Autoabastecimiento

Invernadero Andino: un diseño regional para tener verdura todo el año

En Las Flores, Iglesia, la familia Iacopino construyó el modelo de invernadero para altura y tienen verduras durante todo el año. Para imitar. Por Viviana Pastor.
miércoles, 8 de marzo de 2017 · 10:30
En medio de un campo verde donde pastaba una vaca y tres caballos, se levanta una construcción de barro con un diseño especial. Se trata de un invernadero andino pensado  para zonas de alta montaña donde el frío impide la producción de vegetales en invierno.

Antonio Iacopino lo construyó hace tres años para lograr el autoabastecimiento de verduras para su familia, como parte de una filosofía de vida que lo trajo a San Juan directo desde Chicago, EEUU, para radicarse en la localidad de Las Flores, en el departamento de Iglesia. Este valle, al pie de la Cordillera de los Andes, está a una altura aproximada de 1.400 msnm.

Iacopino explicó que en ese departamento, los cultivos que pueden desarrollarse con huertas tradicionales son exclusivamente en primavera–verano, dada las bajas temperaturas del invierno, que en algunos casos llega a los -10°C. También las heladas tempranas y tardías ponen en peligro el desarrollo normal de los cultivos. Sumado a esto, las precipitaciones son escasas, entre 50 y 100 mm anuales, por lo que el agua para riego depende del deshielo en las altas cumbres.  Esto presenta un gran desafío y preocupación para los agricultores debido al "mal estado de los canales de riego” y a la gran demanda durante el verano, cuando el caudal de agua escasea. Por eso en invierno y parte de la primavera, los habitantes de Iglesia compran las hortalizas en los comercios locales que provienen del Gran San Juan, y que llegan más caras  debido al gasto de transporte de los comerciantes.

Pero a partir de este cultivo bajo cubierta, la familia tiene verduras todo el año.  "Este invernadero va a cumplir tres años y cada día vamos aprendiendo nuevas maneras de maximizar el espacio para producir la mayor variedad de hortalizas. En este momento mi esposa Lila, quien es quien cuida del invernadero, tiene zapallos zuchinis, perejil, cilantro, albahaca, acelga, lechuga, berenjenas, morrones, frutillas, tomates, romero, y pepinos”, contó Antonio.   

¿Cómo son estos invernaderos?

Estas construcciones han sido diseñadas por el INTA especialmente para la puna y sectores climáticos andinos y tienen características particulares, entre otras cosas tienen paredes de adobe y parte del techo de chapa transparente. 

"Entusiasmados con la posibilidad de implementar una técnica diferente de bioconstrucción levantamos las paredes con superadobe, que es básicamente tierra húmeda compactada dentro de ‘chorizos’ largos de bolsas de papa sin coser. La tierra se compacta de la misma manera que se hacen las tapias y cada dos chorizos se ponen dos tiras de alambre de púas”, señaló.  (Ver imagen)

Agregó que además de las paredes de adobe, el invernadero andino lleva una cámara de aire refrigerante, que es una franja ciega dentro de la construcción que se orienta al sur, no lleva techo traslucido y se conecta al invernadero con pequeñas ventanas que hacen el traspaso de temperatura y humedad. "Esta cámara además sirve de depósito y en nuestro invernadero criamos lombrices californianas en este sector oscuro y más húmedo las cuales nos ayudan a mejorar la tierra con humus cuando replantamos”, explicó Iacopino. 

Antonio conoció el sistema en el 2012, cuando lo vio en funcionamiento en el prototipo de invernadero andino en la escuela Ricardo Guiraldes, de Tudcum, con la producción de hortalizas proveniente de la colección de semillas del Prohuerta. "Luego de visitarlo y validar su funcionamiento decidimos ponerlo en práctica en nuestra finca pero el costo de construcción era un impedimento”, señaló.

En el 2014, cuando la Secretaria de Agricultura  de la Provincia  hizo una presentación en el Nodo Turístico de Pismanta para incentivar la creación de invernaderos en la provincia, se hizo más cercana la idea de su construcción ya que el Ministerio aportaba fondos para invernaderos. "Inmediatamente nos pusimos en marcha y presentamos la propuesta de construir un Invernadero Andino y todos los requisitos necesarios”. 

La unidad productiva de la familia Iacopino, "Volver a la Fuente”, incluye la promoción de turismo rural ofreciendo hospedaje y compartiendo su estilo de vida con los visitantes. 

"El invernadero nos brinda la oportunidad de hacer prácticas y enseñarles a los turistas y voluntarios sobre las bondades de los cultivos orgánicos.  De este modo anhelamos volvernos un ejemplo vivo del cuidado del medio ambiente, ya que la huella ecológica y el impacto ocasionado por el transporte de vegetales a esta zona tan alejada disminuyen notablemente.  Por otro lado, puede ser un modelo a seguir que inspire a otros en esta región para fomentar la sustentabilidad económica y el fortalecimiento de hábitos alimenticios saludables y variados durante todo el año”, aseguró Antonio.

Como filosofía

"Con mi esposa, mi hermano y nuestros respectivos hijos, al igual que muchas familias que nos rodean y mantienen estas prácticas de autogestión alimentaria con más o menos consciencia de lo que esto implica ecológica, ambiental y políticamente, nos sentimos muy lejos de ser autosuficientes.  En mi caso se reduce solamente a un sentimiento de libertad profundo de la mano de un lujo exquisito. El hecho de poder sentarme a la mesa y ver que el pan fue hecho por las manos de mis hijas y horneado en casa con harina que se produce en nuestro valle, que la leche del desayuno fue ordeñada por mis manos de la vaca que tanto me hace renegar, que la ensalada del mediodía tiene nuestros tomates y lechugas, o que la tarta es de la acelga que cosechó mi esposa o de los zapallitos que me regalo don Enrique Poblete mi apreciado vecino, o los porotos me los vendió don Trigo que vive a uno 300 metros de casa y todavía siembra con más de 80 años en sus hombros.  Todo eso me hace sentir un hombre rico, no me interesa viajar a otro lado, subirme a un avión ni navegar en un yate. Ese sentimiento no me lo da el último iPhone, ni una campera o par de zapatos nuevos, ni siquiera cuando cambio el auto por uno mejor me siento tan feliz.  Ver la mesa así servida me llena el pecho de orgullo y me recorre por el cuerpo ese sentido de la libertad del que hablaba antes. Algo así me pasa cuando mezclo arcilla, paja y arena que recojo del entorno, le agrego un poco de guano de caballo y lo uso para construir mi casa, o uso piedras o troncos de la zona”.

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