Empresarios: Ernesto Suárez

Sin hielo en la sangre

Fue el primero que fabricó hielo en bolsa, con la marca Tankito en San Juan, hace 32 años. Su producto está a punto de salir de la frontera argentina rumbo a Chile. Pero además fue DJ y es campeón de mountain bike.
miércoles, 15 de febrero de 2012 · 10:55

Por Viviana Pastor
vivipastor@tiempodesanjuan.com

Tankito, el primer hielo en bolsa que se fabrica en San Juan desde hace 32 años, fue idea y obra de un hombre que estuvo a punto de ser psicólogo, Ernesto Suárez. Por suerte para los sanjuaninos, abandonó la carrea en 4to año para volverse a su provincia y empezar con la loca idea de vender hielo en rollitos y en bolsa, cuando hasta entonces sólo se conseguía hielo en barra.

Todo empezó en una calurosa fiesta de fin de año en San Juan, en 1979, cuando Ernesto sufrió en carne propia la necesidad de hielo, sin tener dónde comprar. Con ganas de abandonar la carrera que estudiaba en Buenos Aires y venirse a San Juan, comenzó a darle forma el negocio del hielo en su cabeza. “Esto del hielo surgió porque no estaba desarrollado en aquel momento. Yo tenía 24 años y estaba cansado de vivir en Buenos Aires, amo mucho mi provincia y estaba sufriendo allá. Así que abandoné los estudios y la empresa se concretó en el ’80, después de vender un departamento que tenía e invertir esa plata”, cuenta.

Así se inicia Tankito, nombre de fantasía que al principio le parecía medio infantil, “pero buscando un nombre amanecí un día con Tankito en la cabeza y respeté mi intuición. Hoy es marca líder en Cuyo”, señala.

Arrancó en un galpón alquilado ubicado en la calle Benavidez y Sarmiento, con una máquina que producía unas 3 toneladas de hielo por día. Ernesto recuerda que, a pesar de que era una máquina nueva, le dio muchos problemas. La parte frigorífica era de Estados Unidos, muy buena pero la parte productora era mala, “no era fiable, pero era lo que podía comprar”.
La primera cámara frigorífica la construyó con un amigo, Ruiz Calado, tenía 18 m3. Empezó haciendo de todo: producía el hielo, lo embolsaba, lo guardaba en cámara, y lo distribuía en una camionetita. Compró las primeras 10 heladeras que entregó a sus primeros clientes, entre ellos las estaciones de Turcumán, Miguel Martín, Ruiz Hnos., Ratá, Cerdera. “Fue muy emocionante llevar hielo a la estación de servicio de Ruiz y encontrarme para las fiestas de fin de año con colas de gente esperando que llegara mi hielo; eso era un estímulo muy importante, significaba que la gente estaba aceptando el producto”, destaca.

Los cinco primeros años fueron difíciles. Le costaba mucho mantener un ritmo porque, siendo un producto tan estacional, había que tratar de sobrevivir el resto del año, con unos cinco meses de ventas pobres. Esta estacionalidad del hielo lo hizo abrir rápido el mercado, primero a Mendoza, después a San Luis, La Rioja y Córdoba.

Pasaron muchos años para llegar a más de 2.500 heladeras que tiene repartidas hoy, producir 80 toneladas de hielo y cámaras frigoríficas enormes de 3.000 m3, una capacidad importante de almacenaje y producción.

El galpón donde estaba originalmente lo tuvo que dejar porque el dueño le pedía mucha plata por el alquiler. Intentó comprarlo pero no pudo. Entonces se mudó al predio donde hoy está la fábrica de Arcor, por Calle 5 y Lemos.  Allí había un frigorífico que se había construido en 1930, estaba abandonado y era un local muy grande, pero lograron hacerlo andar con un técnico que aún trabaja con Suárez. Incluso se puso en marcha un banco de barras de hielo, que era lo que se usaba para poder trasladar la fruta en tren hasta Buenos Aires.

Cuando compra Arcor, le dieron un tiempo a Tankito para desalojar y empezaron a buscar un nuevo lugar. Así encontraron la actual ubicación, por Comandante Cabot antes de España, y se trasladaron allí en el año ’86. Ernesto asegura que es un punto ideal porque está muy cerca de los accesos, cerca de Capital, de Rawson y de las principales rutas.

