China es una patada en la cabeza. La frase tal vez sea políticamente incorrecta e incluso a contramano de las pretensiones de multiculturalismo que ya no se discuten en un mundo globalizado. Pero la realidad atenta contra las buenas costumbres del bienpensante y la idea, como si fuera una ola, vuelve. China es una patada en la cabeza.
Horas después de llegar a Beijing surge la tentación de googlear todo lo que queda oculto en el lenguaje y perdido en la traducción. ¿Por qué las mujeres escupen en la calle sin sonrojarse? ¿Es necesario usar el barbijo que llevan miles de personas por las calles de esta ciudad? ¿Cómo se llama la fruta de carne transparente y semillas pequeñas y negras que se estila desayunar? ¿Cómo se dice "gracias" en mandarín? Las respuestas no son fáciles de conseguir porque el gobierno local bloquea desde hace años el acceso a Google y a varios de sus productos. La experiencia tampoco se puede "compartir con amigos" en las redes sociales: no está permitido ingresar a Facebook, ni a Instagram, ni a Twitter. Y entonces, otra vez la patada en la cabeza. China interpela con nuevas preguntas: ¿tienen privado el acceso a Internet y a las redes sociales que marcan el pulso de la época? No, es más complejo.
Usan redes sociales alternativas que se nutren con los 1.355.000 habitantes, usan otros buscadores y algunos esquivan los controles con ciertas estrategias informáticas al alcance del usuario medio de Internet.
Esa sensación de extrañamiento individual, la patada en la cabeza, se replica al nivel de la nueva alianza estratégica integral entre los países. China implica para la Argentina muchas preguntas, el desafío de conocer al otro en su complejidad y una alternativa. Y la respuesta a todas esas cuestiones no está en Google, y llevará tiempo.