Hace más de 10 años no les prestaron el Auditorio y tuvieron que cantar en el Foyer Sur. Anoche la gastaron en la sala con banda y todo. ¿Qué pasó que ahora se pudo y hace una década no? En el medio, una historia increíble. Por Sebastián Saharrea.
Era la primera vez que llegaban con el dúo que acababan de formar. Arrastrados por sus nombres, Juan Carlos Baglietto y Lito Vitale inauguraron sus visitas a San Juan hace más de 10 años presentando Postales del Alma, y se encontraron con el sabor amargo del desplante. Tuvieron que montar el pianito afuera, en el Foyer, y acomodar imprevistamente unas sillas para el público. La sala, una de los más hermosas del país, no podía abrir sus puertas a un espectáculo con tantos decibeles: había que proteger el órgano que, de acuerdo a los músicos y autoridades que manejaban la sala, se desafina y se deteriora cada vez que le ponen la música fuerte.
Eran los tiempos en que una comisión decidía quién sí y quien no, de acuerdo al volúmen y la amplificación de sus instrumentos. Bajo ese argumento, hasta Los Chalchaleros en su gira de despedida debieron ser desplazados: parece que Sarabia gritaba muy fuerte. Sólo era empleada la sala para la música clásica y apenas alguna cosita más, o a quien aceptaba desenchufar todo y convertirse en acústico.
Aquel día eran sólo dos. Lito con su piano y Baglietto con un micrófono para la guitarra. Y dieron un concierto imponente, aplaudido a rabiar por la gente que copó el Foyer –entre ellos este periodista- y lamentaron que lo único que faltaba era el marco de una sala digna.
El jueves a la noche no fueron dos sino nueve los músicos en escena. Lito, Baglietto, una guitarra más, un bajo eléctrico, una batería, un violín, un chelo, una flauta y un clarinete. Presentaron su espectáculo de clásicos y acústicos, grabado con esos músicos, de inminente aparición, nada menos que en el Colón. Por momentos registró el intimismo del piano y la voz, por momentos mutó a los toques clásicos de las cuerdas y los vientos, por momentos abandonó el registro de voz y se quedó con las teclas y terminó con una formación eléctrica de guitarra-bajo-batería (ejecutada con solvencia por el hijo de Baglietto) para un potpurrí de los clásicos de los primeros años de Baglietto, con épica de cierre en La vida es una moneda y Mirta de regreso, a todo vapor.
El repertorio tuvo mucho de aquella vez inicial en el Foyer: los tangos Nostalgias y Como dos extraños, o el folklore de Falu-Dávalos con Tonada del viejo amor. O Piedra y camino de don Atahualpa que ahora, con toda la banda encima, el dúo decidió interpretar a los Divididos en una versión power. Tampoco faltó Dios y el Diablo en el Taller, o el Témpano.
Eso sí, a diferencia de aquella vez de hace más de 10 años, el marco fue ahora adecuado. Una de las salas más lindas del país, ofreciéndose para uno de los dúos más auténticamente nacionales, de versiones si se quiere modernas para clásicos de la música ciudadana, el folklore y alguna que otra canción “coincidentemente de autores rosarinos”, como dijo Baglietto.
Fue una presentación virtuosa en el mejor entorno: el Auditorio, de sonido impecable y una puesta de luces sensacional. Allá al fondo, el órgano majestuoso, la escusa de los viejos tiempos para bloquear el uso de la sala a lo que no le fuera parecido. Luciendo los tonos de la iluminación y esperando ser ejecutado cuando le toque el turno. Las pocas veces que ocurre.