la grasada

Volver a los 90: Fort, Tinelli y Nannis; decadencia que atrasa

La revista Veintitres publicó una muy buena nota de análisis sobre algunas cuestiones de la televisión actual. La vuelta a la ética y a la estética grasa y ostentosa de los 90 bajo la lupa. Leela.
sábado, 30 de junio de 2012 · 16:25

Por Florencia Canale, revista Veintitres.

Todo parecía asegurar que el contra-estilo inaugurado por el menemismo había caducado en la temporada 2012 de la televisión. La estética de los noventa, repujada, barroca y repleta en gustos dudosos, quedaba enterrada bajo tierra. Nada más lejos. El último fin de semana tuvo una rentrée a puro brillo.

Marcelo Tinelli le dio una oportunidad a la única hija mujer de Mariana Nannis y Claudio Paul Caniggia. Charlotte Chantal estrenó su timidez y palabras nulas en el dance floor de “Bailando por un sueño”, bajo la atenta mirada de su madre. Luego del sinfín de historias con emoción que desfilaron por la pantalla del 13, la rubia y su séquito abrían el telón y mostraban lo peor de la década finisecular. Cabelleras largas y desteñidas, drapeados demodé y stilettos que ya nadie muestra, salvo en red carpets periféricas o fiestas siliconadas pertenecientes a la grey de Miami o Marbella. Claro, la señora del hijo del viento intenta remozar las delicias del balneario hispano más devaluado de todos los tiempos. Repleta de personalidades políticas y del showbiz juzgadas y presas por malversación de fondos, aquella playa que convocaba al jet set en la década del setenta, es hoy un reservorio de “wannabes”. Allí viven los Nannis-Caniggia. Envuelta en trapos brillosos y rodeada por un dj cubano, un guardaespaldas, un “estilista” y una amiga, a cual más intervenido, Mariana Nannis copó la atención de todos. Incluso el sábado último destronó a José María Listorti y Denise Dumas, quienes debieron aplazar el inicio de su programa musical, porque los números se alzaban a paso redoblado. Mientras las pasarelas del mundo y las marcadoras de tendencia se asocian a los tiempos de crisis con menos estridencias y más clasicisimo, la dama blonda y su heredera juegan a la Paris Hilton pauperizada. Hablaron de miles de dólares, intentaron falsas pronunciaciones y reclamaron champagne.

Este no fue el único muestrario de barroquismo menemista. Luego del derrumbe anunciado de Ricardo Fort y sus expiraciones en un previo “Bailando por un sueño”, el epítome de la desmesura salía a escena televisada en programa propio en América, Fort Night Show. La pantalla viró en tornasol de plateado a doreé y el estudio del canal que lo alberga en estos tiempos se llenó de objetos kitsch y personas camp. Señoritas con pelucones batidos, vestuarios ceñidos que enceguecían y amigos para la ocasión, acompañaron al rey del chocolate en su fantasía más real. Se dio el lujo de amenizar con canciones en vivo, dar inicio a concursos de futuros cantantes y destruir a Marcelo Tinelli al aire. Y todo bajo la mejor ostentación. A nada le faltó brillo. Un escritorio con teléfonos y asiento embrutecedor, que colocó a Susana Giménez casi en la indigencia. Pero lo más notable del show fue la falta de aura. Cada fragmento fue sometido a la reproductibilidad –fuera de tiempo– más ajustada. Salvo su participación como crooner noventista.

Durante varios minutos la televisión se disputó entre un estilo del exceso –en América y el 13– y el de la discreción de la ficción teatralizada de En terapia por la TV Pública, al periodístico de TVR por el 9. El encendido optó por la exageración de Nannis-Fort. Habrá que ver si para devenir en fans del glamour demodé o transformarse en críticos venenosos del intento del retorno. Twitter sirvió de soporte para las risotadas y frases repletas de hiel contra el dúo nostálgico. El late night del nouveau entrepreneur del espectáculo sumó casi ocho puntos de rating, con picos de 10. ¿Seguirá en esas cifras?

Tal vez el público sabatino tenga ansias de fenómenos para luego arrancarles la piel como en circo romano; o tal vez recuerde con sorna aquellos años cuando los colores encandilantes, los pelos inmensos y la vulgaridad naturalizada eran moneda corriente.

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