De día, padre de familia y policía de calle de la Seccional 1ra. De noche, un solitario sujeto que se convertía en un monstruo en la oscuridad y salía a violar en zonas desoladas del Gran San Juan. Esa es la terrorífica y particular historia de un agente de la Policía que llevaba una doble vida y que a punta de pistola cometió casi media docena de ataques sexuales entre 1990 y 1993, aunque siempre persistirán las sospechas que fueron muchas más sus víctimas.
Hay otros antecedentes de miembros de la fuerza de seguridad involucrados en delitos sexuales, pero pocos como el del agente Andrés Omar Páez, a quienes sus compañeros policías apodaban “Chichoto”. Nadie podía imaginar que detrás de esa imagen del tipo casado y padre de dos niños que vivía en el Lote Hogar Nº1 de Chimbas, se escondía un violador serial. A decir verdad, tampoco aparentaba ser un sujeto violento y era uno más entre los policías de la brigada de calle de la comisaría del centro de la capital provincial. De baja estatura, de contextura robusta y morocho, pasaba inadvertido para sus jefes policiales y sus compañeros, eso también le daba la impunidad para apartarse de la Ley y subrepticiamente sacar su verdadero rostro de psicópata sexual cada vez que caía la noche.
Asusta pensar cuándo comenzó su carrera criminal. Un viejo policía de los años 90 contó que les quedó la amarga sensación que el “Chichoto” Páez perpetró decenas de abusos sexuales antes y durante esos seis hechos que fueron denunciados, posiblemente otros casos que nunca salieron a luz por la vergüenza y el miedo de sus víctimas.
Sus ataques
Sólo hay constancia de esos hechos que llegaron a la justicia, como el que padeció una chica de 18 años y su novio a los que sorprendió la noche del 10 de octubre de 1990 en una zona oscura en inmediaciones del Acceso Este y calle Gorriti, en Santa Lucía. Eran las 23 y los jóvenes estaban besándose dentro de un auto. De pronto apareció un hombre en bicicleta, se puso a la par del coche y encañonándolos con un arma ordenó a la pareja a descender del vehículo. “Policía”, dijo el desconocido, y obligó a los dos chicos a arrodillarse y poner sus manos en la nuca. Exigió a la muchacha que se quitara la remera y con esa misma prenda le tapó la cara a su novio, mientras que a éste le sacó el cinto para atarle las manos a la espalda e hizo que se tirara boca abajo.
Una vez que lo redujo arremetió contra la chica, a la que desvistió y empezó a manosear dispuesto a violarla. Es más, estaba encima de ella con el pantalón abajo cuando ésta reaccionó al ver que había dejado la pistola a un costado y le pegó una patada. La joven salió corriendo a los gritos. El agresor intentó perseguirla y largó un tiro para detenerla, pero no lo consiguió. A todo eso, el novio logró liberarse y escapó desesperado en otra dirección. Al rato, la pareja pudo reencontrarse y buscó ayuda. Para cuando volvieron al lugar con la Policía, sólo encontraron el auto y una vaina servida producto del disparo que efectuó el violador.
Pasó un año y medio que no tuvieron noticias de un hecho similar, aunque se cree que en ese lapso cometió otros ataques. La madrugada del 13 de abril de 1992, el violador apareció otra vez. Fue en el descampado de callejón Las Flores, detrás del ex frigorífico SAISA y cerca de calle Sargento Cabral, en Capital. En esa ocasión, vestido con uniforme policial y también montado en una bicicleta. La víctima fue otra joven que iba en bicicleta con su novio. El desconocido repitió el accionar. Se identificó como policía, exigió a la pareja que pusiera sus manos detrás de la nuca y se arrojara al suelo. Maniató al muchacho con su propia ropa y en su presencia violó a la chica de una manera brutal, mientras le ponía la pistola en la cabeza. Cuando se cansó de abusar de ella, ordenó que se alejaran rápidamente sin mirar atrás.
Este último ataque causó mucha conmoción por las repercusiones en los medios y por más que la Policía intensificó la búsqueda del violador, no lograron identificarlo. El “Chichoto” Páez entonces prefirió guardarse un tiempo y reapareció en septiembre de 1993, más furibundo. El día 5 de ese mes en horas de la noche emboscó a una joven pareja que caminaba cerca de un baldío en Villa Unión, Chimbas. Andaba en su bicicleta. Detuvo a los jóvenes a punta de pistola, les dijo que era policía y que estaba haciendo un procedimiento. Como en los otros hechos, obligó al muchacho a tirarse al piso. Después se fue contra la chica. Con la excusa de requisarla, empezó a manosearla. Ella suplicó que la dejara en paz, le explicó que no estaban haciendo nada hasta que en un momento dado miró el rostro del abusador y le dijo: “lo conozco, usted es policía…tengo un pariente comisario”. Eso dejó en jaque al violador que, presintiendo que podían identificarlo, optó por soltar a la chica y ordenó que se marcharan de inmediato.