Allí, la inversión en maquinas es permanente, “siempre se está reinvirtiendo en la empresa”, dice. El tema de la calidad fue prioridad: la empresa está certificada, es auditada por SGS, ha logrado Buenas Prácticas de Manufactura (BPM) y tiene su propio laboratorio donde una licenciada controla todos los días los productos. “Eso es muy importante, porque el hielo lo elaboramos con agua de ósmosis que nos da un hielo cristalino, el agua pasa por una maquinaria que saca todos los minerales y queda agua químicamente pura; porque nuestra agua tiene muchos minerales, es agua  muy pesada, pero sin eso se produce un hielo totalmente cristalino”, explica Suárez.

Junto con el hielo es indispensable la heladera para mantenerlo y llegar al consumidor. “La heladera es un cuello de botella, porque es muy caro comprarlas y mantenerlas y se entregan en comodato”, explica Ernesto.

El agua embotellada Tankito la incorpora en 1998, decidido a sumar productos y aprovechando el agua de calidad que ya tenía. Se embotella una combinación de agua químicamente pura y   agua de pozo y de red, que es mineralizada, el resultado es un agua más liviana pero con minerales naturales. La firma tiene 3 máquinas de ósmosis funcionando.
El empresario confiesa que desde hace 3 años está trabajando para poder llegar a Santiago de Chile con el hielo Tankito hecho en San Juan. “Es un mercado grande, lindo, con mucho para hacer. Ya tenemos el distribuidor, las cámaras, las heladeras. Venimos peleando con temas de la aduana, pero lo vamos a solucionar. Pensé que esta temporada lo lograría, no se pudo pero sigo empujando para conseguirlo porque esa apertura me parece muy buena para la firma”, señala.

Joven emprendedor

“Tenía 14 años y no sé por qué, pero decidí que tenía que ser dueño de mi tiempo. Me parecía bueno tratar de manejar mis tiempos y que no me los manejen. Quería manejar mi dinero y hoy eso a los chicos no les preocupa. Para nosotros la independencia en todo sentido era importante; comprarme mi ropa. Mi primera cuenta corriente la tuve a los 15 años porque trabajaba; tenía equipos de música y ponía música en fiestitas. Todo eso se lo pasé a Luis Godoy cuando me fui a estudiar a Buenos Aires”, cuenta.

Mientras estudiaba, también trabajaba para tener su dinero.

La decisión de estudiar psicología fue motivo de enfrentamiento con su padre, Raúl Suárez. “Mi padre era ingeniero y no podía entender que me gustara la piscología, eso era una locura para mi padre y por eso estuvimos un año en corto circuito. Pero, nuevamente, como yo manejaba mi plata, yo tomabas mis decisiones. Después de esa primera etapa me apoyó en todo. Mi padre era una persona fantástica, estaba redolido, pero cuando me vengo de Buenos Aires, él me acompañó a los bancos, siempre me apoyó en todo sentido”, recuerda Ernesto.
La psicología le gustaba, pero le pareció que el nivel de estudios era muy malo, “bueno, no era lo que yo pensaba, me quedaban 8 materias pero me daba cuenta de que ni cerca estaba capacitado de enfrentar una persona y ahí dije: llego hasta acá”, dice.

La familia y el deporte

Hace más de 25 años que empezó casi de casualidad con el ciclismo. Fue el día en que acompañó a su concuñado a comprar partes de bici para armar, con un listado que le había dado el Payo Matesevach. Suárez compró lo mismo para él y ahí empezó el amor por la bici que le dio muchas satisfacciones y premios. “Empecé a entrenar fuerte y me fue bien, obtuve primer puesto en el Campeonato Argentino de Mountain Bike 2009 y 2010. Estoy contento porque  gané varias carreas importantes, pero sobre todo porque he podido transmitir este entusiasmo a toda mi familia. Mi señora, Beatriz, hace ciclismo igual que mis hijas Ana Paula y María Paz. El ciclismo es socialmente bueno, mentalmente y físicamente, todo es positivo”, asegura.

Para ser campeón tuvo que correr sus horarios de trabajo y restar tiempo a la familia y a los amigos. “Nada es gratis, pero bueno, ya va a pasar. Les digo a mis amigos que hay que aprovechar mientras se puede, pero ya voy a volver, esa es la idea”, dice con una gran sonrisa.
Las dos hijas de Ernesto trabajan en la fábrica con él, y su hijo Emiliano, el más chico, estudia diseño y “no está muy compenetrado con esto, él está en otra”, dice con aceptación su padre.
 
Hay un pequeño sueño en la cabeza de este hombre y es volver algún día a poner música, “aunque sea para mis amigos”. “La música me apasiona pero ya no le dedico el tiempo que necesita. Antes la disfruté una barbaridad. Me gustaría volver a hacerlo para mis amigos porque la gente de nuestra edad no tiene un lugar para nosotros; pero es sólo un inquietud, ya lo miraremos más de cerca”, promete.

Comentarios