la casa de su víctima. Funes salió a su encuentro y, desconociendo aún la suerte de su marido, le contó que éste no había regresado en toda la noche. La respuesta de Camacho fue tajante: “no lo busque, que no va a volver…” En otras palabras, le decía que ya había cumplido su parte del trato.

Por esas horas, un parroquiano que pasaba por el callejón Morla encontró la camioneta quemada con el cadáver calcinado en su interior. Al rato el lugar se llenó de policías y curiosos. Uno de los vecinos reconoció la camioneta de Elizondo y los investigadores terminaron por confirmar que el fallecido era el comerciante. La viuda hizo su puesta en escena cuando fueron a darle la terrible noticia y largó en llanto fingiendo estar apesadumbrada, según la Policía.

A medida que indagaban, los policías se adentraban más en la vida íntima del difunto y surgían sospechas de un lado y de otro. Una hipótesis era la de una posible venganza por un malogrado negocio, y otra, la de un asesinato con trasfondo pasional. Es más, los investigadores llevaron demorados a la supuesta amante de Elizondo y al esposo para hacerles unas preguntas. Tarde o temprano  igualmente reforzaron la sospecha de que el homicidio tenía esas motivaciones, pero venían por el lado de la mujer del fallecido. Y es que entre las cosas que se decían, saltó la historia amorosa entre Funes y Olmos.

Ese dato fue la pista clave que obligó a los policías a trasladar a Vicente Olmos a la sede de la Brigada de Investigaciones para interrogarlo. El camionero no era delincuente y no había preparado su coartada, de manera que al sentirse abrumado por las preguntas acabó por confesar todo y delató a Alejandro Camargo como el autor material del crimen. El miércoles 24, al otro día del hallazgo del cadáver, apresaron al joven en una calle de Pocito. Éste tampoco aguantó la presión y se autoincriminó, a la vez que reveló que los mentores del asesinato habían sido Funes y su novio.

La mujer mientras tanto estaba en Valle Fértil velando los restos de su difunto esposo. Y hacia allí partió una comisión policial para detenerla. No querían escándalo, es así que llegaron a la casa de duelo y con mucho disimulo uno de los policías de civil entró al velatorio y pidió a Funes que saliera un minuto para hacerle una consulta. Cuando ella atravesó el umbral de la puerta, los hombres de los rostros duros la tomaron de los brazos, la subieron a un coche y le comunicaron que quedaba presa.

La fatídica historia cerraba su círculo con las propias confesiones de sus partícipes, casi parafraseando alguna estrofa de la famosa  tonada Allá en el Quinto Cuartel: “Ardieron dos corazones, allá en el Quinto Cuartel… Uno de los dos sobraba y le tocó morir a él….”, tal como la citó un viejo periodista en ese entonces.

Unidos por siempre

Un año y medio más tarde, el juez del Segundo Juzgado Penal dictó sentencia contra los tres acusados. A Alejandro Camacho lo condenaron a prisión perpetua por autor material del delito de homicidio agravado por el precio o promesa remuneratoria. La misma pena recibieron María Funes y Vicente Olmos por ser los instigadores del asesinato.

Lo que hay que reconocer es que pese a tremendo crimen y las consecuencias que debieron pagar, Olmos y Funes nunca se separaron. Ese amor que nació a principio de los `90 y sobrevivió en medio del horror, perduró a lo largo de los años aun estando entre rejas y se sobrepuso en las buenas y las malas.  Cuando obtuvieron los beneficios de las salidas transitorias de la cárcel en 2001, ambos escaparon para no volver más a su presidio y buscaron refugio en Buenos Aires intentando rehacer la vida en pareja que tanto tiempo le estuvo vedada. La aventura le duró una década. En marzo de 2011 fueron recapturados por la Policía en un domicilio de Villa del Carril, en Capital. Fue después que regresaran a la provincia creyendo que nadie los iba a buscar.

De Camacho no sabe nada desde que salió en libertad antes del 2010. Olmos y Funes volvieron a la cárcel por un tiempo para cumplir con su condena, pero en la actualidad ya están libres. Pero aún así, ni estando en libertad la mujer consiguió una paz duradera. El 17 de julio de 2015, unos ladrones asesinaron a su hijo Rubén Elizondo de un disparo durante un asalto en un taller metalúrgico de Villa del Carril. El muchacho era penitenciario y había sufrido todo el drama por el asesinato de su padre y por el hecho de ver a su madre presa.

Comentarios