Claudia Cardinale, una de las grandes leyendas del cine del siglo XX, murió a los 87 años en Nemours, cerca de París. La noticia fue confirmada por su agente, Laurent Savry, quien indicó que la artista estaba acompañada por sus hijos al momento del deceso, sin dar detalles sobre la causa.
Savry la definió como “una mujer libre y llena de inspiración”, tanto en su vida personal como en su carrera. Y es que Cardinale no solo fue un rostro inolvidable del cine, sino también una figura que marcó a generaciones de cineastas y espectadores.
De Túnez a la fama internacional
Hija de madre francesa y padre siciliano, nació en 1938 en La Goleta, Túnez. A los 17 años su vida cambió por azar: tras ser inscripta sin saberlo en un concurso de belleza, resultó ganadora y terminó en el Festival de Venecia, donde su magnetismo llamó la atención de productores y directores.
Apodada “la italiana más bella de Túnez”, debutó en la pantalla grande con un fuerte acento francés que, lejos de ser un obstáculo, se convirtió en parte de su encanto. Con el tiempo dominó varios idiomas y se consolidó como una actriz capaz de moverse con soltura entre distintas cinematografías.
El esplendor del cine italiano
En la década del 60 alcanzó la consagración al trabajar con los grandes maestros de Italia. Fue Angelica en El Gatopardo (1963) de Luchino Visconti, compartiendo escena con Alain Delon y Burt Lancaster, y brilló como musa en Ocho y medio (1963) de Federico Fellini. Antes ya había destacado en Rocco y sus hermanos (1960), también de Visconti.
Hollywood y la proyección mundial
Cardinale no se limitó a Italia. Su carrera dio un salto internacional con títulos como La pantera rosa (1963), Las profesionales (1966) y Érase una vez en el Oeste (1968), dirigida por Sergio Leone, junto a Charles Bronson y Henry Fonda. Incluso compartió pantalla con Brigitte Bardot en Las petroleras (1971), en una época en que los medios la presentaban como la “CC morena” frente a la “BB rubia”.
Reconocimientos y legado
A lo largo de su trayectoria recibió distinciones que confirmaron su lugar en la historia del cine, como el León de Oro en Venecia (1993) y el Oso de Oro en Berlín (2002). Tras conocerse su muerte, el ministro de Cultura italiano, Alessandro Giuli, la despidió como “una de las mayores actrices italianas de todos los tiempos”, destacando su “gracia única” y la capacidad de inspirar a los directores más influyentes del siglo pasado.
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