Historias del crimen

Arena, el abusador de niñas detrás del gran maestro de karate

Osvaldo Rufino Arena supo ser uno de los máximos exponentes de las artes marciales en San Juan. En Febrero de 2010 fue denunciado por abusar de una alumna de su escuela de karate. A esa acusación se sumaron otras y puso al descubierto que, detrás de esa fachada de hombre respetable, era un pervertido sexual. Por Walter Vilca
domingo, 14 de julio de 2019 · 17:51

Su sola presencia inspiraba respeto. Su voz gruesa, su postura bien erguida impresionaba, su cabello siempre corto y sus buenos modales daban esa sensación de un hombre extremadamente correcto. En apariencia, un buen esposo y padre de familia con hijos adultos y hasta nietos. Adónde iba se lo respetaba. Supo ser el gran Sensei, el maestro de generaciones de profesionales en las artes marciales e instructor de oficiales y suboficiales de la mismísima Escuela de Policía. En otras palabras, Osvaldo Arena era una personalidad pública con prestigio propio y reconocimiento en la provincia de San Juan. Pero como pasa en la vida, todos tienen sus secretos y miserias. Y el guardaba los suyos, uno de los más deleznables y aberrantes como es el apetito sexual por los niños. Si se quiere, su historia oculta se puso al descubierto en febrero de 2010 con una primera denuncia y ese fue el principio y el final de “El Toro” Arena, el gran maestro de karate devenido en abusador serial.

Es probable que sus desviaciones sexuales eran un secreto a voces, pero nunca nadie dijo ni una palabra. Es posible también que hayan sido muchas sus víctimas, pero jamás se sabrá, quedaran en el oscuro y doloroso recuerdo de aquellos que sufrieron en carne propia las humillaciones de Osvaldo Rufino Arena.

El profesor gozaba de la impunidad del hombre reconocido públicamente y amigo del poder. Su imagen había salido cientos de veces en la televisión y en las páginas de los diarios, era casi intocable por su trayectoria deportiva. Su vida en su casa en Villa Marini, Santa Lucía, era reservada y tampoco tenía sobresaltos. Además de enseñar artes marciales en la Escuela de Policía de San Juan, daba clases en un salón de la escuela municipal de karate en su barrio en Santa Lucía, en un local de SOEVA y en la sede de UPCN, en Capital. Sin embargo, esa imagen de señor pulcro y serio comenzó a desmoronarse en febrero de 2010 cuando una mujer se presentó en la Seccional 29na y denunció a Osvaldo Arena por los abusos sexuales contra su hija, de apenas 8 años.

La niña dio un testimonio desgarrador. Contó que el profesor de karate la separaba del grupo de chicos y la llevaba a una habitación pegada al salón de clases de la escuela municipal de artes marciales de Santa Lucía, en Villa Marini. Que ahí, estando solos y con la excusa de hacer ejercicios de elongación, la sometía a manoseos y otros vejámenes. No fue una vez, sino varias veces, incluso también lo hizo en el interior del local de SOEVA.

La caída del maestro

La acusación sorprendió a muchos y fue tildada de dudosa. Claro, Arena era un “prestigioso” profesor. Cuando se hizo pública la denuncia en los medios, surgieron especulaciones de todo tipo mientras que a través de las redes sociales aparecieron versiones de otras chicas que habían sufrido lo mismo años anteriores. Esas víctimas luego perdieron el miedo, sacaron a luz su drama y en las semanas siguientes sus padres se animaron a denunciar. Entre ellos el caso de una niña de 10 años que relató que tomó clases con Arenas desde septiembre de 2004 hasta noviembre de 2005 en UPCN y que durante ese periodo padeció los abusos sexuales del profesor. Esa pequeña aseguró que era sometida casi todos los días. La martirizaba y la manipulaba diciéndole que “la preparaba para cuando tuviera novio”.

Otra historia similar vivió una adolescente de 15 años que declaró que tuvo como profesor a Arena entre de 2003 y 2006 y que ese último año atravesó un infierno. Los abusos se producían en la escuela de artes marciales de Villa de Marini, pero en una ocasión también la sometió en el camping de Zonda cuando hicieron una excursión. Algo parecido pasó con otra niña de 12 años que tuvo esas terribles experiencias dentro de las escuelas de karate de Villa Marini y SOEVA. La metodología que usaba se repetía. Las apartaba del resto de la clase y en un lugar privado ordenaba que hicieran posturas o ejercicios de elongación, circunstancias que eran aprovechadas por él para ultrajarlas. Todas coincidieron que una de sus prácticas habituales era obligarlas a hacer esas poses llamadas “gato bueno” y “gato malo”, ante lo cual él se acercaba para besarlas, tocarlas y avasallarlas en lo más íntimo. Las chicas estaban indefensas y denigradas al extremo frente a todo lo que representaba su profesor. Cosa curiosa, Arena hacía del “respeto” un culto y hablaba de “principios y valores” arraigados en las artes marciales, aunque él no los cumpliera.

