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Historia

Es guardavidas, jugó con un campeón del mundo y se anima a cantar cuarteto en una esquina popular de San Juan

Fue arquero toda su vida en San Martín, enfrentó a grandes jugadores y siempre soñó con debutar en Primera. Hoy, a diez años de haber dejado el club de Concepción, Fernando Bustos encontró su lugar como guardavidas, árbitro de futsal y cantante. Una historia de decisiones, herencias y pasión.

Por Antonella Letizia

Fernando Bustos es de Rawson y todos lo conocen como "Pato". El apodo y el amor por el fútbol no vino casual: fue su papá José Luis quien le contagió la pasión. Ambos arqueros y de nombres fuertes bajo los tres palos. En su casa, el arco era casi un mandato familiar. Hoy, ya lejos de ponerse los guantes, dedica su vida a ser guardavidas, impartir justicia en el piso de futsal y a cantar cuando le llega la invitación. Su historia.

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Fernando empezó a jugar en la escuelita del SEC (Sindicato Empleados de Comercio). A los 10 años dio el salto a San Martín y ahí se quedó hasta los 19. "Siempre jugué ahí", le contó a Tiempo de San Juan. Fue su casa en el fútbol durante toda la infancia y adolescencia.

Allí, integró la categoría '98, una camada que no logró meter a ninguno en Primera del club. Sin embargo, tuvo la oportunidad de estar en Reserva en una o dos ocasiones y compartir plantel con nombres como Matías Giménez, Francisco Álvarez, Lucas Salas y Franco Caballero. El sueño estaba ahí, al alcance, pero el embudo empezó a achicarse.

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"El puesto de arquero es complicado. Atajás con mayor edad, hay uno solo por equipo. En otro puesto por ahí tenés más posibilidades", reflexionó. Además, reconoció que quizás se apuró en dejar a tan temprana edad: "No llegué a ser profesional por distintas cuestiones…", dice con crudeza y sin vueltas. Hace diez años que no viste más el buzo del Verdinegro.

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Después de su salida no jugó en ningún club de la Liga Sanjuanina, aunque sí lo hizo en la Liga de Santa Lucía para el club La Peta, al que le guarda un cariño especial. Hoy despuntá el vicio en torneos amateurs con amigos y se mantiene ligado al deporte como árbitro de futsal.

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En su recorrido por inferiores también tuvo cruces que con el tiempo cobraron otra dimensión. En 2013, en un partido ante Boca por Octava División, enfrentó a Nahuel Molina, que entró desde el banco y años más tarde se consagraría campeón del mundo. También jugó contra el "Perrito" Barrios.

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Mientras el sueño del fútbol empezaba a desvanecerse, una frase le resonaba: estudiá, no te quedes solamente con la pelota. Y ese consejo fue clave. Fernando se crió entre los guardavidas del camping del SEC, los mismos que lo cuidaban de chico en la pileta. A los 18 años, uno de ellos le sugirió hacer el curso. No solo lo motivaron: lo entrenaron en esa misma pileta para que pudiera ingresar.

Se recibió de guardavidas en 2017. Lo que comenzó como una salida laboral terminó convirtiéndose en vocación. "Uno lo ve como trabajo, pero termina siendo una profesión que te lleva todo el tiempo. Estás en la pileta cuidando a los chicos, controlando. Y cuando te vas a tu casa y ves niños en la calle, seguís alerta. Es un chip que no te podés sacar. Sos guardavidas todo el día".

Más allá de la exigencia física, lo atrapó la responsabilidad: estar a cargo de la pileta, de la gente, de la prevención. Esa conducción silenciosa lo terminó de enamorar del oficio.

Y como si el deporte y el agua no fueran suficientes, hay otra faceta que sorprende. "Siempre canté en la ducha", se ríe. Hasta que una amiga le dijo que sonaba parecido al cantante de Los Reyes del Cuarteto. Se la creyó y desde la caradurez y sin pretensiones profesionales, empezó a animarse a shows familiares.

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Es fan de La Mona Jiménez y le gusta imitarlo. Canta muchas veces en un reconocido local gastronómico de San Juan, donde el cuarteto suena fuerte y el se hace eco con su voz.

Del arco a la torre de guardavidas, del silbato al micrófono. Fernando “Pato” Bustos no llegó a Primera, pero encontró algo igual de valioso: un camino propio. Uno donde la pasión no depende de un contrato profesional, sino de la convicción de hacer lo que le gusta, en cualquier escenario. Pasión, historia, herencia y un amor que se contagió por generaciones.

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