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Amor eterno

Ni la muerte los separó

Los restos de la viuda del Payo Matesevach ya descansan en la misma tumba que el ídolo ciclístico. Por Miriam Walter.

Por Redacción Tiempo de San Juan
Se fue igual que él, con un rosario entre las manos y el amor de toda una vida en el alma. Silvia Marenna ya descansa en paz junto a su marido, Antonio “Payo” Matesevach. En la tranquilidad de un cementerio de Pocito, los restos de la mujer que murió extrañando al ídolo ciclístico sanjuanino sólo 5 meses después que él, están en San Juan desde mediados de enero, cumpliendo el sueño de ambos, de estar unidos para la posteridad.

“Si bien son temas que no los tratás mucho, post mortem fue repetir lo que fue en vida, porque estuvieron siempre juntos”, dice Natalia Matesevach, la única hija del legendario matrimonio que duró 42 años hasta que a ambos les falló el corazón el año pasado: él se fue el 23 de julio y ella el 30 de diciembre.

“La urnita es chiquita y está en el tercer piso de la tumba, justo al lado del cajón de mi papá. Y con mis abuelos maternos, Anselma y José Marenna”, relata Natalia. Silvia quería que la cremaran y el lugar más cercano donde hay crematorio es Mendoza, por eso el trámite tardó varios días. Cuando finalmente trajeron los restos de ella, se hizo una ceremonia sencilla en el cementerio privado San José.

“Solamente estuvimos tres personas que son los que hicieron el responso y yo, fue una ceremonia muy íntima”, cuenta Natalia, agregando que toda la familia de Silvia vive en Buenos Aires y en Córdoba. “Mi mamá fue cremada con una vestimenta simple, con un rosario que le puso una amiga mía al morir y una  cruz que usaba desde jovencita. Mi papá también tiene un rosario en las manos, está vestido con la camiseta de la Selección Argentina de Ciclismo y le pusimos en el cajón varias estampitas con imágenes religiosas”, cuenta la hija de los Matesevach. 

El Payo sorprendió con su muerte el año pasado pero más sorprendió que ella no aguantara tanta tristeza y se fuera con él, pidiendo reivindicaciones para el pedalista que nunca llegaron.

Silvia y Antonio se conocieron en 1968, cuando él estaba postrado en una cama del Hospital Fernández, tras ser atropellado en Canadá mientras representaba al país en los Panamericanos de Winnipeg de 1967. Ella lo vio por la tele, se conmovió con su historia y le llevó uvas al hospital. Nunca más se separaron. Se casaron el 12 de febrero de 1970. El Payo vio el milagro de poder volver a correr y se convirtió en un mito. Murió con pena y en silencio. Silvia también.
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