Informe parte II

Cuando las puertas se cierran: ¿cómo te convertís en un "trapito"?

Desde un padre que no pudo llorar la muerte de su hija a un minero que fue despedido a los 60 y se convirtió en “cuidacoches”. 5 historias que tienen en común la desocupación, el cierre de puertas “por ser viejos” y el ingreso a un mundo marginado.
viernes, 20 de septiembre de 2019 · 08:03

Son casi las 8 de la mañana de una fría mañana de lunes, Jesús Riveros está parado con una rejilla en su mano y un diario entubado en la otra. Desde las 6 que está esperando, y seguramente se quedará hasta que se oculte el sol en la misma cuadra de calle Brasil entre Gral. Acha y Tucumán. Tiene 61 años, pero a pesar del paso del tiempo sus movimientos siguen siendo agiles y precisos.

En su rostro se nota el cansancio. Cansancio de haberse quedado sin trabajo formal hace más de dos años, de tocar miles puertas y de rebotar por el simple hecho de ser considerado “un viejo”. El hombre es técnico electrohidráulico, trabajó en varias empresas mineras de renombre pero ahora se desempeña como “trapito”.

“Yo nunca pensé en hacer este trabajo, pero las circunstancias me obligaron a hacerlo, yo soy técnico electro hidráulico, pero lamentablemente con el cierre de empresas quede marginado. He golpeado 100 mil puertas, y lamentablemente no hay respuestas buenas. Yo me quede sin trabajo hace 1 año y 8 meses, así que se imagina la cantidad de horas que estoy por aquí para poder llevar el sustento a mi casa” dice Jesús sobre un problema que no solo le atañe a él, sino a varios adultos que a poco de alcanzar la tercera edad quedaron desocupados con muy pocas opciones para sobrevivir. 

Jesús Riveros (61).

Jesús lleva una campera con el logo de Techint Panedile, una de las empresas donde prestó sus servicios hasta hace muy poco. También estuvo en Gualcamayo y Veladero, siempre manejando maquinaria pesada. “Ahora en este trabajo no se hacen grandes esfuerzos, pero si es sacrificado por la cantidad de tiempo que estamos acá, en mi casa en total somos 4 personas y a mí no se me cae nada por estar en la calle, yo tengo que alimentar a mi familia”.

A unas cuantas cuadras de donde está Jesús hay otra realidad similar. En plena Pedro Echague, a pocos metros de llegar a calle Mendoza, Enrique Navarro (57) es un trabajador que nunca logró recuperarse de los efectos adversos de la hiperinflación que tuvo Argentina en el gobierno de Raúl Alfonsín.  “Hace 30 años que trabajo de esto, llegue a ser trapito por la falta de trabajo y la hiperinflación que hubo en el año 89, me quede sin trabajo y no había trabajo para nadie en ese entonces, entonces empecé a lavarle los autos a otros chicos que ya eran trapitos, y de ahí me fui quedando y quedando hasta el día de hoy que tengo 57 años” afirma.

Enrique Navarro (57).

Hoy la economía argentina enfrenta, por un lado, la necesidad de crear empleos que satisfagan al mercado de los jóvenes que cada año buscan acercarse a un ingreso esperado. Aunque por  otro lado, se enfrenta la realidad de una población que, acercándose o rebasando incluso la edad de retiro, requiere forzosamente continuar trabajando, como Jesús o como Enrique que no tienen una pensión, una obra social y todos los días salen a la calle con el fin de hacer unos pesos para alimentar a sus familias, subsanando las carencias derivadas de un sistema laboral cada vez más exigente y excluyente.

Otro de los casos es el de Arturo Aubone (45) que fue despedido hace unos años de la empresa TSA, y que ahora trabaja como “cuidacoches” para poder educar a sus hijos. Anteriormente trabajó en los controles fitosanitarios pero ahora lleva 4 años y medio como “trapito”. En diálogo con Arturo me dijo que “uno de mis sueños es ver a mis hijos recibidos, yo tengo un hijo que quiere ser policía y otros que todavía están en la secundaria” y agregó que “a mí no me quedó otra, yo tuve que salir a la calle porque no tenía para alimentar a mis hijos, vengo todos los días desde 9 de Julio, aunque debo decir que no pierdo las esperanzas de encontrar un trabajo con un salario mínimo, no pido mucho, pero es complicado cuando uno tiene familia y no tiene garantizado cuestiones básicas, porque aquí un día te puede ir bien pero después no sabes” expresó.

