Personaje

La esquina sanjuanina donde el tiempo se detuvo: la historia de dos queridos lustrabotas

Francisco, de 78 años, y Javier, de 36. Ambos reviven cada mañana en la tradicional esquina de calle Mitre y General Acha un oficio que perdura en el tiempo. Ellos no saben de frío ni de viento si de buscar el dinero se trata. Quiénes son, te contamos acá.
sábado, 11 de septiembre de 2021 · 10:26

Esquina de calle Mitre y General Acha. La gente transita como cada mañana por ese cruce, pero hay dos personas que se quedan en ese lugar y reviven un oficio que perdura en el tiempo: el ser lustrabotas. De ellos depende que esta costumbre sanjuanina persista y cada mañana, con lluvia o viento, van detrás de ese objetivo. 

Ya jubilado, con las arrugas de la vida misma, Francisco Figueroa, de 78 años llega con sus herramientas de trabajo hasta ese lugar. También, como una especie de compañero en la profesión, se encuentra Javier Farías, de 36. Ambos le dan vida a la tradicional esquina céntrica, donde lo antiguo sobrevive en el tiempo y la pandemia. Y acá te contamos quiénes son.

 

FRANCISCO, "EL MÁS ANTIGUO DE LOS LUSTRABOTAS"

Sí, así se define él. "Lustro desde el año ´66", dice a Tiempo de San Juan. Hincha fanático de Boca, con sus arrugas y sus canas, por una vida de mucho sacrificio, él comenzó a lustrar desde niño.

"Yo aprendí de chico, pero luego empecé a trabajar en la empresa con mi viejo como albañil, y lo hice hasta cuando se terminó de levantar la Catedral. Hacía eso y en la tarde, cerca de las 19, salía y ya me venía a lustrar hasta las 21 aproximadamente. Ya después solo me dediqué a lustrar", cuenta. 

Luego de haber criado 9 hijos, Francisco reflexiona que "viví bien e hice que no me faltara nada en la casa", y que no dejaba de lustrar nunca para poder "sacar el puchero de todos los días". 

Francisco está todas las mañanas, de 10 a 13 afirma. Mientras pasa sus días con este oficio, vive con su señora y una hija. Pero tiene quien le siga sus pasos, un hijo que llega temprano al mismo lugar y luego se va a otro trabajo. 

Si uno pasa por allí por $100 podés seguir la rutina con los zapatos lustrados, y se demora "10 o 15 minutos como mucho, según el estado del calzado", explica. Y entre sus materiales no puede faltar "las gamuzas, tapamedia, cepillos, banco, tinta, y sus pomadas; blanca, marrón y negra". 

Él tiene gente que siempre va, su "clientela fija" desde el año ´90 en esa esquina, ya que antes su lugar era en la puerta de la Galería Estornell. Y reflexiona que esta profesión no se pierde porque "es tradición... antes era zapato y alpargata, bajo mucho la lustrada para algunos compañeros porque hay muchas zapatillas, pero yo sigo teniendo los mismos clientes". 

"Yo vengo igual... con lluvia o viento a trabajar. Si veo que no pasa nada me voy a casa a tomar mate con la vieja", comenta. "Yo soy jubilado y estoy tranquilo, yo quiero que mi familia viva bien". 

Finalmente, mientras atiende un cliente, y luce su gorro de Boca, ríe y hasta recuerda brevemente su paso por el ciclismo profesional. "A la edad que uno tiene ya no lo dejan correr, pero yo corría de manera profesional. Lo mío era cuidarme con vitaminas, huevo, puchero, un buen asado de vuelta y vuelta, un bife a la plancha."

 

JAVIER, HONRANDO Y ESPERANDO A SU PADRE

Javier Farías tiene 36 años. Aún no es padre de familia, pero tiene la esperanza de que algún día lo será. Cada mañana sale de su hogar en Rawson, se toma el colectivo y llega hasta la misma esquina desde el año 2002, donde lustra a infinidad de sanjuaninos.

"Hice la primaria y secundaria completa, estuve en un terciario que no lo culminé, y después le dije a mi papá que le iba a ayudar en este oficio", cuenta a Tiempo de San Juan. 

Comenta que está allí "de lunes a lunes, no llego temprano porque me voy a las 14:30 y vuelvo a la tarde". Además dice que "no suelo contar la gente que atiendo si no el monto que termino de obtener". 

Al igual que Francisco por $100 podés dejar tu calzado como nuevo, en menos de diez minutos. Javier dice que tiene gente que va siempre y que lo hace porque "es la costumbre de San Juan; ellos quieren estar bien presentables, tenemos la costumbre de mirar de los pies hacia arriba, no de la cabeza hacia abajo". 

Este trabajo es su única fuente de ingreso. "Yo lo hago porque me gusta, empecé a tomarle cariño y amor al oficio", reflexiona.

Para hacer un buen trabajo no deben faltarle sus herramientas básicas: "cepillo, anilina, pomada, paños, tapamedia". Pero estar allí haciendo que una tradición sanjuanina no se pierda en el tiempo tiene toda una historia familiar.

"Mi papá también lo hace, él es quien me enseñó todo lo que sé gracias a Dios. Él se inició en el año ´73 y en el 2002 ya viene yo, y cuido su lugar. Yo lo estoy esperando... cuando se jubile y deje el trabajo regresará a esta esquina" comenta. 

Finalmente reflexionó que con esta profesión "no se puede vivir, pero sí subsistir".

 

Miralos en acción en este video y acercate a dejar tus zapatos como nuevos:

 

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