Tres días más tarde, la noche del 8 de septiembre de 1993, el policía violador atacó de nuevo en cercanías del barrio Sarmiento en Chimbas. Fue a eso de las 20. Arrinconó a una chica que caminaba por las calles Mendoza y Santa Cruz y alegando ser policía empezó a palparle el cuerpo. Ahí la manoseó, entre tanto le propuso tener sexo. Ella logró zafar y corrió, de modo que escapó hasta que lo perdió vista.
Esa chica estaba tan asustada que llegó a su casa y contó lo sucedido a su hermano que era carnicero, quien salió furioso con un cuchillo en la mano a buscar al abusador. A todo eso, el policía violador no perdió el tiempo y sobre calle Neuquén emprendió contra dos hermanas adolescentes que volvían de la escuela. Las sorprendió por la espalda y las abrazó a ambas. “Muestren algo…”, les largó amenazante, a la vez que esgrimía el arma y las tironeaba procurando llevarlas a un callejón oscuro. Temiendo lo que podía pasar, las jovencitas empezaron a forcejear con el sujeto para liberarse y en medio de los empujones los tres se cayeron. Una de ellas aprovechó para arrebatarle la pistola y escapó con su hermana por detrás.
El desconocido las persiguió. Y por cuestión del destino justo se toparon con la otra chica a la que había intentado violador minutos antes cerca del barrio Sarmiento, que iba acompañada por el carnicero. Esa joven lo encaró y comenzó a gritar que ese era el abusador. El hermano tomó a golpes al desconocido. De inmediato se armó un revuelo porque salieron los vecinos, algunos querían separarlos y otros pedían lincharlo. Y es que también aparecieron las dos adolescentes, que contaron que ese mismo hombre acababa de atacarlas. Ahí nomás llegaron los policías de la Seccional 17ma de Chimbas y llevaron detenido al sospechoso, que resultó ser el agente Andrés Omar Páez de la Seccional 1ra de Capital.
Lo que nadie quiso ver
Su detención generó estupor. A los días surgió otra denuncia presentada por un oficial de Policía, que relató que al enterarse de la captura del agente confirmó que este era el mismo hombre que lo amenazó con una pistola la madrugada del 26 de marzo de 1990 en Villa del Carril, Capital. El policía contó que en aquella oportunidad estaba con una chica y que Páez los interceptó debajo de un puente de avenida de Circunvalación. En ese entonces no sabía cómo se llamaba ese sujeto ni siquiera si era de la fuerza, pero afirmó que el sujeto lo encañonó con un arma aduciendo que era policía y que realizaba un operativo de identificación. El joven se ofuscó por el accionar del desconocido y se presentó como oficial. Fue ahí que el individuo se frenó, le pidió disculpas y se retiró en su bicicleta.
Ese hecho hubiese tenido otro final para la chica, si el oficial –su pareja- no se identificaba frente al desconocido. El joven igual quedó con la intriga y empezó a hacer averiguaciones para saber quién era ese policía, pues estaba seguro que por su modo de actuar y por la pistola reglamentaria que portaba era miembro de la fuerza. Realizó una presentación en la Policía en los días posteriores y pidió que iniciaran una investigación interna, pero un jefe policial le restó importancia a la denuncia. Pasado unos meses, ese joven oficial se encontró por causalidad con el sospechoso en la puerta de la Seccional 1ra, entonces supo que efectivamente era agente de Policía y que su apellido era Páez. En base a esos datos, volvió a hablar con un alto jefe de la fuerza para ponerlo en conocimiento del hecho que había vivido y de su fuerte sospecha que el agente Páez andaba delinquiendo. La respuesta fue que se retirara, incluso lo reprendió y le aseguró que no iban a iniciar ninguna causa administrativa contra otro policía. Lo cierto es que si en aquella oportunidad la misma Policía hubiese investigado a Páez, con seguridad evitaban las violaciones que cometió en los años siguientes.
Andrés Omar Páez, de 35 años y apodado “Chichoto”, fue enjuiciado en marzo de 1995 por el tribunal de la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional. Las víctimas de los seis ataques reconocieron al agente de Policía como el hombre que las atacó. En todos los casos tuvo el mismo accionar: se presentó como policía, los amenazó con su pistola reglamentaria y los redujo usando la práctica propia de un procedimiento policial. En uno episodio actuó con uniforme. Y en todos los hechos estuvo presente la marca de la agresión sexual.
El único caso que desestimó el tribunal fue el que sufrió el oficial de Policía y la chica que lo acompañaba en razón de que no dieron por acreditado el abuso sexual, las amenazas con arma de fuego o la agresión física. Por lo demás, le atribuyeron los delitos de violación, abuso deshonesto, violación en grado de tentativa, coacción agravada y privación ilegítima de la libertad. Así, los jueces Juan Carlos Peluc Noguera, Ramón Avellaneda y Félix Herrero Martín condenaron al policía Páez a la pena de 13 años de prisión por cinco de los ataques denunciados.
El “Chichoto” Páez purgó su castigo en el penal de Chimbas. No era un preso conflictivo, explicaron, de modo que permaneció preso hasta el 2000 y recuperó su libertad. Actualmente no se sabe si sigue vivo.