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Anécdotas de Miguel Ángel Estrella en el día de su Honoris Causa

El Maestro recibe hoy el título de la UNSJ y ayer dio un concierto en el Penal de Chimbas. Pero antes contó asombrosas historias de su vida.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Sonriente, de buen humor siempre, y con todo el tiempo del mundo para contestar, aunque lo apuraban para llevarlo al interior del Penal de Chimbas donde tocaría el piano para los internos. Miguel Ángel Estrella, el gran pianista y defensor de los derechos humanos, recibe hoy el Honoris Causa de la Universidad Nacional de San Juan, distinción que le dieron  antes en la Universidad Nacional de Tucumán (su provincia natal) y otras universidades europeas y estadounidenses.

De remera blanca y pantalón negro se presentó quien también recibiera el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor, del gobierno de Francia.

Estrella volvió a esta tierra con la que ya tenía lazos importantes. "Tuve una novia sanjuanina que se llamaba Beatriz. Viví cosas muy fuertes en San Juan, como en otros lados, porque tengo la profesión más linda del mundo: uno se sienta al piano y te conectas de otro modo con la gente. En una cárcel de Finlandia o en un barrio pobre de Brasil, o en el Teatro Colón o en Carnegie Hall, me doy cuenta que cuando toco el piano se ilumina todo. La cara de inspirado, las manos que tiemblan, yo lo veo a Dios y los veo a ustedes y cuando veo los ojos mojados de ustedes me corre el frio por la espalda y lagrimas de felicidad. No se inventó una profesión más lida que hacer música", contó. 

Al penal sanjuanino llegó como a muchas otras cárceles del mundo como parte de su programa “Música Esperanza”, que es su ONG. "Ese programa nació de una sesión de tortura. Yo le hablaba al Flaco de arriba y le decía: Padre no puedo morirme, tengo 38 años. Y con Marta, mi mujer, hicimos la opción por los pobres desde muy jóvenes y llevamos la música por todos lados. Le dije: dejame que viva y haré algo realmente grande, la música contra el racismo, contra las persecuciones, contra el odio, contra todas las miserias humanas. Y mi voz interior, que debe ser el Flaco, dijo: Vos sos un tipo positivo, ¿por qué contra? hacelo 'por'. Y nació la idea en plena tortura. Yo estaba colgado, me picaneaban los huevos, y nació "Música Esperanza", y uno de los programas es esto, la música para todos. También hemos creado coros en las cárceles, orquestas, inclusive en Tucumán, me encontré con que Música Esperanza había hecho un coro ahí y cantaban bien. Querían que yo los acompañe al piano cosa que hice. Al año siguiente era un corazo y me dijeron: Negro tenemos un sueño, yo les dije '¿como Luther King?, I have a dream' (bromea). No, me dijeron, queremos tocar con vos no en la cárcel, afuera, en el teatro; y con tu hija como solista (Paula Estrella es cantante)", dijo.

Lo apuraban para entrar, pero el maestro seguía hablando con la misma tranquilidad. "Llegó el momento, el teatro estaba repleto, cantaron como los dioses, los aplaudieron de pie. Desde el piano yo veía que le caían lágrimas a todos, pero lagrimas de felicidad. ¿Con qué otra profesión podés lograr eso? Los fui abrazando uno por uno y felicitándolos mientras ellos me decían que lloraban de la felicidad de ver a su mujer y a sus hijos aplaudiendo de pie y 1500 personas aplaudiendo de pie. Eso es Música Esperanza".

Los conciertos en las cárceles empezaron en Francia, en el año 1982, en la cárcel "más dura", en Marsella. El director de la cárcel era un tipo inteligente pero muy cerrado y lo había invitado a Estrella varias veces a su casa. Cuando Estrella le dijo que quería tocar el piano en la cárcel, el director le dijo tajantemente que no, que eran los tipos más peligrosos, los peores del mundo. Estrella le dijo que si era cristiano no podía decir eso. "Un día estaba cerca de Marsella en un festival muy conocido, Aix-en-Provence, y me persuadí que tenía que ir a tocar a la cárcel. Lo llamé al director y se volvió a negar. Le dije que además quería comer con los presos. Finalmente cedió, invitó a 6 presos y le dije que había encargado un piano. Empecé a tocar en un bochinche infernal porque yo había pedido que todos vengan. Empecé con una danza de Bach y como hablaban mucho les dije: muchachos hablen todo lo que quieran pero también usen la oreja. Tengo un juego que aprendí en los pueblos originarios de América y cuando voy a tocar le ponen nombre a los clásicos. Ustedes le van a poner nombre a esto. Toqué a Bach y pregunté ¿que ven ahí? Un chico me dijo, 'me llevaste afuera, estaba al borde de un arroyo donde el agua fluía'. Otro me dijo: 'yo también estaba afuera, parecía Suiza, había un castillo y también un rio con agua que fluía'. Después un africano con una cara que mi vieja hubiera dicho "desordenada", en un francés muy africano me dijo: 'Llueve hermano'. Ya había tocado tres veces la misma pieza de Bach".

 

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