Por Viviana Pastor
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Una vida agitada
“¿En que he trabajado? ¡En que no he trabajado!”, advirtió. Empezó a los 9 años a ganarse sus monedas, juntando guano de los corrales en su Médano de Oro natal y vendiéndolo en las casas con jardines de la Capital. Luego fue lustrador en el centro y esas andanzas lo llevaron a curiosear en el gimnasio de Maximiliano Oro, que fue el primero en traer a San Juan el karate.
“Me inscribí y tuve mi primer clase el 13 de mayo de 1970, voy a cumplir 44 años con el karate. Gracias a Dios que lo hice porque cambió mi vida, pero yo tenía que seguir trabajando porque papá murió a los 44 años, muy joven, y yo era el mayor de cuatro hermanos y quedamos en muy mala situación”, contó.
Después de ser empleado de comercio, decidió irse a trabajar en el matadero donde empezó arriando las vacas del corral. “Mi primer sueldo fue dos riñones, un bolo de entraña y una cola, no me pagaban pero me daban carne. A los dos meses me pusieron adentro a desgrasar y ahí iba separando un pedacito de carne de un lado y de otro y cuando terminaba me iba con 10 kilos de carne que mi madre canjeaba por mercadería”, contó.
En el matadero tenía de compañeros a tipos de frondoso prontuario como el ‘Taza’ Albornoz (padre), el ‘Pajarito’ Quiroga, y el ‘Patón’ Zambrano, “ellos me decían ‘venite, si estás media hora parado en esa esquina vas a ganar lo que ganas en un año en el matadero’. Y la verdad, se lo juro, muchas veces me pintó la idea porque me rompía el lomo trabajando, pero inmediatamente tenía la voz de mi padre acá (se señala la cabeza) que me decía ‘NO’”.
En los pocos años que lo tuvo, su padre fue quien logró inculcarle los valores más altos, esos mandatos que son imposibles de esquivar con los años. “Siempre le digo a mis alumnos que ser delincuente no es una opción, porque muchos dicen: ‘no me quedaba otra que robar’. Eso es mentira, es una decisión de uno, de educación. Al niño no hay que pegarle pero sí es necesario que los padres le marquen el camino. Mi padre me decía siempre: ‘mirá hijo lo importante no es ser un seco o no tener plata, sino que te llamen señor. Vos podés no tener un peso y si la gente te dice señor, tenés la fortuna del mundo’. Eso lo tengo grabado en la cabeza”, aseguró.
Mientras tanto el karate se hacía cada vez más importante en su vida. Su primer dojo, en calles Nicanor Larraín y Abraham Tapia, era un chiquero de cerdos, con medio techo. En esos años estaba en construcción el Acceso Sur y Jorge sacaba arena y ripio de esa obra para hacer el piso. Daba clases a sus amigos y con esa plata pagaba sus propias clases.
Por entonces pensaba que si quería progresar económicamente tenía que hacer otra cosa, y mientras perfeccionaba su karate, tuvo carnicería muchos años y llegó a tener licencia de matarife. También tuvo un carrito-bar que arrastraba con un Peugeot 404 y vendía choripanes a la salida de bailes o partidos de fútbol.
En 1993, con ayuda de la Municipalidad de Rawson y de su propio trabajo, viajó Japón de donde trajo la idea de las escuelas municipales para hacer accesible el karate a todos los chicos. El primero que compró la idea fue Joaquín Uñac por eso en Pocito se abrió la primera Escuela Municipal de Karate, donde empezaron a aprender los jóvenes Rubén y Sergio Uñac, que hoy siguen practicando con Jorge.
Luego la escuela llegó a Rawson y se masificó, llegó a tener 1.600 alumnos. “Era una época de florecimiento del karate. En el cine Luxor daban cinco películas de Bruce Lee y todos salían queriendo ser karatecas, eso fue bueno para la disciplina”, recordó el sensei.
Una maniobra bancaria en 1998, lo dejó en la quiebra. “Pasé de ser un pequeño empresario a ser un desocupado en bicicleta. Y como mi hija mayor, Paola, me veía mal me dijo que me pusiera a estudiar porque a mí siempre me gustó leer, siempre estaba leyendo. Ella me inscribió en un CENS (Centros Educativos de Nivel Secundario, nocturnos) empecé a ir y fui abanderado, cómo serían los otros”, bromeó.
Cuando terminó ya se había inscrito en la Universidad para estudiar Abogacía. Vivía del karate, dando clases todo el día en las escuelas municipales, y en la noche estudiaba. Como no podía cursar, sus compañeros le grababan las clases y Jorge las escuchaba durante el día mientras trabajaba y estudiaba desde las 22 a las 2 de la madrugada. “Como un samurái, con castigo, si un día no estudiaba el siguiente estudiaba el doble o el domingo recuperaba. Así, gracias a mis compañeros, me pude recibir en el tiempo justo cuando ya tenía 49 años. A veces iba a rendir con kimono y katana y les decía: ‘o me aprueban o me aprueban’”, dijo mostrando su mejor sonrisa. Videla ya había obtenido el título de Campeón Argentino de Karate tradicional y deportivo y también Campeón Argentino de Full Contact, gracias a una práctica diaria de cinco horas por día.
“Nunca es tarde para aprender, para estudiar. Ya hice un post grado en Derecho Penal y ahora me inscribí en el Magister, empiezo la semana que viene a cursar. La fuerza que me dio karate, la disciplina que me dio, fue lo que me permitió lograr todo en mi vida”, aseguró.
Hoy Videla se reparte entre su trabajo como seguridad de la Legislatura y como abogado especializado en Derecho Penal, “es una mezcla interesante”, señaló. Practica karate todos los días durante dos horas y sigue dando clases, en Rawson y Pocito.
“Karate es mi pasión, mi vida, cuando hago karate vuelo. Es lo que me da pilas, es la sabia de los árboles. El karate es como un virus al que le prende no lo deja más. La aspiración de que siempre se puede más, el espíritu del karate, fue lo que me ayudó y lo que me dio todo lo que tengo”, dijo el sensei.
Otros tiempos
Jorge Videla siempre fue un chico travieso; un día se pasó de raya en la escuela Patricias Mendocinas y la maestra Norma Vittolone lo llevó a la dirección de la oreja y le pego unos coscachos. Jorgito llegó a su casa y les puso las quejas a sus papás, les dijo que “la señorita lo había maltratado”. Su padre le dijo que al día siguiente iría a la escuela. “Yo pensaba: ‘ya a ver la señorita, ya va a ver’. Mi papá pasaba vendiendo carne en una carretela por la escuela y antes de llegar tocaba el silbato dos veces entonces yo me asomaba a la ventana y lo saludaba. Ese día no tocó y se bajó. La maestra le empezó a explicar lo que había pasado y mi papá le dijo: ‘no me diga nada, yo sé lo que tengo. No le tire más de las orejas, tome estas varillas y cuando se porte mal se las quiebra en el lomo y si se le rompen le dejo dos más que por acá paso todos los días’. Hoy es todo lo contrario. Hay instituciones que se han perdido, el policía, la directora, la maestra, antes se respetaban, eso se ha perdido por culpa de los padres y es lo que trato de inculcar a mis chicos”.
