Historias del crimen

El caucetero que masacró a su mujer, fugó y volvió a la escena del crimen

Es la historia de un hipoacúsico que no aceptaba la separación. Atacó a puntazos a su pareja y antes de huir sembró pistas falsas para hacer creer que era un robo. Después volvió y fingió que no sabía nada, pero lo atraparon. Ocurrió en julio de 2008 en Caucete. Por Walter Vilca.
domingo, 24 de marzo de 2019 · 12:25

Como pocas veces pasa, él sí cumplió con aquello que dice que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen.

No fue el morbo ni sus ansias por asegurarse de haber culminado su tarea, regresó con la sola idea de armar su coartada y fingir que desconocía lo sucedido. Pero se equivocó. En la puerta de su casa estaban los vecinos y familiares de su mujer, que apenas lo vieron, gritaron: “ese es el hijo de puta… Él la mató...”, mientras trataban de abalanzarse para agarrarlo y hacer justicia por mano propia. Rápido de reflejo, un policía lo tomó del brazo y lo metió de prepo por el portón hacia el fondo de la vivienda para evitar que lo lincharan. Él siguió actuando y balbuceo desesperado: “quién la ha matado. Quién la ha matado…”, pero en el fondo sabía que estaba en verdaderos problemas.

Fue como si Ernesto Ariel Jaime hubiese ido a entregarse solo. Adentro de esa casa de Caucete, que para entonces estaba llena de policías y rodeada de curiosos, yacía el cadáver de su mujer Myriam Cristina González, de 47 años. El cuadro era espantoso. Su cuerpo permanecía tirado bajo la ducha, todo cubierto de sangre y con algo verdaderamente estremecedor, pues todavía tenía clavado el cuchillo en el cuello debajo del mentón.

Resulta muy cruda la descripción, pero es lo que ocurrió la tarde del jueves 17 de julio de 2008 en un domicilio de la manzana 6 del barrio Los Olivos, en la ciudad de Caucete. El personaje de esta historia es Ernesto Jaime, un hipoacúsico de 49 años – en ese momento- que masacró a su mujer Myriam González de 7 puntazos, en uno de los crímenes más brutales que se recuerde en San Juan.

Fue el corolario de una serie de desavenencias y discusiones que llevaba la pareja desde hacía meses. González, que era madre de una adolescente y un muchacho que ya no vivía con ella, estaba hastiada de Jaime. Es que este no aportaba económicamente en el hogar, no trabajaba y la pensión que cobraba no ayudaba casi en nada. En cambio ella trabajaba de empleada administrativa en el municipio de 9 de Julio y hacia otros trabajos para mantener a la hija de ambos, de 15 años, y sostener la casa. Es verdad que Jaime a veces limpiaba la vivienda y cocinaba, pero no era suficiente. Los quince años de convivencia y los sucesivos desencuentros entre la pareja hicieron llegar a un punto limite a la señora, que cansada de pedirle que buscara trabajo, exigía a Jaime que se separaran y que abandonara el  hogar.

Ya lo habían hablado, pero él no cedía. Sus respuestas eran gritos e insultos. Se cerraba en no marcharse. Decía que no sabía adónde ir y ellos eran su única familia. El hombre, que venía un matrimonio anterior y dos hijos de esa otra pareja, entró en pánico al ver que perdía todo y se lo veía nervioso, fastidioso. Era de tener mal carácter. Su hija contaba que cuando su padre no andaba de humor era “mal hablado”, la insultaba para que se levantara de la cama y más de una vez la golpeó.

Por lo visto, Jaime se vio en un abismo. Su sordera y su dificultad en el habla, siempre fue un problema para él y quizás creyó que su vida se terminaba si se alejaba de Myriam y su hija. La mujer ya no sabía qué hacer. Había comentado a sus hermanas y parientes la penosa situación y lo complicado que era hacerle entender a Jaime que la relación no tenía retorno. Y no sentía miedo por ella misma, por el contrario, como veía alterado a su marido en un momento pensó que él podía intentar suicidarse. Eso le preocupaba.

Tarde fatídica

El clima era tenso en el hogar, entre los dos apenas cruzaban palabras y la hija de ambos estaba al tanto de la posible ruptura de la pareja. Todo eso fue minando la cabeza de Jaime, que en algún momento empezó a maquinar su macabra idea en busca de calmar su despecho. Un plan siniestro que ejecutó el jueves 17 de julio de 2008.

Eligió ese día porque su hija adolescente –la única que vivía con ellos- se encontraba en la casa de su amiga. 
Ese mediodía Jaime preparó la comida y esperó que Myriam González regresara del trabajo. Al parecer almorzaron juntos y él aguardó el instante preciso para descargar su furia. Cuando la mujer entró al baño, el hipoacúsico tomó un cuchillo, caminó por detrás y la atacó salvajemente. Ella procuró defenderse y puso sus manos para cubrirse, pero nada detuvo a Jaime, que le clavó una y otra vez esa hoja metálica de 20 centímetros de largo. En el forcejo tiraron el cesto de basura y volcaron el inodoro. El hombre no tuvo compasión, tanto que le propinó puntazos cerca de las mamas y en otras partes del tórax, también en el rostro y en el cuello. Tan desalmado fue que le incrustó el cuchillo en el cuello y se lo dejó clavado debajo del mentón. Myriam murió desangrada, ahogada en esos gritos aterradores que salían del baño y que nadie escuchó. 

