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La envidia del país

El sonidista ‘divino’ del Teatro del Bicentenario

Hugo Chacón (44) empezó amenizando las misas de una parroquia de Angaco y después lo hizo en una iglesia evangélica. Está por cumplir 23 de laburo profesional. Es tan groso que fue a tomar un curso a Buenos Aires y terminó dando clases él.

Por Redacción Tiempo de San Juan

El sonido siempre fue lo suyo. Desde pibe, en esas tardes divididas entre las fincas de Angaco y San Martín, Hugo Chacón (44) sintió curiosidad por la música y por todos aquellos placeres de la vida que experimentaba a través de los oídos. No le quitó el cuerpo a otros laburos, pero siempre tuvo claro que ese universo en el que conversan cables, consolas, altavoces y pistas se convertiría en una parte importante de su recorrido. Los 23 años que está por cumplir trabajando en el sonido profesional y su importante puesto en el Teatro del Bicentenario dan fe de ello.

La nota con Tiempo de San Juan partía con la intención de resaltar su última gran anécdota en Capital Federal, donde acudió para participar de un curso con sonidistas de teatros de todo el país y terminó dando clases él. Pero una puerta abrió la otra y así salió a la luz una historia deliciosa con iglesias, sueños, familia, oportunidades y, principalmente, mucha vocación y profesionalismo.

A los 11 años, contando con la complicidad de un tío sacerdote que estaba al frente de una parroquia en Angaco, estuvo por primera vez a cargo del sonido de un acontecimiento social, una misa en esta oportunidad. “Me lo pasaba muy bien y no faltaba nunca, pero en ese tiempo vivía con mi abuela y ella me decía que dejara eso porque lo de poner música no servía para nada”, recordó Hugo.

 

 

El secundario lo empezó en la Escuela Normal San Martín, pero como no encontraba incentivo alguno se pasó a la Escuela Boero, donde inmediatamente conectó –y nunca mejor dicho- con la materia de Electricidad. 

“Mi abuela se puso contenta porque eso ya lo veía más serio. Después mi familia me ayudó a comprar herramientas para que me dedicara a hacer laburos de electricidad y me dejara lo de vender diarios, que era lo que hacía en este tiempo para ayudar en casa y ganarme unos mangos”, dijo Chacón, quien tras salir del secundario se puso a trabajar en un local que vendía instrumentos de música y artículos de sonido. Los planetas se estaban alineando. 

 

“Antes todo era muy rústico: te tocaba hacer de fletero, electricista, sonidista, etc. Ahora está todo más especializado, aunque está bueno saber un poco de todo”

 

Precisamente atendiendo del otro lado del mostrador de este comercio se hizo amigo de un cliente que tenía relación con una iglesia evangelista. Un día lo invitó a hacer sonido para ellos. “Ahí empecé y estuve varios años”, compartió Hugo, quien entre risas tiró: “Trabajé para dos dioses, creo que el cielo ya me lo gané”.

En un abrir y cerrar de ojos su pasión se tornó su principal fuente de ingreso. Y, al toque, otra pirueta del destino lo puso a codearse con los referentes del sonido en San Juan. “Un amigo, que terminó siendo mi compadre, trabajaba con Walter Castillo a mediados de los ’90 y yo lo acompañaba para empaparme de los tiempos y las tareas que se hacían en grandes eventos. En una charla el loco me comentó que se iba a ir a vivir a La Rioja y que me había recomendado para ocupar su lugar. Yo ni lo imaginaba y al poco tiempo estaba laburando al lado de Walter”. 

Una incalculable cantidad de fiestas los vieron trabajar a la par. Pero desde hace 9 meses, cuando se le dio la oportunidad de encargarse del sonido y el video en el Teatro del Bicentenario, los laburos con Castillo se volvieron más esporádicos.

 

 

Su vida laboral en el imponente polo cultural es un continuo soñar despierto para Hugo. “Esto es increíble. Trabajar en el Teatro del Bicentenario es genial. Acá las cosas se hacen en tiempo y forma. Se labura mucho, pero también se respetan las horas de descanso, las horas de esparcimiento”, expuso quien junto a Marcos se encargan del sonido, el video, la comunicación inalámbrica y las maquinarias digitales de la casa cultural.

 

“Trabajar en el Teatro del Bicentenario es genial. Se labura mucho, pero también se respetan las horas de esparcimiento”

 

De alumno a profesor
Y, para el final, la anécdota que disparó la nota y que lo tuvo como protagonista de una mutación de educando a educador sin ningún tipo de aviso: “Fuimos a un curso en el que participan los técnicos y sonidistas del todo el país para conocer otros teatros y capacitarnos en lo último en cuanto equipamiento. En uno de esas charlas visitamos a un proveedor de sonido y video del Gobierno. El tema es que tenían como novedad unas consolas Yamaha, que da la casualidad que algunas son las mismas que tenemos en el Teatro del Bicentenario”.

“Entonces los chicos que trabajan para esa empresa mostraban las consolas y estaban a disposición de quién quisiera hacerles alguna pregunta. Uno de los chabones de Salta les hizo par que no le supieron contestar. Entonces uno preguntó si alguien lo sabía y yo dije que sí. Yo había utilizado estos modelos antes y el loco de la empresa me pidió que le echara una mano con el tema de las consultas. Ahí terminé dando clases para ayudar al técnico de la empresa, incluso él me hizo algunas preguntas”, añadió el sonidista ‘divino’.

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