Historias del crimen

Gil, el psicópata al que le gusta asesinar homosexuales

"El Curi" o "El Gallo" es un sádico homicida que mató a cuchillazos a un comerciante, un chef y un jubilado. Tenía relaciones con homosexuales pero extrañamente a todos ellos los mató con un claro sello de odio hacia esa orientación sexual.
sábado, 19 de mayo de 2018 · 09:00

Por Walter Vilca

Qué no se dijo de él. Que es un manipulador con el síndrome del narcisismo maligno, seductor, agresivo, antisocial, homosexual reprimido, homofóbico y sobre todo un sádico sin sentimiento de culpa. Aun así parece poco para describir a Claudio Javier Gil, un temible personaje de la historia criminal sanjuanina que comenzó su carrera como ladrón y se convirtió en un asesino serial cuyas víctimas fueron tres homosexuales a los que sedujo, mató despiadadamente a cuchillazos y en algunos de los caso les robó. Tiene además el deleznable antecedente de haber golpeado y quemado a su madre que, para desgracia de ella y castigo de él, murió enferma el mismo día que lo llevaron preso para nunca más salir.

No se sabe cuándo empezó a escribir su propia leyenda criminal este hombre nacido el 3 de diciembre de 1972 y que pasó su infancia en el apacible barrio Palermo de Desamparados. Seguramente tuvo una turbulenta infancia y adolescencia que lo metió al submundo del delito y que le llevó a conocer la cárcel en septiembre de 1991 con 19 años. Su primera condena fue de 9 años de prisión por los delitos de robos de automotor y privación ilegítima de la libertad.

Él dijo alguna vez que pasó por la universidad, pero en sus registros figura secundario incompleto y profesión locutor. Solo se sabe que tiene un hijo, ya adulto, que sufrió en carne propia su maldad y su violencia. Basta con mencionar que ese joven lo reconoce como su padre, pero no lo considera como tal ni tiene respeto por él.

Su huella en La Rioja

"El Curi" o "El Gallo", como lo apodan a este hombre de 1.87 metro de altura, intentó borrar su pasado huyendo a La Rioja tras salir de la cárcel a fines de 1996, pero en vez de torcer su rumbo se hundió más todavía. Con su voz de locutor consiguió trabajo en una radio FM de la capital riojana, a la par inició una relación con Alberto Herrera, un conocido comerciante homosexual apodado "Cacho de la Esquina". Los policías riojanos que reconstruyeron sus pasos, afirman que para los vecinos Gil era el marido de "Cacho de la Esquina" y entraba y salía de su negocio.

Lo que se daba en esa pareja acabó la madrugada del 27 de agosto de 1997. Quizás hubo reproches de infidelidades o una discusión por otros motivos, lo cierto es que esa noche ambos partieron en el Renault 12 break del comerciante hacia las afueras de la Capital provincial.

El destino de ese viaje fue la muerte. Claudio Gil aparentemente golpeó a "Cacho de la Esquina" y finiquitó la pelea dándole un certero cuchillazo en el corazón. Para encubrir el crimen y borrar huellas, minutos más tarde tiró el cadáver en un descampado y le prendió fuego.

Quiso escapar, pero a las horas de que la Policía riojana descubriera el asesinato detuvieron a Claudio Gil viajando en un colectivo hacia San Juan. Otra vez caía preso, esta vez por homicidio. El 19 de mayo de 1999, "El Curi" era condenado por los jueces de la Cámara Tercera en los Criminal y Correccional de Justicia riojana a la pena de 12 años de cárcel.

Más de 6 años estuvo preso hasta que obtuvo el beneficio de salidas transitoria. Se creyó impune y en uno de esos días de permiso, el 9 de octubre de 2005, abandonó el servicio penitenciario y no regresó. Lo declararon prófugo y casi dos después la Policía sanjuanina lo recapturó en su domicilio de Barrio Palermo, en Desamparados. Fue llevado de regreso a La Rioja para cumplir su condena y en el 2011 retorno a la provincia.

