Historia

La grieta que divide a un barrio rawsino

La convivencia entre los vecinos del Ansilta es muy tensa. Hay intentos de bajar los índices de violencia interna. La trama de una erradicación que convirtió a los vecinos en refugiados urbanos.
jueves, 9 de julio de 2020 · 09:17

Un transportista bajaba con mucha parsimonia una a una las cajas con arroz, fideos, aceite y yerba a un kiosco ubicado dentro del barrio Ansilta. En el negocio lo recibieron dos mujeres, quienes después de una charla sobre el clima y el coronavirus le pagaron en efectivo el pedido mientras aclaran lo “duro que está todo”. A unos pocos metros, había un grupo de adolescentes. El auto de Tiempo de San Juan no pasó inadvertido. Y tampoco los cronistas. “Hijos de puta, chetos de mierda” y de repente una lluvia de piedras empezó a caer sobre el vehículo. El fotógrafo supo qué hacer. Aceleró pero manteniendo la calma. Una vecina de otro sector que había hablado con el medio nos paró al ver lo que sucedió: -Le dije, no podemos vivir así, son todos unos herejes. Por el espejo retrovisor se veían los pibes todavía a los gritos. La imagen hablaba por sí sola: eran los excluidos. Y manifestaban su enojo. 

El barrio Ansilta está ubicado en Rawson. Es uno de los complejos entregados bajo el amparo del plan de erradicación de villas, un programa estatal que les permitió a miles de familias gozar de una mejor calidad de vida. Como todos los barrios, está dividido en sectores. Debido a los niveles de violencia que se registraban en el lugar, el Gobierno Provincial decidió inaugurar una subcomisaría. Desde la fuerza de seguridad informaron que tanto el número de peleas y como de grescas vecinales disminuyó. Aunque hay una tendencia en baja, continúan registrándose episodios que terminan con vecinos peleando con palos, armas blancas y que llegaron en casos extremos a la hospitalización de los protagonistas. 

¿Por qué los altos índices de conflictividad en el barrio Ansilta? Uniformados de la subcomisaría explicaron que fueron trasladados al barrio vecinos con fuertes rivalidades (Villa Hidráulica, Villa Las Cañitas y Villa Matadero). Antes de la erradicación vivían en villas diferentes, por ende mantenían un contacto casi mínimo pero cuando se produjo la inauguración del barrio comenzaron a compartir espacios comunes. Las mejores condiciones habitacionales no implicaron una convivencia pacífica. Tampoco hubo un plan en este sentido que permitiera lograr una integración colectiva. 

La policía asegura que hay hasta un 80% menos de peleas callejeras y que esta baja la lograron gracias las acciones desarrolladas con la comunidad y una mayor relación con quienes están al frente de comedores comunitarios y merenderos. 

El barrio Ansilta está pegado al barrio Los Plátanos. Se pueden distinguir los barrios al mirar los tanques: de un lado son negros, del otro revestidos en cemento. Entre ambos complejos tampoco hay buena relación. En los espacios verdes hay frases que aluden a esta mala relación. Una vecina del barrio Los Plátanos, que no quiso identificarse, dijo que la convivencia en la manzana es tranquila (viven también policías retirados) pero que con "los herejes del barrio Ansilta está todo mal". La mujer, que es docente, contó que no cree que los problemas cesen porque las broncas siguen. Aunque no siempre se siente protegida, la maestra explicó que en su cuadra hay una buena relación entre todos. 

A las 11 había mucho movimiento en el barrio. Los camiones cargados con verduras, con pedidos de distintas distribuidoras, repartían sin problemas la mercadería en los kioscos que hay en el Ansilta. No son tantos, pero sí muy surtidos. Una jovencita que atendía un almacén relató su experiencia en el barrio. "Es un barrio tranquilo, antes eran peleas todos los días, más bien porque se llevaban mal todos pero ahora está un poco mejor. Lo que sí dejaron de ayudarnos con leche y comida en el comedor, cerraron o no sé qué pasó", apuntó Yanina Valdez. 

Un grupo de hombres respondió que la convivencia es normal, que "algunos exageran". No quisieron dar más detalles, pero coincidieron en que los problemas entre los vecinos no son tan frecuentes como algunos aseguran. Tras responder la pregunta de esta cronista, se dieron vuelta y continuaron con el trabajo al que estaban abocados. 

¿Hay más tensión que en otros barrios? Sí. ¿El afuera los crucifica? También. Las dos verdades se entremezclan y forman un combo que confluye en otra verdad integradora y esta es la exclusión. Una mujer que trabajó durante varios años en un merendero del barrio informó que la mayor parte de los vecinos no terminó la secundaria, que abundan las familias monoparentales, que hay una alta tasa de desempleo y que quienes tienen trabajo están en negro. Incluso indicó que el momento del mes en el que se ve mayor movimiento (lo identifica con el período de tiempo en el que se ven más mujeres con bolsas de mercadería) coincide con el calendario de pagos de la AUH. Sin esta ayuda estatal, muchos estarían con la panza vacía según A.P. 

La integración sigue siendo una cuenta pendiente en el Ansilta. Con una inserción comunitaria compleja y peleas internas que no cesan, los habitantes del barrio siguen siendo catalogados como vecinos clase B. En el medio de una plaza de cemento un niño patea una pelota contra los postes. Tiene puntería. Se le suman otros pibes. Ya no es uno. Son varios. Un equipo. 

 

 

 

 

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