Filmación en el Mercado Central

Mariano Martínez da pelea

Mariano Martínez y Federico Amador recrearon una pelea en el auditorio Néstor Kirchner. Abdominales trabajados y extras de utilería. La primera ficción argentina en 3D.
sábado, 2 de junio de 2012 · 17:42

En el Mercado Central, nadie conoce el sonido del silencio. No importa la hora, ni el lugar. El gigante está siempre despierto. Atento, con los ojos abiertos de norte a sur. Con la carga y descarga de los camiones como rutina, y los murmullos de los habitantes que se mezclan con el devenir azaroso de los turistas del queso, la fruta o el algodón. Luego de trece días sin sol, el peaje de ingreso está regado de luz. Y el cartel de “Clarín miente” brilla a espaldas de otro aviso que hace referencia a las instalaciones del Club Atlético Mercado Central. Los autos van y vienen pese a que la hora pico ya quedó atrás hace varias horas. En las afueras del sector administrativo, un BMW y otros autos de alta gama modifican el paisaje cotidiano. A su lado, dos motorhome contienen las riendas de un cableado que hace de camino hacia el interior del auditorio Néstor Kirchner. Adentro, Mariano Martínez y Federico Amador –en la piel de Alex “Príncipe” y Bruno “El Potro”, respectivamente– se reparten algunos golpes de boxeo ante la atenta mirada de Jorge Nisco, el director de La pelea de mi vida, el primer film de ficción en 3D realizado en la Argentina –se estrenará en el segundo semestre de 2012–. “Los extras se pueden parar. ¡Vamos! Alienten, muevan las manos, gesticulen”, dice la asistente de dirección. Y la muchachada responde. La acción sucede. Martínez avanza con dos cross. Mide la distancia y mete un jab. Amador acusa la seguidilla de golpes y cae luego de un gancho al riñón. Emilio Disi festeja en una de las esquinas en su rol de entrenador, al mejor estilo Mickey Goldmill, el hacedor de Rocky Balboa. “Levántate, porque Emilio Disi te quiere”, podría ser la frase. Corte.

Los extras se sientan y los muñecos que hacen las veces de extras, también. Aunque ellos nunca se pararon. Allí están, con sus caras de Mick Jagger, Spock y un presidente que no vale la pena mencionar. O sí. Mejor no. Llegó la hora de comer y los actores no tardan mucho en desaparecer. Mariano Martínez se pone una bata color rojo “Sandro” y baja del cuadrilátero con cuidado. Sólo ve de un ojo. El otro luce hinchado producto del maquillaje. A la salida, un grupo de infantes lo aborda con respeto. Las fotos son parte. Y el actor, pese a no ser un fanático de la prensa, se muestra predispuesto. “Siempre es lindo hacer de deportista. Más si se trata de un boxeador, ya que son hombres con una mística muy fuerte, con una pasión muy grande”, dice Martínez, quien en la película interpreta a un boxeador que luego de haberse ido del país, avergonzado y humillado tras perder una pelea, vuelve y se encuentra con la noticia de que es padre de un chico de ocho años. Y asegura: “Ya doy para padre y está bueno que eso pase. Con el correr de los años, vendrá el tío copado y después el abuelo. Siempre es bueno ir cambiando de rol”.

El periodista Osvaldo Príncipi acusa un dolor en la pierna. Renguea y dispara en busca del guiso de lentejas. “Voy a ver si encuentro una camisa porque si no me voy a manchar todo con la salsa”, dice el relator del combate. Unos metros más atrás, Disi pita su cigarrillo en proporción a cada paso que ejerce. Tira un chiste y medio y el séquito que lo acompaña se ríe con ganas. Victorio “Coco” D’Alessandro –Ciro en Los únicos– lo palmea, quizás obnubilado por estar al lado de ese tipo canoso que lideraba la Brigada Z en los ’80.

“Buenas, ¿cómo va?”, saluda Mariano Argento –protagonista de la famosa propaganda de la AFIP, aquella del “Tudo bom, tudo legal”– con un fuerte bronceado caribeño. Terminó la hora del almuerzo. Y Agustina Lecouna ingresa con sus piernas eternas. Baja con cuidado y se pierde en una entrevista ajena. Lali Espósito –integrante de Teen Angels– tiene veinte años acumulados en una pequeña estatura y una presencia que asombra. Está contenta. Tiene la sonrisa dibujada y la alegría en los ojos. “Lo mío es muy cursi, pero deseé tanto que me convoquen para hacer cine que, cuando me llamó Carlos Mentasti, no lo podía creer”. A su lado, el productor asiente. Y Lali –quien en el film interpreta a Belén, una niñera que se enamora del personaje de Mariano Martínez– retoma el tema: “Quería empezar con algo grande, para acumular experiencia de cómo se filma. Es increíble. Lo llamé con el pensamiento”.

Acción. Carne de exportación. Los cuerpos tallados a medida aseguran chicas que gritan. Resultado: éxito garantizado. Los físicos se llenan de sudor artificial. Ellos lucen cansados. Pero no lo están. O quizá sí, pero no por la pelea sino por las extensas jornadas de filmación. “Me copa actuar –dice Martínez–, disfruto de todo lo que tiene que ver con la actuación. Me gusta estar tanto tiempo para hacer dos o tres escenas. Eso me permite dedicarle más tiempo a cada toma. A diferencia de la tele, en cine siempre estás armado. Sabés lo que va a pasar, en la tele a veces es más improvisado”.

Amador toma la palabra. Tiene la voz grave y los ojos verdes. Dos minutos antes una chica se derretía con sólo decir su nombre, pero él no lo sabe. Igual, está acostumbrado. “El papel me cerraba por todos lados. Una historia fuerte de fondo y el boxeo como superficie, no podía decir que no. Estas tomas cansan mucho. Y eso que practico boxeo hace años. No sé cómo hacen los profesionales para estar doce rounds ahí arriba”, asegura el actor, quien interpreta al arrogante y millonario Bruno, el actual campeón del mundo. Pero Amador tiene otra mirada: “Es un tipo sacrificado, un tipo bueno que pelea por lo que ama. Un alma noble”. El ex campeón de los cruceros de la CMB Marcelo Domínguez camina con soltura por el set. Tiene a su cargo el entrenamiento y la calidad de las coreografías boxísticas. A juzgar por el tamaño que cosechó con los años, la pasta de campeón le sienta bien.

Los protagonistas suben al ring para la sesión de fotos. Espósito pasa las cuerdas e improvisa unos movimientos. Lecouna se prende en el juego, mientras los galanes pasean su gesto adusto. Sonrisa para las cámaras y a seguir. El 3D no parece un dato menor. “Me encanta la idea de quedar en la historia –dice Martínez–. Es un motor que nos impulsa a todos. Es genial formar parte de este momento con una película que tiene algo para decir, porque si no el 3D te lo metés a donde no da el sol”. Mauricio Dayub llega justo para el comienzo de una nueva toma. “A ver, gente. Vamos a ponerle más onda. Si quieren gritar, fuerte por favor”, dice la asistente de dirección. La cámara gira, los extras se muestran a pleno y el entusiasmo contagia a todos. Menos a Jagger, Spock y al innombrable. La magia del cine sucede. Afuera, los camiones siguen su camino. Fuente: infonews.com

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