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Simbología de un crimen atroz

El móvil que motivó la masacre de Yamila, según la mirada de un psicólogo forense

¿Cómo funciona la cabeza de un asesino?, ¿qué le despertó tanta ira? y ¿por qué no revela dónde están los brazos?; son las preguntas que intenta responder el especialista Santiago Salinas. Por Luz Ochoa

Por Redacción Tiempo de San Juan

Con la confesión de Evaristo Molina de haber cometido el atroz crimen de Yamila Pérez, a la que no sólo la asesinó a sangre fría sino que también la mutiló como no es posible describir en sentidos humanos, la investigación ahora se centra en tratar de establecer cómo se sucedieron los hechos a partir del relato del homicida. 

En ese sentido son varios los interrogantes a descubrir y el psicólogo forense Santiago Salinas intenta desandar el camino mediante un diagnóstico presuntivo sobre el móvil que condujo al asesino a acabar con la vida de la joven madre y desde su basto análisis se desprenden cuatro ejes: la relación que existía entre la víctima y Molina, la psiquis del autor del crimen, la ejecución de su "trabajo" y la simbología de su "marca" sobre el cadáver. 

Amantes, ella ofrecía compañía, lo hacía sentir más vivo, más joven y él a cambio le generaba seguridad, contención, estabilidad. Así se vería un intercambio lógico. Lo que nadie imaginó fue el desenlace fatal con ribetes de una historia terrorífica. 

En primer lugar, el tipo de vínculo entre la mujer de 27 y el hombre de 67 es lo que despierta interés. Si bien se sabe que intercambiaba servicios sexuales, se desconoce la naturaleza de la relación. Acorde a lo dicho por el confeso asesino, existía una historia de romance que luego se tornó a una puja de poderes (esto, dicho por la única persona con vida de los dos). 

Ante ello, el especialista explicó: "Si es cierto lo que dice y no es una especie de excusa (aunque está claro que no la hay), podría haberse sentido presionado, amenazado con que le iba a contar a su esposa lo que tenían y esto lo hizo explotar. Tal vez fue eso lo que lo llevó a descargar su ira contra la víctima, ese móvil de destrucción".

Para llegar a la conclusión de que el móvil, es decir la causa que lo llevó a matarla, fue que Molina no quería que Yamila estuviera con nadie más que él, Salinas reconoce una patología en su persona: la celotipia. Esta enfermedad son celos en extremo que adquieren la característica de delirio celotípico, según detalla. "Probablemente se haya creído dueño de la mujer, como si ella hubiera sido un objeto que le pertenecía y ante la amenaza de perderlo, tras una posible pelea, reaccionó de forma irracional", señala. 

Con el argumento de su enojo y celos enfermizos no alcanza para describir el aberrante hecho y se necesitan de otros factores que explican aún más su accionar, una estructura psicopática compleja. "Esto no fue definitivamente un ataque de ira, a esto lo premeditó y lo llevó adelante en un fogonazo de delirio. Tras el ataque tuvo conciencia criminal pues actuó inmediatamente después de ejecutarla, tuvo tiempo para despostarla y trasladarla hasta el lugar donde abandonó el cuerpo. Hubo una organización", manifestó.

Sobre el funcionamiento de su cabeza, el homicida actuó dentro de un espectro delirante basado en creencias irracionales. "Una persona que podría tener su narcisismo herido y con miedo a estar solo, de fácil irritación, algo normal en hombres mayores de edad que bajan sus testosteronas y se vuelven más agresivos, una reacción colérica sería esperable", argumenta y aclara: "Una formación intelectual precaria posiblemente lo transformó en un hombre primitivo que presenta sus impulsos más rápidamente que cualquier otro ser humano más pensante y que actúa en función de lo que siente y no de lo que piensa". 

Con un complejo de inferioridad, la inseguridad y su colérica reacción, el hombre habría "enloquecido" como nunca antes lo hizo. "No es extraño que haya tenido su primer ataque a esta altura de la vida, cuando en muchos aspectos se dan por vencidos. Esto va en sintonía con la rapidez con la que reconoció el delito. Cansado, supuestamente de ella, agobiado por la situación a la que llegó acorralado por las pruebas, se rindió sin más", declara. 

Respecto a la mutilación del cuerpo, el psicólogo especialista en lo criminal señala tres cuestiones: su habilidad para el "trabajo", su escaso razonamiento y la simbología del crimen. "Como se supo, tenía experiencia en desollar animales y, a lo mejor, creyó que quitándole la piel no reconocerían el cuerpo. Por otra parte, haber arrancado los brazos trasciende la naturaleza del homicidio. Ya la había matado, entonces, para qué se los quitó", piensa en voz alta.

En el marco de la presunción, Salinas señala la función que tienen los brazos desde el punto de vista afectivo y dice: "Con ellos abrazamos, demostramos cariño por alguien, es un miembro que nos conecta con otros. Probablemente pensó que arrancándoselos, la limitaba por siempre a acercarse a alguien". 

Ahora bien, la pregunta que todo el mundo se es dónde están, dónde los dejó, a lo que el especialista responde: "En su psiquis no es un trofeo sino más bien un vínculo, algo que lo une con ella y posiblemente nunca se sepa dónde están. Representa su relación desde los inicios, algo oculto, guardado como un secreto, tal vez bajo tierra, que encierra esa macabra historia que creó en su cabeza".  

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