De vuelta en San Juan

Curtido por sus años entre rejas y con su impronta de avezado delincuente buscó la vida fácil en el ambiente de la noche y sacando dinero a los homosexuales a cambio de sexo. Su propio hijo declaró en una ocasión que era habitué de la Plaza Aberastain y que en más de una ocasión le propuso conseguir plata en ese lugar y conocer "nuevas experiencias".

Los vecinos que conocieron a la familia Gil testificaron que era común ver entrar a varios hombres y mujeres a su casa y hacer reuniones con música a todo volumen. Su omnipotencia y su carácter violento obligaron a su hijo a abandonar la vivienda. El jovencito contó que lo golpeó con un hierro y lo echó, y la que tuvo que padecerlo fue su abuela que sufrió los maltratos de su padre. En varias oportunidades vieron a Aurelia Elvira Gil con moretones en el rostro y el cuerpo supuestamente producto de las palizas que le daba su hijo Claudio.

Su maldad llegó al extremo, que un día le pegó y arrojó agua caliente a la pobre señora. Aquella vez lo denunciaron y el 9 de agosto de 2012 lo detuvieron. Por ese deplorable hecho, el 27 de febrero de 2013 el juez del Primer Juzgado Correccional lo condenó a 11 meses de prisión por el delito de lesiones agravadas por el vínculo. Pasó todo ese tiempo en el penal de Chimbas hasta que en julio de 2013 recobró la libertad.

Sus dos últimos crímenes

De nuevo en la calle, Claudio Gil retomó sus andanzas como taxi boy entre personas de su mismo sexo. Nunca lo va a reconocer, pero un psicólogo lo describió con una sexualidad ambigua y un juez lo calificó como un "homosexual reprimido" en base a los informes médico. Porque aunque tenía novia y, sea por gusto o la necesidad de dinero, siempre buscaba a los homosexuales.

Así fue que conoció al chef y docente universitario Carlos Roberto Echegaray Osman, de 47 años. No hay testigos que confirmen públicamente esa relación, pero los registros telefónicos indican que existieron numerosas comunicaciones entre Gil y Echegaray el 6 de enero de 2014. La noche de ese día ambos se encontraron en la casa de éste último en la calle Estados Unidos al 326 Sur, a pocas cuadras de la terminal de la ciudad Capital. La sospecha es que Gil estuvo acompañado de un cómplice. Y se supone que tuvieron sexo con Echegaray y que en algún momento, quizás como parte de un juego, le ataron las manos a la espalda con unos cables. La víctima no pudo ni defenderse. Y de una forma desalmada y traicionera le clavaron 8 cuchillazos en un costado en el cuello y debajo del oído derecho.

Su muerte fue cuestión de segundos. En medio de ese baño de sangre, Gil no se privó de robar unas joyas, el celular del chef, un perfume, un bolso y otros objetos. Al escapar dejó cerrada la puerta con llave. A los tres días, la empleada doméstica fue a limpiar la vivienda y, tras notar que el Echegaray no atendía, consiguió entrar con otra mujer y encontró el cadáver tirado al lado de la cama, maniatado y en estado de descomposición.

Mientras la Policía buscaba pistas sobre el asesino aún misterioso, Claudio Gil llevó una vida normal y continúo con esa costumbre de seducir a homosexuales por dinero. Testigos contaron que salía de noche y volvía de mañana con plata. En ese peligroso juego cayó el jubilado Jorge Espínola, de 85 años, que mantenía encuentros íntimos con Gil en el departamento que alquilaba en la calle Ruperto Godoy del Barrio Camus, Rivadavia.