Él luego actuó de una manera fría y calculadora. Se limpió la sangre en su cuerpo, se cambió de ropa y provocó desorden en el dormitorio, con vistas a hacer creer que todo era producto de un robo. De hecho, abrió la billetera de su mujer, sustrajo el dinero y los tickets canasta, y la tiró en el pasillo. Ahí también tomó un pedazo de papel y escribió: “Ernesto no me vayas a buscar, me voy a venir en remis Myria (sic)”, como para sembrar pistas falsas. Después, el hombre escapó de la casa en bicicleta, llevándose una bolsa con su ropa manchada de sangre y algunos objetos de su mujer.

El hallazgo

Jaime desconocía que Myriam se había mensajeado durante la mañana con una hermana y una sobrina, a quienes les había pedido que fuesen a visitarla en horas de la tarde porque su suegra planeaba ir y no quería estar sola con ella. Justamente esa sobrina, llamada Lorena Capdevilla, llegó a la casa del barrio Los Olivos a eso de las 15.40 y se cansó de llamar a la puerta. La joven se retiró y al rato se contactó con su otra tía, Virginia González, para contarle que Myriam no atendía ni respondía los llamados al teléfono fijo y al celular. Alrededor de las 17, las dos mujeres se presentaron en el domicilio y golpearon nuevamente la puerta. No salía nadie, entonces entraron por el portón del costado que estaba abierto y cuando se asomaron por la ventana vieron los platos con restos de comida en la mesa y el televisor encendido. Fue ahí que decidieron abrir la puerta de la cocina e ingresaron. Mientras caminaban por el interior de la casa vieron la billetera tirada en el pasillo, el desorden en el dormitorio principal y la luz que salía por la puerta entreabierta del baño. Una de ellas empujó esa puerta y casi cayó del espanto. Myriam González estaba tendida bajo la ducha, toda ensangrentada y con un cuchillo en el cuello. Ambas salieron gritando a la vereda y pidieron ayuda. Los vecinos corrieron a socorrerlas y llamaron a la Seccional 9na, cuyos policías no tardaron en llegar y encontraron ese terrorífico cuadro dentro del baño.

La conmoción se apoderó de todo el barrio y más tarde el lugar se llenó de policías de la Brigada de Investigaciones, de peritos y funcionarios judiciales. Esos investigadores no ocultaron su sorpresa por cómo estaba el cadáver, con el cuchillo clavado en el cuello. Durante la inspección dentro de la vivienda encontraron ese papel con el supuesto mensaje de Myriam. Obvio que sospecharon que podía tratarse de un asesinato en ocasión de robo, pero la hipótesis cambió en el momento en que empezaron a entrevistar a los familiares de la mujer fallecida. La hermana y otros allegados directamente apuntaron contra Jaime, que curiosamente había desaparecido, por las sucesivas discusiones que mantenía la pareja por motivo de la separación. Algunos vecinos también conocían de esta situación.

Volver a la escena

Se decían muchas cosas afuera y dentro de la casa. En la calle había un mundo de gente. En medio de ese alboroto, a eso de las 19, apareció sorpresivamente Ernesto Jaime a bordo de su bicicleta fingiendo no saber nada. Su sola presencia despertó la bronca de la hermana de Myriam y algunos vecinos, que empezaron a gritar: “ese es el hijo de puta… Él la mató…” Por el contrario, él puso cara de desconcierto ante la muchedumbre. Un policía se percató y rápidamente lo tomó de un brazo, y junto a un subcomisario lo hicieron entrar rápido al fondo de la casa para protegerlo. Su subconsciente lo traicionó en esos segundos: “quién la ha matado. Quién la ha matado”, largó Jaime, siguiendo su actuación. A los minutos lo trasladaron fuertemente custodiado en un patrullero hasta la comisaría

Más tarde, los policías requisaron su ropa y le secuestraron dinero y los tickets canasta a nombre de Myriam que había sacado de su billetera. Jaime no pudo sostener su mentira y confesó que había ocultado la bolsa con la ropa manchada en sangre y las pertenencias de su mujer en un lugar del Hospital Guillermo Rawson, en Capital. Hacia allí se dirigieron los policías de Caucete y efectivamente encontraron la bolsa con esas cosas.

Desde un principio, Jaime quedó como único imputado en la causa. Todas las pruebas apuntaban contra él. Los testimonios de los vecinos lo situaron en la casa, antes y después del crimen. Es que lo habían visto, incluso una persona lo vio cuando se marchaba en bicicleta alrededor de las 15 de ese día. Los exámenes hechos sobre esas manchas de sangre en la ropa perteneciente al hipoacúsico, revelaron que tenían el ADN de su mujer. La pericia caligráfica en ese papel también indicó que había sido él quien había escrito el mensaje.

El nunca reconoció su responsabilidad en el asesinato y mantuvo esa postura incluso durante el juicio que se realizó en abril del 2010 en la Sala I de la Cámara en lo Penal y Correccional. Lo único que dijo en sus últimas palabras antes del veredicto, fue: “La quería mucho a Myriam y quiero ver a mi hija. La quiero mucho. No voy a declarar porque no sé hablar". El tribunal presidido por el juez Raúl Iglesias, acompañado por los camaristas Arturo Belert Frau y Eduardo Gil finalmente condenó a Ernesto Ariel Jaime a 15 años de cárcel por los delitos de homicidio simple y hurto. Actualmente continúa preso en el penal de Chimbas, pero comenzó a gozar de salidas transitorias.
 

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