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Misa Crismal en la Catedral

Lozano citó a Francisco: "Nadie se salva solo"

El obispo de la provincia ofreció su mensaje a los feligreses en la homilía, en el inicio de Semana Santa.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Monseñor Lozano ofició, en las vísperas de la Pascua, la Misa Crismal en la Iglesia Catedral de San Juan.

La misa crismal guarda un significado trascendental para la Iglesia Católica y sus clérigos porque en ella se bendice el óleo de los enfermos, el óleo de los catecúmenos y se consagra el santo crisma, aceites que serán utilizados a lo largo del año para bautismos, unciones de enfermos, confirmaciones, y consagraciones de altares e iglesias entre otros sacramentos. Además, los sacerdotes que participan de la ceremonia se ratifican en su misión religiosa. 

En su mensaje, el Arzobispo de cuyo eligió hacer un llamado a la unión de pueblo, a rechazar el individualismo, y a convocar a todos los católicos a "ser misioneros".

Leé su mensaje completo:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción”. Este anuncio profético tiene pleno cumplimiento en Jesús. 

Él es el enviado del Padre, Él es el Salvador. 

Y en esta misión quiso asociar a su Iglesia, dándonos una mirada comunitaria acerca de la salvación. Las promesas de Dios (que son irrevocables) han sido hechas al Pueblo de Israel, el elegido. Los anuncios proféticos y las denuncias del pecado también se dirigen a cada Israelita y al pueblo en su conjunto. 

Por eso Francisco no enseña que “Esta salvación, que realiza Dios y anuncia gozosamente la Iglesia, es para todos, y Dios ha gestado un camino para unirse a cada uno de los seres humanos de todos los tiempos. Ha elegido convocarlos como pueblo y no como seres aislados. Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas”.

Numerosas son las enseñanzas en el Nuevo Testamento acerca de esta dimensión comunitaria de la salvación expresadas en algunas imágenes: la viña del Señor, el Pastor y el rebaño, la Vid y los Sarmientos, la Parábola del Juicio Final, el envío a evangelizar a todos los pueblos. Los Hechos de los Apóstoles y las Cartas también nos enseñan acerca de las primeras comunidades cristianas,  la misión dirigida a todos los pueblos, la visión de la Jerusalén celestial.
Pablo expresa que somos Cuerpo de Cristo, campo de Dios, edificación de Dios. Y la Carta de Pedro nos muestra que somos Templo Santo de Dios del cual formamos parte como piedras vivas.

El querido Papa Benedicto XVI nos ha advertido acerca de una tendencia reduccionista respecto de la esperanza, la cual “consistiría en puro individualismo, que habría abandonado al mundo a su miseria y se habría amparado en una salvación eterna exclusivamente privada”.

Sin embargo, nos recuerda que en la teología de los Padres de la Iglesia “la salvación ha sido considerada siempre como una realidad comunitaria”. Hoy nos preocupa cómo se va divulgando una tendencia pietista e individualista alejada de los pobres y de la comunidad cristiana, que casi olvida la Revelación de la Biblia. 

Todos nosotros, Pueblo de Dios, por el bautismo, somos miembros activos de la comunidad cristiana. Ninguno debiera considerarse “pasivo” o simplemente receptor de los que otros deciden o hacen.  Así, “Cristo, el único Mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia Santa, comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visible, comunicando mediante ella la verdad y la gracia a todos”. Hace pocos días les entregué la Carta Pastoral “Somos un Pueblo que camina, anuncia y sirve”. Allí están las orientaciones a tener en cuenta para los pasos que vamos a ir dando juntos, ya que como decía San Juan Crisóstomo, “Iglesia y Sínodo son sinónimos”. Así lo entendió el Siervo de Dios Mons. José Américo Orzali que realizó durante su ministerio episcopal dos Sínodos Diocesanos y llegó a convocar a un tercero, logrando unir un extenso territorio con criterios comunes.  

Pero aunque convocados por Dios no somos una comunidad de perfectos y prolijos. “La Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación”.

Todos estamos llamados a entrar decididamente en un proceso de conversión misionera. Toda la Iglesia y todos en la Iglesia. Nuestro Patrono,  San Juan Bautista, se dedicó a preparar el camino de encuentro con el Señor. Predicaba a todos diciendo: “conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. Volvamos a hacer lugar a su llamado.

Fieles laicos. Quienes tienen alguna responsabilidad en las comunidades, los que están asociados en movimientos e instituciones. Los necesitamos a todos. Vuelvo a insistir no sobra nadie. Acojan el llamado a la conversión y miren sus vidas a la luz de la Palabra de Dios y del llamado del Papa y los obispos de America Latina y El Caribe en Aparecida. Seamos fieles a la unción recibida en el Bautismo. Seamos misioneros. 

Religiosos, religiosas, consagrados y consagradas, que la entrega alegre y generosa de ustedes nos aliente a todos a ser más pobres y sencillos, a cuidarnos unos a otros en nuestras debilidades. Tomen iniciativas de ir a las periferias geográficas y existenciales. Seamos fieles a la unción recibida en el Bautismo. Seamos misioneros.
 
Una palabra particular a los diáconos, presbíteros, y que deseo resuene fuertemente en mi corazón de obispo. Fuimos ungidos y enviados para anunciar la Buena Noticia a los pobres. Somos constructores de comunión y misión. La conversión pastoral es también conversión de los pastores. Dejemos que la Palabra y la entrega de Jesús nos interpele para llegar también nosotros a las periferias, a los pobres y abandonados. Seamos fieles a la unción recibida en el Bautismo y en el Orden Sagrado. Seamos misioneros. 

Viene a mi recuerdo el lema episcopal del Beato y Mártir Mons. Oscar Romero, pronto a ser canonizado: “sentir con la Iglesia”. Un compromiso bien concreto de tener un mismo corazón y una misma alma. Vibrar con el Magisterio. 

Les pido que tengamos un espíritu disponible a la comunión fraterna, San Juan Pablo II nos enseñó que “El ministerio ordenado, por su propia naturaleza, puede ser desempeñado sólo en la medida en que el presbítero esté unido con Cristo mediante la inserción sacramental en el orden presbiteral, y por tanto en la medida que esté en comunión jerárquica con el propio Obispo. El ministerio ordenado tiene una radical «forma comunitaria» y puede ser ejercido sólo como «una tarea colectiva»”. Somos enviados juntos para una misión. 

El Espíritu Santo esta sobre su Iglesia. Seamos fieles a su unción. Seamos misioneros".
 

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