Acorralado por las denuncias, en un momento el profesor de karate intentó burlar a la justicia manteniéndose oculto pero el escándalo público fue tal que finalmente se entregó voluntariamente en el Tercer Juzgado de Instrucción y quedó detenido en marzo de 2010. Tenía 64 años cuando cayó preso. Mucho tuvo que ver la fiscal de instrucción María Teresa Ravetti, que acompañó a las víctimas para que sostuvieran las denuncias.

Hasta hoy existe la presunción de que otras niñas o jóvenes callaron por miedo y vergüenza y no denunciaron sus casos a la justicia, pero los testimonios de esas cuatro chicas sirvieron para desenmascarar al profesor de karate. Y es que no era quién decía ser. Los informes psicológicos develaron su verdadera personalidad. Porque detrás de esa impresión que daba a partir de su trayectoria, sus buenos modales y el respeto que inculcaba, se escondía el otro Arena: el hostil, el agresivo, el manipulador, el frío, el sin afecto ni sentimiento de culpa, el inmaduro sexualmente y transgresor a las reglas morales. Lo peor, el hombre con un trastorno antisocial, un psicópata con tendencia a la perversión e inclinación a la parafilia; es decir, el gusto por vínculos sexuales anormales –en su caso, por los menores-, según el expediente judicial.

El juicio

“El Toro” Arena, tal como lo apodaban sus amigos y conocidos, fue llevado a juicio en mayo de 2012 en la Sala II de la Cámara Pena y Correccional. La por entonces fiscal de cámara Alicia Esquivel Puigrrós tuvo una ardua tarea a la hora de exponer todas las abrumadoras pruebas contra el profesor de karate. Ahí también estuvieron los abogados Juan Bautista Bueno de la Cruz, Sergio Názara y Eduardo Cáceres –actual diputado nacional-, que actuaron como querellantes.

Las audiencias fueron un desfile de testigos y peritos. Arena nunca reconoció sus aberrantes delitos; en todo caso, con mucha soberbia intentó desprestigiar a las víctimas y menoscabarlas. Era la estrategia de su defensa. Lo más conmovedor fue escuchar los relatos de las nenas y en especial el del papá de una de ellas que, devastado y entre lágrimas, dijo con un gran sentimiento de culpa: “yo le entregué a mis tres hijas…” Esto porque él llevaba a las nenas a la escuela de karate. Cada recuerdo removía el dolor. Y es que en una oportunidad en que ese papá esperaba a su hija en la puerta de la escuela sin saber lo que pasaba adentro, el profesor de karate estaba abusando de ella en un cuarto contiguo.

Las acusaciones eran muy graves: abuso sexual gravemente ultrajante, reiterado, y abuso sexual con acceso carnal agravado, reiterado. La fiscal Esquivel Puigrrós pidió una pena de 47 años de cárcel. Los abogados querellantes fueron por más, solicitaron una condena de 50 años. La defensa buscó desvirtuar las acusaciones y en ese sentido aseguró que el profesor era inocente, que por tanto merecía la absolución. El castigo fue ejemplar. En un fallo sin precedentes, los jueces Ernesto Kerman, Juan Carlos Peluc Noguera y Félix Herrero Martín condenaron a 40 años de prisión al reconocido Osvaldo Rufino Arena, que en ese entonces tenía 66 años.

El resultado de los cómputos de la condena indica que debería estar preso hasta marzo de 2050. Arena soportó sin problema los primeros años dentro de la cárcel, pero en 2016 sufrió un derrame cerebral y fue intervenido quirúrgicamente. Permaneció internado por un largo tiempo y una vez que se recuperó su defensora pidió la prisión domiciliaria para él, dado que el daño cerebral lo dejó con parálisis en parte del cuerpo. Desde hace más de un año que goza de ese beneficio en la casa de un familiar, aunque jamás volvió a ser ese gran maestro del karate y hoy paga sus deudas postrado en una silla de rueda, más solo que nunca.

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