Faltando escasos minutos para las 6 de la mañana la noche aun reinaba en el Parque Provincial Ischigualasto. Pese a ello, el movimiento este domingo 15 de septiembre era inmenso. Ciclistas de distintas partes de la provincia como del país, de todas las edades, se habían dado cita para lo que fue la segunda edición del Desafío Valle de la Luna, un evento que combina ciclismo con naturaleza en un escenario maravilloso como es el tesoro vallista.
El aire helado golpeaba de lleno cuando salió el primero de los tres pelotones. El abrigo no escaseaba entre los familiares y amigos que se hicieron presentes para alentar a los suyos. Las palabras en la línea de partida fueron las mismas para las largadas: cuidar el ambiente, cuidarse entre ellos, disfrutar y ayudar si alguien tenía un accidente en el camino, situación que podía pasar.
Y pasó más pronto de lo que se esperaba. Arrancó el tercer pelotón y un mal movimiento le costó la carrera a un ciclista que terminó en el piso, rodeado del resto que pasaba para iniciar con el circuito. No fueron ni cincuenta metros cuando la carrera culminó para el hombre que demostraba en su rostro el dolor, la amargura y la bronca de perderse el desafío por una caída tonta que le había significado un fuerte golpe en uno de sus hombros.
Mientras el interior del Parque Ischigualasto comenzaba a llenarse de vida, no solo con el avance de los ciclistas que corrían 35 o 65 kilómetros, sino también con el amanecer que anticipaba una jornada despejada y agradable, los familiares y amistades que estaban en el lugar para “bancar los trapos” coparon el bufet del lugar.
Los desayunos iban y venían mientras las conversaciones sobre el lugar o alguna anécdota reinaban. “Tenía que grabar a los cuatro, pero no alcance a identificar a ninguno”, decía una mujer a las risas mientras mostraba un video de la largada donde, por el dominio de la oscuridad, solo se veían pequeñas luces blancas que avanzaban, como una procesión de luciérnagas.
Pasó exactamente una hora y media cuando por los parlantes adelantaban que estaba próximo a arribar el primer corredor de la categoría participativa de 35 kilómetros. De esa manera, se anticipaba lo que sería un desfile sin cesar de ciclistas que tras pasar el arco y hacer la pose de la victoria, sin importar el puesto en el que llegaban, eran recibidos por quienes habían estado esperando al abrigo del viento que comenzaba a calmarse, como también entre los mismos corredores que llegaron en grupo, pero se habían dispersado a lo largo del circuito.
Pero la arenga se palpitaba metros antes. En lo que algunos definieron como “la cuesta en la que dejaron un pulmón”, por su verticalidad ascendente, se ubicó parte del público esperando ver pasar a los suyos. Durante largos minutos que se volvieron horas se volvió inevitable dar palabras de aliento a quienes pasan, pese a no conocerlos. “Dale, falta poco”, “es lo último”, “venís bien” eran algunos de los gritos que acompañaban las palmas y los gestos de aguante.
Los ciclistas también aprovechaban la presencia de curiosos para preguntar cuánto faltaba o hacer uno que otro chiste, en un contexto por demás ameno y amiguero.
Entre el arco y el final del recorrido, donde se entregaba hidratación y la medalla a cada corredor había unos 20 metros, los cuales regalaron momentos maravillosos cargados de una emoción muchas veces indescriptible.
“Llegué con el orgullo”, decía un hombre que en cuanto frenó la bicicleta y miró a su alrededor no pudo contener las lágrimas para continuar llorando como un niño. Solo él sabrá en su interior lo que representó la pedaleada.
Bicicletas a la par y ciclistas tomados de la mano pasando bajo el arco indicando un triunfo en conjunto fue una de las imágenes que más se repitió. También los rostros de satisfacción, el puño cerrado al aire celebrando, y cruzar la meta con ambos brazos al aire cual ciclista que llegó primero tras culminar el Tour de France fueron postales repetidas que despertaban el aplauso y el vitoreo de quienes estaban en la llegada.
Abrazos eternos también fueron momentos que cada biker iba regalando. Hacia donde se mirara reinaba la alegría. Ese placer que recorre el cuerpo al haber logrado algo con éxito se volvió una emoción contagiosa no solo entre aquellos que habían recorrido kilómetros sobre dos ruedas, sino también entre el público y hasta los organizadores.
No faltaron las selfies, el repaso de cada metro y el relato de la vivencia en primera persona. Tampoco faltaron los apoyos a quienes llegaban con el último aliento, con las rodillas rotas por alguna caída, acalambrados hasta el alma o simplemente superados por el desafío y lo que representaba para cada uno de los corredores.
Lo demás ya era historia cantada. Celebración al por mayor y el comentario que no faltaba en la conversación. “Volvemos el año que viene, ¿no?”.
Desde lejos, pero atentos, los espectadores curiosos de lujo que pasaron casi desapercibidos
Era una obviedad que el recorrido iba a regalar postales únicas en medio de la naturaleza que se atravesaba. Incluso no faltó quien se quejó de los que aprovecharon el momento para hacerse una foto en El Hongo mientras hacían el circuito.
También parecía una obviedad que la fauna del lugar no se iba a dejar ver, debido al intenso movimiento fuera de lo habitual, pero esto no fue así. En los últimos metros, cerca de la cuesta, a lo lejos se veía una figura animalesca que podría llevar a interpretar que se trataba de alguna estatua tamaño real o similar, hasta que la “estatua” se movió.
Un reducido grupo de guanacos estaba en la zona, mirando cada ciclista que pasaba. Una curiosidad que para los ciclistas pasó prácticamente inadvertida, pero que estuvieron, estuvieron.