Arturo Aubone (45).

Cerca de la Avenida Rioja por calle 25 de Mayo está Jesús Galaz (36) junto a su cuñado que también es “trapito”. El día que hablamos me dijo que acaba de cumplir 8 años y 3 meses en ese oficio. Que tiene 3 hijos y que está desde muy temprano sin importar las condiciones climáticas del momento.  Además, me contó una de las peores cosas que le puede suceder en la vida de alguien que es padre. La muerte de un hijo. En su caso perdió a su hija pequeña de 5 años la madrugada del 25 de febrero de este año, en un incendio ocurrido en su vivienda de Santa Lucia.  La niña se llamaba Abigail Galaz y lamentablemente no pudieron salvarla cuando las llamas se volvieron considerables. Desde entonces no hubo mucho tiempo para el luto, ni para la tristeza, porque el hambre no espera nadie. “Tuve que levantar la cabeza y salir adelante por mis otros hijos, yo sé que ella nos está cuidando a todos desde el cielo y es mi guía para cuando no sé qué hacer, pero yo tenía que seguir llevando plata a mi casa” afirmó.

Jesús Galaz (36).

Por último, Juan Carlos Saldivar fue quien contó las razones por las cuales se volvió un “trapito”. En su caso el desempleo fue crónico, un día se quedó sin empleo y los días de búsqueda se convirtieron en meses, y luego en años. El trabajo fue cada vez más difícil de conseguir y hoy con 54 años asumió que “ya a esta edad nadie te da trabajo, por eso me tuve que dedicar a esto, un trabajo que muchos te denigran pero que sigue siendo honrado porque hay quienes tomamos enserio lo que hacemos y con esto alimentamos a nuestras familias”. Su sueño es “poder darle todo a mis hijos para que estudien, porque cuando uno es profesional las posibilidades son otras, y no tenes que llegar a estas situaciones o peores como en mi caso”.

Juan Carlos Saldivar (54).

Según los datos publicados por el INDEC, en Argentina la tasa de desempleo fue de 9,1% en el cuarto trimestre de 2018. Es decir que hubo 1,18 millones de personas que estaban desocupadas. En relación a años anteriores, los números muestran un crecimiento en esta variante, con una clara destrucción de los puestos de trabajo y más gente que está intentando ingresar al mercado laboral. A fines del 2017 ese indicador era de 7,2%. En 2016 fue de 7,6 %. Según los mismos números Argentina volvió a una desocupación como la que existía a fines de 2006 donde el desempleo superaba el 10%.

Todas las personas que hablaron en este informe tienen este problema, son parte de ese 1,18 millones de personas que habla el INDEC. Pero estos números de por si no significan nada si no logramos imaginarlos o dimensionarlos en su conjunto.

Fuente INDEC.

¿Cómo sería un 1,18 millones de personas desocupadas?  ¿Cuánto ocuparían? ¿Se lo imaginan? Sin lugar a dudas es difícil.
En Alemania un filósofo llamado Günther Anders hablaba del “desnivel prometeico” o “desbalance”. Que consiste en que los seres humanos somos incapaces de imaginarnos todo aquello que deriva de nuestras acciones. Cualquier cosa. Como el ejemplo más renombrado de la historia de la humanidad cuando Harry Truman, ex presidente de los EEUU, decidió autorizar la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, matando a más de cien mil personas instantáneamente y generando consecuencias irreversibles. A este hombre le preguntaron en una entrevista de que se arrepentía en su vida, y contestó “of not having married before”, que se traduce en “no haberme casado antes”.  

En el desempleo se juegan cuestiones como estas, donde se toman decisiones económicas  todos los días, y en su mayoría orientadas a enriquecer a los ricos y empobrecer a los pobres, como viene ocurriendo no solo en  Argentina sino en gran parte del mundo. Y así como nuestras acciones generan cambios, las  operaciones políticas y económicas de los gobernantes de turno generan números como estos, que sin lugar a duda, no se los imaginan ni de cerca cómo son en verdad.  

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