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Historias del crimen

El taxista Caputo, de víctima de un desalmado asesinato a leyenda popular

Fue ejecutado por dos ladrones en 1939. Su caso conmovió tanto que construyeron una gruta al costado de la ruta 141 y lo convirtieron en un "santo" al que le rinden ofrendas y le piden favores. Por Walter Vilca

Por Redacción Tiempo de San Juan

Casi 80 años pasaron y su terrible historia todavía sigue viva en la memoria de la gente y en un improvisado santuario popular que lo convirtió en leyenda. Se llamaba Nicolás Caputo, un taxista que tomó pasaje en la Plaza 25 de Mayo y partió con destino a la muerte en manos de dos delincuentes que, por robarle el auto, lo sacrificaron y sin imaginarlo inmortalizaron a este sanjuanino que aún hoy despierta devoción de los choferes.

Su caso no figura en los libros de historia pero perduran en las páginas amarillas del antiguo diario Tribuna y otros periódicos que contaron a través de sus crónicas policiales la tragedia de este taxista que conmovió a la sociedad en 1939. Una época marcada por años turbulentos a raíz de las disputas políticas por tomar el Gobierno provincial entre “cantonistas”, “mauristas” y “graffignistas”. Nicolás Florencio Caputo en ese entonces tenía 39 años y una vida normal con una esposa y dos pequeños hijos en una modesta casa de calle General Acha, en Concepción.

Su desaparición

Solían verlo arriba de su Ford en la parada de taxis en la céntrica esquina de Rivadavia y Mendoza. Era un chofer más hasta la tarde del 5 de mayo de ese año. Nadie sabe en qué momento tomó un viaje, lo cierto es que jamás volvió a la parada ni retornó a su casa. Las horas y los días transcurridos confirmaron la sospecha de que algo malo había pasado con el taxista. Su mujer Josefa Angulo y su padre denunciaron su desaparición y empezó la intriga en un caso en el que empezaron a tejerse diversas hipótesis.

Las noticas de la época instalaban la idea de que había huido por propia voluntad, angustiado por sus problemas económicos. Hay quienes decían que quizás había fugado en complicidad con el autor de un robo perpetrado en la Dirección de Hidráulica. Más descabelladas eran las teorías que hablaban de su posible secuestro por parte de una de la bandas pistoleras vinculadas a los partidos políticos de esos años de fuego o de un crimen de la mafia del mítico delincuente Juan “Chicho Grande” Galiffi.

Hace algunos años Marta Caputo, la hija del taxista, habló con el periodista que escribe y removió esos recuerdos cuando su madre los abrazaba llorando a ella y a su hermano sentados frente a un bracero en esa tortuosa espera. “No hay palabras, sufríamos en la espera y la incertidumbre porque no se sabía qué había pasado con mi padre”, contó.

La falta de testigos y pistas complicaron la investigación al punto que la Policía estaba desconcertada, mientras el misterio se hacía cada vez más grande. Así pasaron los meses y llegó el 18 de julio, cuando por medio de una cuestión fortuita dieron con su paradero. Un obrero de Vialidad Nacional que trabajaba en la obra de la actual ruta 141 se adentró a orinar a la altura del paraje “Bajo Hondo”, hoy más conocido como “Cuesta de las Vacas”, y accidentalmente encontró un cadáver. Era el cuerpo de Nicolás Caputo, o lo que quedaba. Era casi un esqueleto producto del tiempo transcurrido, pese a eso reconocieron su ropa, sus lentes, su diente de oro y su carnet de conducir. Ahí también confirmaron que tenía un certero disparo en la cabeza.

En eso que los investigadores buscaban indicios en la escena del crimen, de forma inesperada llegó el dato de que el auto de Caputo había sido localizado en Santa Fe. Un mecánico, que se enteró del caso por los medios nacionales, lo reconoció por una inscripción con el nombre de Caputo en una de las cubiertas del Ford y llamó a la Policía. De esa forma secuestraron el coche e interrogaron a la persona que lo tenía, un tal Domingo Amoroso, que no tuvo empacho de contar que se lo compró a Cándido Pringles y a Eduardo Larroca. Éstos, a su vez, confesaron que sólo eran los intermediarios de la venta y que el coche se los habían entregado los primos Juan Manuel y José Demetrio Sciolaza.

La trama

A partir de esos datos, la Policía consiguió detener a Juan Manuel Sciolaza en la ciudad de Colón, un poblado al norte de Buenos Aires. Éste había trabajado como agente de Policía en San Juan. Paralelamente capturaron a José Sciolaza en Colonia La Lora, en Córdoba. Abrumados por los testimonios que los involucraban, ambos terminaron por confesar el asesinato.

El 24 de julio de ese año, los primos Sciolaza fueron traídos a la provincia en medio de una fuerte custodia policial. Los trasladaron a pie desde la Central de Policía al juzgado entre el abucheo de la gente que pedía justicia. Los diarios relataron que el papá de Caputo afirmó: “si hay Dios, habrá venganza”.

En sus declaraciones, los Sciolaza relataron que el plan sólo era robar el vehículo. Uno de ellos abordó el taxi de Caputo frente a la plaza 25 de Mayo y pasó a buscar al otro en un hotel para después partir rumbo a la Difunta Correa. Antes de llegar a ese paraje, ordenaron al taxista detenerse en ese desolado lugar llamado “Bajo Hondo”. José Sciolaza contó al juez que bajó del vehículo y se alejó, no así su primo Juan Manuel que se quedó en el coche con el chofer. Este último confesó que no era su intención asesinar al taxista, pero se suscitó una discusión y finalmente lo mató de un disparo.

El paso al mito

Los Sciolaza fueron llevados a juicio en 1940. A Juan Manuel lo sentenciaron a prisión perpetua por el delito de robo y homicidio. A su primo José Demetrio le dieron 11 años de cárcel por el robo y su participación en el crimen.

La familia del taxista quedó desamparada. Porque si bien sus parientes la ayudaban, Josefa Angulo tuvo que afrontar la nueva vida sola con sus dos hijos pequeños. Para salir de los apremios económicos, tiempo después que les devolvieron el Ford, la familia y los allegados organizaron una rifa y sortearon el auto para recaudar dinero con el fin de ayudar a la viuda.

Por lo demás, Nicolás Florencio Caputo se convirtió en todo un mito. Una curiosa simbiosis entre la tragedia y la devoción que empezó a crecer hasta transformarlo casi en un “santo” popular al que sus promesantes le piden favores al costado de la ruta 141, camino al paraje de la Difunta Correa. Así nació esa leyenda que perduró casi 80 años y cuyo nombre ya forma parte de la historia de San Juan.

Fuentes: Diario Tribuna, Archivo General de la Provincia

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