Curiosa coincidencia, pero fue entre noche del 6 y del 7 -los mismos días en que ocurrió el crimen del chef- de marzo que Gil estuvo con el jubilado. Fue lo último que hizo Espínola. De acuerdo a la reconstrucción del crimen, se llegó a la conclusión de que el hombre mayor estaba recostado boca arriba en su cama cuando "El Curi" Gil le puso una almohada en la cara y le clavó tres cuchillazos en un costado del cuello. Uno de los puntazos dio en una arteria. Su agonía duró apenas minutos  y murió sin siquiera poder pedir ayuda.

El accionar del criminal fue una reiteración de lo que pasó en el caso del chef. Tomó un bolso, el celular de la víctima, algunas pequeñas cosas y los focos de la habitación y el comedor. Al salir cerró la puerta con llave.

Lo que no contaba Gil es que los investigadores policiales empezarían a desandar los últimos días del jubilado y averiguar sobre las visitas que recibía. Días más tarde empezó a sonar el nombre de Claudio Javier Gil. El propio hijo de la víctima lo identificó como la persona a la que vio en una ocasión en el departamento del jubilado. El rastreo de llamadas también complicó al taxi boy. El 14 de marzo de ese año, los policías de Homicidios lo detuvieron y allanaron a su casa encontrando algunos efectos robados a Espínola y al chef. Paralelamente localizaron los celulares de las víctimas que habían sido vendidos por Gil. Y se agregaron más pruebas, como las huellas en la escena del crimen, los análisis de ADN de muestras recogidas y los registros de llamadas. El círculo entonces se cerró alrededor de él. El mismo día que lo apresaron, su madre murió como consecuencia de una larga enfermedad y supuestamente por la falta de atención médica.

Los juicios

Las pruebas fueron abrumadoras y llegado el primer juicio no hubo margen para Gil, aunque el negó haber asesinado a Carlos Echegaray Osman. El 1 de abril de 2016, los jueces Raúl Iglesias, Silvia Peña Sanso de Ruiz y Juan Carlos Caballero Vidal (h) de la Sala I de la Cámara Penal lo condenaron a prisión perpetua por los delitos de homicidio agravado por alevosía y para asegurarse el resultado del robo. Quedo flotando la fuerte sospecha de que hubo otro participe en el crimen que hoy está suelto.

El segundo juicio en la Sala III de la Cámara Penal fue un triste espectáculo con un Claudio Gil desaforado y provocador frente al fiscal José Mallea y el juez Maximiliano Blejman. Las evidencias en su contra condujeron a una condena segura, con un detalle que pintó de pie a cabeza al tres veces homicida. En los fundamentos de la sentencia, que marcaran la historia judicial de San Juan, el tribunal dio un pormenorizado detalle del accionar del asesino serial, su perfil psicológico y el motivo que lo llevo a tamaña faena: su gusto por los homosexuales y contradictoriamente su homofobia, su alevosía e irreverente odio hacia la orientación sexual de los ahora fallecidos. El veredicto fue de prisión perpetua por el delito de homicidio doblemente agravado, por alevosía y odio a la condición sexual de la víctima y hurto simple.

Incorregible

Claudio Javier Gil se aseguró largos años en la cárcel, pero no lo contuvo ni las rejas y sus gustos sexuales le siguieron trayendo problemas en los primeros años de su condena. A mediados de noviembre de 2016 se ensañó con su compañero de celda, al que ya tenía casi de sirviente, y lo obligó a que le practicara sexo oral. Su perversidad fue más allá y hasta le arrojó agua caliente por la espalda mientras lo humillaba. Él tampoco la sacó fácil. Los otros internos del pabellón, hartos de las prepotencias del asesino de homosexuales, tomaron venganza y le dieron una feroz paliza. Los guardiacárceles lo salvaron de que no lo mataran ese día.

Hoy, Gil pasa sus días en el pabellón 8 del sector II del penal separado de otros presos violentos, pero algún día saldrá y no se sabe cuál será su suerte. Su vida de igual manera ya está marcada, como ese gran tatuaje de la imagen de la Virgen María que cubre toda su espalda y con su sello propio del asesino de homosexuales.